La dama de hielo

La dama de hielo

La aventurera Susana Gómez se lanza a retos extremos en zonas heladas de todo el planeta, pero entrena en las playas y en las áridas montañas de Lanzarote

ANTONIO CORBILLÓN

El cerebro de Susana Gómez Castiñeira está constantemente en blanco. Y sus pulmones solo desean respirar aire helado. Ahora la tienen de baja después del duro reto que tuvieron que soportar hace unos días en Islandia. Parece ser el contraste que le reclama el inagotable espíritu aventurero a alguien que vive desde hace 20 años en Lanzarote. Si no, resulta inexplicable que sea una de las grandes aventureras españolas en expediciones árticas. Pero entrenadas sobre las arenas de la isla canaria. Cuando se enfrenta a sus desafíos, la diferencia entre los ensayos y la realidad no baja de los 35 grados de margen, a veces incluso de 50. Por supuesto hacia abajo. «Soy así, necesito retos antisociales. Lo mío es la nieve, pero no las estaciones de esquí. Busco lugares en los que el vacío aún sea posible», trata de explicarse esta coruñesa de 42 años.

Acaba de regresar de Islandia donde tuvo que darse la vuelta junto a su compañero y entrenador, Sergio Espinosa, al no poder completar la Ring Road, 1.400 kilómetros de circunferencia a la isla. En patinete. Apenas pudieron avanzar 552 kilómetros en los 8 días que el tiempo les permitió pedalear su kickbike, mezcla de bicicleta y monopatín, pero con clavos en las ruedas para el hielo. Tuvieron que claudicar ante la mayor nevada en un siglo. Ya es mala suerte. «Durante unos días hemos sido los personajes más fotografiados del país. La gente nos miraba como frikis y nos decía ¡dense la vuelta ya, está todo bloqueado!», bromea de regreso en su casa. No hay pesar ni decepción. «No compito contra nadie, ni busco marcas. Es solo que los esfuerzos extremos me hacen mejor», se justifica.

A pesar de no anhelar pódiums, Susana es una excelente competidora. Fue la primera española capaz de completar a pie los 565 kilómetros de la Iditarod Trail, un reto extremo que une Anchorage y McGrath en Alaska. Y también fue la primera mujer, de cualquier nacionalidad, en finalizar la ultramaratón Rovaniemi, 150 kilómetros a pie y con trineo por la tundra helada de Laponia. Cuando llegó a la meta, nadie había previsto un trofeo femenino, así que se lo enviaron cuatro meses después a su casa.

Lo más sorprendente es su forma de entrenar para estas pruebas. Mide todo a conciencia y planifica cada una durante meses e incluso durante más de un año. Y lo hace en Canarias. En sus redes sociales, que mima con profusión, puede verse a Susana corriendo por las arenas de Playa Honda con un neumático atado a la cintura para preparar la tracción humana a la demanda de los trineos de nieve. O arrastrando una especie de carrito con ruedas por los roquedales de Lanzarote o bajo el agua. «Lo que más me divierte es entrenar aquí -explica-. Me tengo que inventar el entreno. La competición es un regalo a mayores».

Su forma de vida va tan a la contra que decidió lanzarse a perseguir sus retos de supervivencia extrema hace diez años. Lo hizo justo cuando otra persona encontraría la gran excusa para sentar la cabeza: acababa de ser madre. Durante los primeros años se decidió por las pruebas de gran fondo que se han puesto de moda en la última década, en especial en su archipiélago de adopción. Los 125 kilómetros de la Transgrancanaria fueron un lugar donde probar su resistencia. Pero le echaba para atrás la moda y la masificación. «Miro estas pruebas y me parecen bien. Pero veo el negocio, toda la gente que mueve... Yo tengo alma de pastor y me llama más el silencio de un reto en solitario».

420 kilómetros en Finlandia

Un día su entrenador le cambió el mapamundi de los desafíos con una pregunta: ¿quieres participar conmigo en una prueba en la que se cruza Finlandia de este a oeste? Son 420 kilómetros en esquí de fondo y ella aceptó. «No me había puesto unos esquíes en mi vida». Así se embarcó en la Border to Border de 2013. «Los participantes me decían ¿cómo vas a llegar esquiando tan mal?. Yo más que esquiar andaba con ellos. Los demás hacían 30 brazadas por minuto. Yo daba cien. Pero sobreviví y acabé». Sobrevivió a descensos «terroríficos para una novata» y a temperaturas de 40 grados bajo cero. Su compañero la salvó de un amago de hipotermia.

Estos días cerrará la edición en papel de su aventura en Alaska. 565 kilómetros es un libro financiado gracias al crowdfunding y que amplía el relato de sus peripecias de su blog lailusionmuevemispiernas.com. Funcionaria pública, sus objetivos deben adecuarse a las estrecheces de su bolsillo y de su limitado tiempo libre. Mientras se recupera de los achaques del temporal islandés, la ruleta de los desafíos extremos ya está girando otra vez dentro de su cabeza. Apenas tiene patrocinadores, se paga inscripciones y viajes de su bolsillo y saca el tiempo para entrenar de las horas que roba a la noche. Fantasea con el lago Baikal siberiano, el Yukón canadiense o la Alaska que «sigue siendo salvaje e inhóspita». «Tengo una familia, pero mi marido es mi mejor amigo y ya espera el siguiente reto», aclara. En dos meses, esa ruleta se habrá parado por fin. «Pero aún no sé dónde».