Una carta para agradecer que salven la vida de sus padres

El texto remitido por un vecino de Villamanín, tras la intoxicación de sus padres en la vivienda, son sus «sentimientos a flor de piel» y quiere reflejar lo que cree que otras personas también han sentido, si han pasado por situaciones parecidas

Imagen de una ambulancia./
Imagen de una ambulancia.
JAVIER NORA

El lunes pasado, este diario se hacía eco de un rescate en el pueblo de Villamanín, por parte del equipo de Emergencias 112. Lugar por otro lado, que en estos meses de invierno no tendrá más de 50 personas pernoctando en él, -aunque algún ángel sí que hay-.

El suceso

Todos sabemos que la vida es caprichosa, pero este día quiso que uno de sus vecinos estuviese atento a lo que sucedía por aquellos lares. Esto hizo que dos personas anónimas puedan continuar escribiendo en el libro de la vida. Era una mañana fría, propia del mes de enero y lo que más apetecía era dormir toda la mañana y no salir de la cama en todo el día, calentito y bien tapado dentro de las sábanas, sin ni siquiera sacar la nariz para ver lo que ocurría ahí fuera.

Lo que nadie podía esperar es que en el primer piso de aquel edificio, había dos personas moribundas respirando un gas tóxico, (dióxido de carbono) sin todavía a día de hoy saber durante cuánto tiempo lo estuvieron respirando. Aquella noche no llegaron a la cama, se quedaron «dormidos» en una mala postura y en un pequeño e incómodo sofá de salón, creemos que más de doce horas, inhalando aquel humo tóxico.

La noche anterior pensaron en calentar un pequeño apartamento de veraneo, a base de chimenea, lo que no sabían era que se iban a convertir en sus propios verdugos. Aquella antigua cocina de carbón, que llevaba más de cuatro años sin encenderse y que todos en la familia la recordábamos con anhelo, pudo ser el detonante que terminara con sus vidas. Gracias a «todo un poco», lo podrán seguir contando, pero ahora a modo de una simple anécdota.

La vida es así, te da una de cal y otra de arena, me repitieron durante días los doctores. En este caso a mí me ha dado un ramillete de momentos difíciles de olvidar, para bien o para mal. Pero lo que sí sé, es que serán difíciles de despistar de mi cabeza.

Hoy es un día muy feliz para mí, bueno, para nosotros, a mi Madre le han dado el alta 72 horas después de ingresar por urgencias, recuerdo que entró diciendo frases que no tenían mucho sentido, motivadas posiblemente por el horrible gas que los intoxicó. Mi Padre ya está en planta, habla suave, casi entre susurros, como no queriendo molestar mucho, de puntillas y sin hacer mucho ruido, por si acaso. Él ha estado seis días interminables en la UCI, sin saber si iba a salir de allí o no y en el caso de que saliese, en qué estado.

En estos casos tu vida pasa de tener 24 horas a tener simplemente 15 minutos a las 13 horas y otros 15 minutos a las 19 horas (tiempo que puedes ver a las personas que están en cuidados intensivos). En esa sala de espera, en la que siempre llegas un poco antes de tu hora de entrada, por si te llaman con antelación, casi nunca pasa, se entiende cuando conoces el trabajo que hacen dentro.

Allí nos miramos unos a otros con ojos llorosos, unos escasos segundos, creo que son suficientes. Sin conocernos, sin entender nada, casi sin respirar, pero nos comprendemos y nos damos cuenta que todos estamos allí por una razón similar, razón que siempre pensamos injusta y haciéndonos una sola pregunta ¿Por qué a él?.

Te das cuenta que nadie es más que nadie, todos somos iguales. No ves más intención en esas miradas que la única opción que hay, la de consolarse con un tímido bajar y subir de parpados, ya que no podemos hacer más los unos por los otros, la suerte está echada, esperando que el desenlace no sea un trago duro de asimilar.

Allí solo se comparten momentos de incertidumbre y malestar, aunque siempre queda un suspiro de esperanza, que en muchas ocasiones, cae de tu lado en forma de vida.

En estos pocos pero intensos días, he visto cómo se escapaba de entre sus brazos, la vida de familiares cercanos a gente con la que compartías silla, he visto lágrimas de dolor, inconformismo y resignación, porque al final lo que estás viendo allí, no es otra cosa que un duelo a muerte con la vida. Una vida en la que nadie te explica cuando eres pequeño, que simplemente vienes a sufrir y el poquito tiempo que te deja libre, es el que tienes que disfrutar con familiares y amigos, debes quedarte con esto y no buscar más explicaciones.

En pocas palabras quiero expresar muchos sentimientos, sentimientos encontrados, uno por la felicidad de la pronta recuperación de mis padres y otro por las personas que se quedaron en esa sala de espera, de un hospital de León al que yo, a día de hoy, le debo mucho.

A la «Tierrina» Asturias, le debo la vida, a Madrid ciudad en la que vivo, mi trabajo y aficiones y ahora a León y sus gentes, que me hayan devuelto unas vidas tan queridas, que unos días antes me quiso arrebatar al descuido, un destino que intentó pasar página sin contar con ellos.

Me gustaría ir uno a uno agradeciendo su ayuda, sin extenderme y sin dar nombres propios, porque si leen estas líneas sabrán perfectamente quienes son, aquellos vecinos, familiares y médicos que les asistieron en un primer momento, ¡Gracias!. Personal del 112 que han realizado un espectacular rescate, incluido helicóptero y ambulancias ¡Gracias!. Agentes de la Guardia Civil, bomberos y demás personal de emergencias, que siempre están ahí cuando se les necesita, gente anónima, que siempre tendré en mi cabeza y corazón ¡Gracias! No puedo olvidarme de todo el personal del Hospital Universitario de León, desde la primera hasta la última persona que trabaja allí, porque de verdad que hacen un trabajo impresionante. ¡Gracias! A todos los que habéis estado a su lado, por teléfono o en persona ¡Gracias!

Aunque quiero utilizar estas últimas líneas para dejar un nombre propio en el aire, José, ¡Gracias!, tú y tu mujer sabéis lo que habéis hecho. No puedo dejar tampoco de utilizarlas para agradecer al personal de UCI, su impresionante labor, yo les decía cada día que eran Ángeles, aunque seguro que me habré quedado corto. No sabía cómo agradecer a todos los que habéis hecho algo por ellos y por eso me he tomado este tiempo para escribir palabras y unirlas en un texto, al escribirlas en caliente, os prometo que salen de muy muy dentro.

Papa, Mama, el 28 de enero habéis vuelto a nacer y lo sabemos, yo he vuelto a tener padres, unos padres que vi cómo se iban en un viaje sin retorno. Pero gracias a no sé bien que o quienes, tenemos otra oportunidad, oportunidad que no dejaré escapar, a la que tengo que estar enormemente agradecido y de la que he aprendido mucho.

Si esta historia tuviera una moraleja, no sería otra que «Disfruta cada momento como si fuera el último y cuando mañana despiertes mira al sol, sonríe y no dejes de sonreír en todo el día.

Si tu sonríes a la vida, ella siempre te corresponderá con lo mismo». Nunca sabes quién te puede salvar la vida, pero en este caso nosotros sí lo sabemos.

¡Gracias!

 

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