Convergentes y republicanos, 40 años de amor y odio

Heribert Barrera (i) y Jordi Pujol (c), en una imagen de 2007. /Josep Lago (AFP)
Heribert Barrera (i) y Jordi Pujol (c), en una imagen de 2007. / Josep Lago (AFP)

La marcha de Puigdemont al 'exilio' sin avisar a Junqueras fue el punto de no retorno en las eternas desconfianzas mutuas

CRISTIAN REINOBarcelona

Entre lo que en su día fue Convergència (ahora es el PDeCAT y JxCat y en breve será la Crida) y Esquerra siempre ha habido una relación de amor y odio. En 1980, la ERC de Heribert Barrera optó por facilitar la Presidencia de la Generalitat a Jordi Pujol, en lugar de buscar una alianza con los socialistas y el PSUC, lo que llevó, cuatro años después, al mayor fracaso electoral del partido en su historia. Perdió nueve de sus 14 escaños y entregó la mayoría absoluta a Pujol.

A Esquerra le costó casi una década recuperarse, primero con Ángel Colom y más tarde con Josep Lluís Carod Rovira, con quien experimentó el despegue definitivo en 2003. Aquellas elecciones las ganó Artur Mas por los pelos, pero Carod decidió formar un tripartito con el PSC e Iniciativa, lo que desde las filas convergentes se interpretó como una traición. El tripartito se repitió tres años después y desde entonces los recelos entre CiU y ERC han sido constantes. Se marcan al hombre. Sobre todo en los años del proceso (2012-2018).

En 2015, Mas, que recogía el rédito de la consulta del 9-N de 2014 que en un principio no contó con el aval de Esquerra, logró persuadir a Oriol Junqueras para formar, por primera vez en 40 años de democracia, la primera coalición en la que las dos almas del independentismo concurrían bajo una misma marca. Junts pel Sí logró 62 de los 135 diputados de la Cámara catalana y de forma inédita se formó un ejecutivo bicolor en la Generalitat. Mas no pudo ser presidente por el veto de la CUP y fue investido el entonces ignoto Carles Puigdemont. Desde el primer día, había dos gobiernos, el de Convergència y el de Esquerra. Las desavenencias fueron una constante y no solo no actuaban como socios, sino que lo hacían como adversarios.

La huida

El famoso 'Dragón Khan' del tripartito se quedó en un juego de niños comparado con el Gobierno de Puigdemont y Junqueras. El nivel máximo de enfrentamiento se produjo entre el 26 de octubre del año pasado y el día 30. El día 26, Esquerra ejerció una presión asfixiante al presidente de la Generalitat para que declarara la independencia y abortara su plan de convocatoria de elecciones. Puigdemont cedió, pero se cobró la venganza días después, cuando se marchó a Bruselas sin avisar a su vicepresidente. El 27 de octubre, tras proclamar la república, el president ordenó a todos los consejeros que el lunes siguiente tenían que ir a trabajar a sus despachos. El 30 por la mañana, muchos de los consejeros, entre ellos Junqueras, se enteraron que Puigdemont no iría a trabajar y que había huido a Bélgica. En casi un año que lleva el exvicepresidente en prisión, no ha recibido ni una carta de su exjefe.

La batalla que libran ahora es por la hegemonía del independentismo. En las elecciones del pasado 21 de diciembre, Esquerra partía como favorita, pero acabó por detrás de JxCat. Su plan era buscar socios alternativos, pero como perdedor tuvo que asumir el pacto con Puigdemont. Las duras negociaciones para buscar una alternativa al expresidente y el fin del proceso han llevado a que sus objetivos transiten por caminos que ya no son paralelos. A la pregunta de cómo han aguantado tanto tiempo juntos, un miembro de la cúpula republicana, responde: «Por amor no ha sido, más bien ha sido roce». El día que rompan, será el de la defunción definitiva del proceso.

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