El mejillón, un aspirador de la contaminación del agua

Batea de mejillones./EFE
Batea de mejillones. / EFE

Pesticidas, bacterias, restos de medicamentos, plásticos..., estos moluscos son un «modelo de bioacumulación» y muy útiles para limpar el medio marino

COLPISA/AFP

Bajo su caparazón negro azulado se esconde una carne anaranjada y sabrosa... pero también microplásticos, pesticidas y bacterias. El mejillón lo aspira todo, lo que permite vigilar la calidad del agua así como, quizás un día, ayudar a depurarla. «Es un superfiltrador del medio marino, con hasta 25 litros de agua filtrados al día», dice entusiasmada la bióloga marina Leïla Meistertzheim. «Es un verdadero modelo de bioacumulación de los contaminantes de manera general», añade.

Pesticidas, bacterias, restos de medicamentos... Los mejillones que bombean y filtran el agua para alimentarse de fitoplancton almacenan todo lo que pasa con ella, por lo que es necesario aplicar estrictas medidas sanitarias para los que están destinados al consumo humano. Al ser los primeros afectados por la contaminación, estos organismos considerados los «centinelas» del medio ambiente se utilizan desde hace tiempo como «bioindicadores» del estado de salud de los mares, lagos o ríos en los que viven.

A la lista de sustancias «vigiladas» por estos moluscos podrían añadirse contaminantes aún poco conocidos, como los microplásticos y sus aditivos (bisfenol A o ftalatos).

Leïla Meistertzheim y su equipo instalaron, en el marco de una campaña de la Fundación Tara Océan, nasas llenas de mejillones en las costas de los estuarios del río Támesis, Elba y Sena. Tras un mes sumergidos, fueron recolectados, disecados y congelados o liofilizados, principalmente para contar las partículas atrapadas y ver si en los tejidos había aditivos químicos.

La idea de cubrir el mar de parques de mejillones para absorber los microplásticos omnipresentes de momento no es más que una ilusión. Pero para otros contaminantes el proceso está mucho más avanzado. «En algunos lugares se utilizan mejillones y ostras como limpiadores del medio marino, por ejemplo para los pesticidas», señala Leïla Meistertzheim. En ese caso, los mejillones recolectados en aguas contaminadas «no deben comerse», destaca Richard Luthy, de la universidad estadounidense de Stanford.

Contra la bacteria E.coli

Aunque no siempre es un problema, asegura este ingeniero medioambiental, que también demostró las capacidades «de supresión y de desactivación» de bacterias como el E.coli que tienen los mejillones. «Los mejillones que eliminan las bacterias fecales evacuan la bacteria en forma de excrementos o mocos. Así que es algo bueno«, añade.

Tampoco es un problema el consumo de mejillones instalados en las aguas con eutrofización, aseguran los investigadores. Este exceso de ciertas materias nutritivas, como el nitrógeno y el fósforo procedentes de la industria y la agricultura, conlleva una proliferación de las algas que se nutren de ellos, y un empobrecimiento en oxígeno que ahoga al ecosistema.

«Un plato de mejillones no es necesariamente peor que la hamburguesa ecológica envasada en plástico»

Los mejillones permiten una especie de «reciclaje» de estos nutrientes, al alimentarse de algas en expansión «para engordar y desarrollarse», explica la investigadora Eve Galimany, quien participó con el laboratorio Milford de la agencia estadounidense NOAA en experimentos en el río Bronx. Este principio ya lo aplican entre otros el proyecto Baltic Blue Growth, que apoya el cultivo piloto de mejillones destinados a la alimentación animal en Suecia, Dinamarca y los países bálticos. «Esa podría ser parte de la solución» contra la eutrofización, que es «uno de los principales problemas del mar Báltico», asegura la jefa del proyecto, Lena Tasse.

Pero si este proceso no implica ningún riesgo para los humanos, ¿por qué se dedican estos mejillones a la alimentación de aves o peces? Porque, al ser más pequeños debido a la baja salinidad del mar Báltico, no tienen mucho éxito entre los amantes de los mariscos, responde Tasse.

El problema de los microplásticos

En lo que respecta al impacto de los microplásticos y sus aditivos en la salud humana, de momento se sabe poco. Según un reciente informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), un ser humano ingiere cada semana hasta cinco gramos de microplásticos, que se encuentran en todos los rincones del océano, incluido el caparazón de los mejillones.

Un estudio de 2018 aparecido en Environmental Pollution basado en muestras de mejillones recolectados en Reino Unido, en la costa o en supermercados, calculaba que por cada 100 gramos de carne consumida se ingerían 70 pedazos de plástico. No obstante, «yo me los como», asegura Leïla Meistertzheim. «Un plato de mejillones no es necesariamente peor que la hamburguesa ecológica envasada en plástico», señala.