20 de julio de 1936: se alza Valencia de Don Juan

Prisión de Valencia de Don Juan. /
Prisión de Valencia de Don Juan.

Pasada la media tarde de hace 82 años, la Benemérita conjurada con falangistas locales se hizo con el control de la villa y proclamaron el estado de guerra

José Cabañas González
JOSÉ CABAÑAS GONZÁLEZLeón

El 18 de febrero de 1937, cuando los sublevados ejecutan una especie de segunda vuelta o repesca en la represión, que recuperan para aplicársela a muchos de quienes a duras penas habían conseguido ir sorteándola hasta entonces, en Coyanza (así se nombrará también desde 1939 la villa, en la que no hubo en los anteriores años republicanos serios conflictos ni estridencias graves ) el guardia civil primero Primitivo Calzada Rodríguez, de la tercera compañía de la Comandancia de la Benemérita de León, encargado del puesto de la localidad, recibe del delegado gubernativo de Valencia de Don Juan una relación de individuos de izquierda que ejercieron cargos en la Comisión Gestora municipal frentepopulista unos, y fueron otros significados propagandistas de aquella ideología y del Frente Popular «antes del Movimiento Salvador de España», a los que debe de apresar e interrogar, iniciando con ello el atestado y las diligencias que darán lugar al Sumario 231/37.

Se acompaña para ello en la tarde de aquel día por los guardias segundos Ángel Sánchez del Amo (apodado «Angelote» por su corpulencia, empleado además de acomodador en el Cine), Serapio Ruano Barrientos (que vivía en la plaza de toros), Joaquín Rodríguez Pérez, Antonio Artigues Montserrat, y el corneta Argimiro Astorga Núñez (conocido por «Guerrilla»), y detienen entre todos a Justo Ortega Casado, de 48 años, de oficio chocolatero, natural de Villamañán y vecino de Valencia de Don Juan, casado, gestor en el Ayuntamiento (segundo teniente de alcalde) y vocal en el Frente Popular local «durante los primeros siete u ocho meses desde su constitución y «después solamente socio del mismo» hasta la sublevación militar, contra la que no realizó –dice- actuación alguna.

Había habido en la primera semana de julio de 1936 rumores sobre la huelga que proyectaban realizar los jornaleros del campo coyantinos, y antes de que el levantamiento se materializara en la población, su alcalde hablaba el día 18 con el gobernador civil, solicitándole las noticias que él pudiera tener del movimiento iniciado el día anterior, y el domingo 19 dos coches se desplazaban de Coyanza buscando armas en León, que no debieron de conseguir, o que, al menos allí no llegaron (declararía Antonio García Pérez, joven vecino socialista en el Sumario 120/36).

Extracto

Traemos aquí los párrafos iniciales del apartado dedicado a lo ocurrido en la citada fecha y en las anteriores en la villa de Valencia de Don Juan, en el contexto y el transcurso de los días del golpe militar de 1936 en la provincia leonesa (en la capital y otras ciudades, villas y pueblos) y en el país, primicia y anticipo del libro Cuando se rompió el mundo. El asalto a la República en León y sus tierras, en el que venimos trabajando desde febrero de 2014, y que en unos meses estará listo para ser publicado en la editorial leonesa Lobo Sapiens.

Tampoco participó en ninguna actividad contraria al movimiento nacional, según su declaración, Francisco Pérez Gallego, de 27 años, casado, albañil, natural y vecino de la villa, gestor municipal y perteneciente al Centro Obrero socialista, al que se detuvo y se interrogó a continuación. Fue también detenido e interrogado Urbano Mayo Andrés, de 29 años, soltero, nacido y domiciliado en el lugar, afiliado a Izquierda Republicana, quien manifiesta haber acompañado cuando la campaña electoral de febrero a Fidel Blanco Castilla (inspector de Primera Enseñanza después depurado, representante de Gabriel Franco López –y astorgano como él-, que resultaría elegido diputado a Cortes por aquella formación en la provincia; el docente, candidato en noviembre de 1933, no obtuvo en aquellos comicios ningún voto) en visitas de propaganda a varios pueblos del partido, y que «fue segundo gestor municipal (primer teniente de alcalde) hasta su renuncia dos meses antes de que estallara el alzamiento, sin que volviera más por el Consistorio hasta el día en que del mismo se hizo cargo el señor capitán, en que firmó él allí un acta de ingreso como secretario interino».

El control de la villa

Se refería en su deposición al capitán de la Guardia Civil Arturo Marzal Macedo , conjurado con falangistas locales para hacerse con el control de la villa una vez sublevados, lo que realizaron pasada la media tarde del 20 de julio de 1936, (seguramente después de que en ella se hallaran ya todos o parte de los guardias que allí recalan camino de ser concentrados en León, incluidos los de los puestos de Gusendos de los Oteros, Palanquinos, Villaquejida, Matallana de Valmadrigal, Valdevimbre, Valderas y Villamañán, dependientes del cabecera de la tercera compañía de Coyanza), apoderándose de la estación del Ferrocarril Estratégico (la del «tren burra» de vía estrecha que circulaba de Medina de Rioseco a Palanquinos) y de las instalaciones telegráficas y telefónicas, proclamando a continuación el estado de guerra y difundiendo un bando en el que se dispone sean entregadas en el cuartel de la Benemérita (sito entonces frente al Colegio de los Agustinos) todas las armas de fuego en manos de la población civil, y desatendiendo, por cierto, la orden que su superior, el jefe de la Comandancia de León, teniente coronel Santiago Alonso Muñoz, le había dado al menos en la tarde del día anterior por teléfono –como a todos los demás responsables de los puestos provinciales- de «defender la causa del Gobierno de Madrid hasta perder la última gota de su sangre» , la misma que debió de cursar a las restantes cabeceras de compañía (la segunda de León y la primera de Ponferrada) y de línea de la provincia.

Le ordenó además entonces el teniente coronel detener a un cura de Valderas que había dado muerte a un individuo del Frente Popular de aquella villa al repeler una agresión que allí tuvo lugar (el apodado «Sabas» era el muerto, y Leandro Casado el sacerdote), y que el sargento del puesto valderense se pusiera incondicionalmente a las órdenes del alcalde, aunque él, desobedeciéndolo, envió allí a dicho sargento con el previo mandato de que no realizara tal detención, excusándose en que el clérigo huyó a Valladolid, y de que hablara con el regidor, por pura fórmula, pero que, lejos de ponerse a su disposición, hiciera todo lo contrario, pues su deber era defender a España.

Cumplió el sargento sus instrucciones con tan poca discreción que destituyó al alcalde, y al poco era llamado de nuevo el capitán Marzal por el jefe de la Comandancia, amonestándolo por lo hecho por aquel, ante lo que se disculpó como pudo achacándolo a un error. Reunió después, vista la actitud del responsable provincial, a los efectivos concentrados en la cabecera de la Tercera Compañía a su mando, acordando todos ellos que de transcurrir un día más sin que León se uniera al movimiento militar se retirarían a Valladolid (ya sublevada), lo que no fue preciso, pues más tarde –ya el 20 de julio por la tarde- recibió nueva orden de la Comandancia (dada por el mismo teniente coronel, depone en el Sumario 20/36) de esperar a la fuerza de La Bañeza, declarar el estado de guerra, designar un Ayuntamiento solo con elementos republicanos -incluidos los de Izquierda Republicana-, y retirarse a la capital.

José Barrientos Martínez («Macareno»), uno de los primeros asesinados por los rebeldes en la zona.
José Barrientos Martínez («Macareno»), uno de los primeros asesinados por los rebeldes en la zona.

También se negó el capitán a requisar el armamento a los vecinos derechistas, no ejecutando las instrucciones que para hacerlo bien temprano le daban en la misma mañana del día 20 los delegados gubernativos Onofre Gerardo García García y Domingo Fernández Pereiro, llegados de León a la villa en coche conducido por un chofer y que tras entrevistarse en el Consistorio con él y con el alcalde («al que transmiten el consejo del gobernador de que no se altere el orden público», recomendándole no obstante que «en caso de necesidad habría de cortar las comunicaciones y lo que hiciera falta») regresan a la capital en torno a las once, acompañados por el miembro de las Juventudes Socialistas locales Antonio García Pérez (sorprendido horas más tarde por la sublevación en el Gobierno Civil, apresado después, y fusilado el 4 de diciembre).

Nada de particular ocurría aquí, les dijo el capitán Arturo Marzal a los delegados, excepto en Valderas, donde acababa de haber una refriega entre elementos civiles (militantes de la izquierda tiroteaban y herían levemente el día antes a Ponciano Pérez Alonso Jefe local de Falange), y allí –con su aquiescencia- iba a mandar un camión de guardias para restablecer el orden y detener a los participantes en ella, de cualquier filiación política que fueran (eran apresados y conducidos a Coyanza los izquierdistas Doroteo Toral Martínez y Florentino Álvarez García, acusados de la agresión al de Falange).

Las organizaciones integrantes del Frente Popular local se declararon durante unas horas en huelga general, sin que se llegaran a producir incidentes de importancia. Aprovechando la presencia en la localidad de los abundantes guardias civiles agrupados, se iniciaba en la tarde del 20 de julio desde allí el aseguramiento para los sublevados de las poblaciones de la Tierra de Campos, por las que se despliegan dominándolas sin gran oposición por más que también en ellas las entidades de la izquierda política y obrera llamasen a un paro general que tampoco tendría mucho seguimiento, dirigiéndose los guardias a la capital después de conseguirlo.

El alzamiento

Según la narración que en 1948 hace el presbítero Teófilo García Fernández [343-345] de lo sucedido aquellos días, la vieja guardia de Falange, muy pequeña en número, y otras personas de orden de la villa, desde que llegan las primeras noticias del se ponían en contacto con el capitán al mando de la Guardia Civil de la demarcación, quien tenía puesta su atención en la capital de la provincia sobre todo.

Después, el día 20 a las dos y media de la tarde, por la radio nos enteramos de que la guarnición de León se ha alzado en armas, resonando desde la emisora leonesa los disparos de la fusilería y las explosiones de granadas de mano, y antes de una hora una alocución radiada comunica que tras una ligera resistencia ya vencida el Ejército es dueño de la ciudad y en patriótica arenga incita a los ciudadanos de la provincia a secundar con entusiasmo el movimiento salvador de España, lo que aquí hacen de inmediato los guardias civiles y los falangistas, a los que otros elementos de orden se unen enseguida.

Unas parejas de la Guardia Civil se apoderan raudas de las comunicaciones, mientras otrorecorre las calles de la villa proclamando el estado de guerra, a lo que sigue la recogida de toda clase de armas, que los vecinos se apresuran a entregar en el cuartel. Como protesta por la imposición de la ley marcial declararon la huelga general las organizaciones locales del Frente Popular. Afortunadamente se impuso la cordura y depusieron su actitud, sin que durante el día ni la noche se registrase incidente desagradable alguno.

Al día siguiente, a las once y media de la mañana, tras asesorarse de varios vecinos de orden (ya que apenas conoce a las gentes del pueblo por lo poco que lleva aquí destinado), entre ellos el jefe de Falange, Guillermo Garrido, cuyo consejo de nombrar la Corporación que había sido del partido de Gil Robles acepta, y «siguiendo órdenes del Gobierno provincial constituido en virtud del levantamiento militar», en la Casa Consistorial el capitán Marzal destituye a la Comisión Gestora municipal frentepopulista que rige el Ayuntamiento desde el pasado 23 de marzo y repone en su lugar a los concejales electos el 12 de abril de 1931 y entonces suspendidos (Pedro Martínez Zárate, Máximo G. Palacios, Ángel Medina, Martín Falcón, Delfín del Río Ortiz –alcalde en enero de 1937-, Horacio Alcón Pérez, Arsenio Falcón, y F. Miguélez), protestando por ello el alcalde-presidente de aquella, Clementino Díez González, «pues el Gobierno legítimamente constituido en virtud de las elecciones del pasado 16 de febrero continúa en este día en su cargo, sin que haya sido relevado por el Gobierno revolucionario» (aunque adoptó después una actitud de sumisión, se informará más tarde), consignaba en el acta el secretario municipal Tomás Garrido.

Después, el mismo 21 de julio, por orden de la superioridad militar de León todos los guardias civiles concentrados en la villa salen al mando del capitán Arturo Marzal para la capital (ayudando más allá de Mansilla de las Mulas y cerca de Puente Castro a los mandados por los tenientes Felipe Romero y Valentín Devesa, de camino también para León, a repeler el ataque de un grupo de izquierdistas, dando a su llegada a la capital novedades al teniente coronel, «aunque se percató de que ya no era el jefe de la Comandancia»), encargándose de mantener el orden en Valencia de Don Juan las fuerzas de Falange reforzadas con otros elementos adictos al movimiento nacional.

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