«El avión de Spanair nunca tuvo posibilidad de despegar»

Enrique Piñeyro. / Alberto Ferreras

El argentino Enrique Piñeyro, piloto, médico, productor y director de cine y actor, ha investigado algunos de los accidentes de aviación más trágicos de las últimas décadas. Ahora presenta por primera vez en España su espectáculo 'Volar es humano, aterrizar es divino', en los Teatros del Canal

Alberto Ferreras
ALBERTO FERRERASMadrid

De cadencia lenta, reflexivo al contestar y pausado al hablar, Enrique Piñeyro intenta, a través de un monólogo de humor, tranquilizar a los que temen volar e inquietar al resto. Para ello utiliza, como hilo introductorio de su espectáculo, la recreación (en una cabina reproducida hasta el más mínimo detalle de una real) de los últimos minutos del vuelo de Avianca 052. El avión se estrelló el 25 de enero de 1990 a pocos kilómetros del aeropuerto JFK de Nueva York tras quedarse sin combustible en la espera para el aterrizaje. La mala comunicación entre los pilotos y los controladores, y la pésima gestión de la emergencia dentro de la cabina, fueron los principales motivos de aquel accidente que dejó un balance de 73 víctimas de las 157 personas que se encontraban a bordo.

Este piloto polivalente, que dice vivir en una permanente crisis vocacional («ahora estoy pensando en cocinar», afirma), denunció en junio de 1999 una cadena de irregularidades que se venían cometiendo en la compañía aérea argentina LAPA, para la que volaba como comandante, lo que le supuso su renuncia al puesto de trabajo. Dos meses después, en agosto, un Boeing 737 de esa aerolínea se estrelló al despegar del aeropuerto bonaerense Jorge Newbery. La falta de protocolo de los pilotos y un exceso de confianza provocaron el siniestro. Los informes de Piñeyro sirvieron para revisar y cambia de arriba a abajo los procedimientos de la aviación civil argentina.

El accidente del Boeing guarda cierta similitud con el sucedido en 2008 en Barajas con un MD-82 de Spanair. En ambos casos, los dos aviones iniciaron la carrera de despegue sin extender los flaps, lo que impidió el que pudieran finalizarlo. Sin embargo, Enrique Piñeyro analizó los dos accidentes, llegando a la conclusión de que «los mecanismos por los cuales se llegó a uno y otro fueron muy distintos. En el de LAPA la cabina era un jolgorio, reflejo del mismo caos que había en la compañía y en la autoridad aeronáutica que lo fiscalizaba. El accidente de Spanair lo produjo una cadena de eventos que hicieron que los pilotos no tuvieran ninguna posibilidad de despegar ese avión».

Pese a todo, Piñeyro insiste en su monólogo en destacar la seguridad aérea. «En 2017 se produjeron 36.8 millones de vuelos en todo el mundo, es decir, más de 100.000 vuelos diarios. Y no falleció nadie», señala. «En la última década, se produjeron 3.480 víctimas. El caracol de agua dulce produjo en ese mismo tiempo 10.000 víctimas, por una enfermedad parasitaria que transmite. ¿A qué hay que temer más?».

Enrique Piñeyro reconoce su afición por las comedias. «Pero me da mucha pereza hacer guiones», confiesa. Declara que se hizo piloto para no volar en clase 'economy' («aunque volar en cabina no es tan cómodo como parece», reconoce) pero en realidad dice sentirse piloto desde los tres años. En la actualidad no vuela a los mandos de un avión comercial. Sin embargo, entre sus planes de futuro está el volver a hacerlo. «Estoy intentando coordinar un proyecto que incluirá un voluntariado de pilotos, para colaborar con organizaciones no gubernamentales. De todo el proceso de ayuda, lo más caro son los vuelos. De esta manera se abaratarán».

El polifacético autor finaliza haciendo una última reflexión en la que quiere resaltar la importancia de la disciplina aérea: «El error es una parte indivisible de la conducta humana. En lugar de sancionar hay que evitar que se repita. Por ello, los protocolos aeronáuticos deberían enseñarse en las escuelas».

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