Un paraíso de papel y lenguaje

MARÍA JOSÉ BRUÑA BRAGADO

Ida Ofelia Vitale D'Amico heredó el nombre de su tía Ida, a la que no conoció, y con él una temprana fascinación por la botánica, los libros y los animales. Pertenece a una familia de ascendencia italiana -la isla de Sicilia late en sus recuerdos diferidos e imaginados- y se educó en un ambiente cosmopolita y culto. Estudió Derecho y Letras en la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, donde fue discípula, entre otros, de Bergamín y donde conoció a Juan Ramón Jiménez, quien ya en 1948 subrayó el «misterio» y el «encanto» de su escritura. En los años de formación universitaria Ida Vitale lee y escribe con voracidad -como Valéry y Mallarmé, busca la palabra esencial desde la exigencia expresiva más extrema y un «rigor culto»- y empieza a traducir del francés, el italiano y en menor medida, del inglés y del portugués. Entre los autores vertidos en sus traducciones, de enorme precisión y belleza, que lleva a cabo a lo largo de toda su trayectoria, están Cioran, Montale, Pasolini, Pirandello, Djuna Barnes, Beauvoir, Péret, Jean Genet o Bachelard. Se considera a Vitale miembro de la 'Generación del 45 o 'Generación crítica' -según la bautizaron los criticos Rodríguez Monegal y Rama-, junto a poetas como Amanda Berenguer, Sarandy Cabrera, Idea Vilariño o Mario Benedetti. Pero ella, polemista nata y poco amiga de los reduccionismos, niega la adscripción generacional.

La ardua exploración formal que bordea el hermetismo en perfecta simbiosis con la captación de una imagen poderosa, efímera y reveladora es uno de los rasgos primordiales de la poética de Vitale. Como su decidida vocación humanista y su entendimiento de la cultura en un sentido que podríamos denominar transnacional, perceptible en su labor como narradora, traductora, ensayista y crítica literaria y musical. Huyendo de la dictadura militar que sojuzgó al Uruguay, entre 1974 y 1985 se exilió en México junto a su esposo, el también poeta Enrique Fierro, abriéndose a nuevos horizontes intelectuales y afectivos. En este país conoció a Álvaro Mutis, gran amigo y pilar humano que se revelaría fundamental a lo largo de los años para los Fierro-Vitale, al gran poeta Efraín Huerta y a Octavio Paz, otro de sus maestros, que la llevó al comité asesor de la revista 'Vuelta'. Su estética viró hacia una mayor experimentación formal como resultado de una indagación personal iniciada tiempo atrás. Vitale publicó su primer libro, 'La luz de esta memoria', en 1949 y fue capaz de atisbar pronto la prodigiosa riqueza de un mundo que contempla con asombro arrobo y perpetua curiosidad infantil. Presagia que el misterio nos sorprende a cada paso y que la labor de la poesía no es sino tratar de aprehenderlo y, a pesar de no conseguirlo, bordear sus límites, intuir sus reflejos.

En 1985, finalizada la dictadura militar, regresó a Uruguay y siguió engrosando una bibligrafía con títulos como 'Palabra dada' (1953), 'Cada uno en su noche' (1960), 'Paso a paso' (1963), 'Oidor andante' (1972), 'Jardín de sílice' (1980), 'Elegías en otoño' (1981), 'Sueños de la constancia' (1988), 'Serie del sinsonte' (1992), 'Paz por dos' -con Enrique Fierro- (1994), 'Jardines imaginarios' (1996), 'De varia empresa' (1998), 'Procura de lo imposible' (1998), 'Reducción del infinito' (2002), 'Trema' (2005) y 'Mella y criba' (2010).

Vitale devuelve al verbo, desde sus ruinas, precisión y «punzamiento». Celebramos que la exigencia y el talento supongan el quinto Cervantes al género femenino y el segundo para Uruguay, tierra de artistas e intelectuales de primera magnitud, de Lautréamont a Onetti, pasando por Delmira Agustini, Julio Herrera y Reissig, Felisberto Hernández o Marosa di Giorgio.

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