Una víctima de la pederastia el Seminario de La Bañeza: «Los abusos sexuales me hundieron en las drogas y las ideas suicidas»

Emiilano Álvarez, exseminarista de La Bañeza. / S. Santos

Emiliano Álvarez lamenta que la Diócesis de Astorga haya tenido que esperar a una segunda denuncia para apartar al sacerdote Ángel Sánchez Cao y dar credibilidad a su relato | «Antes fuimos unos cobardes porque éramos niños pero ahora ya somos hombres y por ello les pido a mis compañeros que denuncie»

A. CUBILLAS
A. CUBILLASLeón

Aquellas noches en las que el demonio vestía túnica y alzacuellos, en las que con linterna en mano se metía en su dormitorio para meter sus sucias manos debajo de las sábanas y robarle la infancia y su inocencia le llevaron al oscuro mundo de la drogadicción, la prostitución y las ideas suicidas.

Tras cuatro décadas y casi dos años después de romper su silencio y cursar la denuncia contra el que fuera su tutor en el Seminario Menor de La Bañeza, la Iglesia da validez a su relato y reconoce, al menos de manera provisional, que fue víctima de abusos sexuales.

Emiliano Álvarez respira con alivio después de que la Diócesis de Astorga diera a conocer este martes la decisión de apartar al sacerdote Ángel Sánchez Cao, conocido entre los alumnos como el 'cola-cao' y hasta la fecha sacerdote de la localidad gallega del Barco de Valdeorras.

Sin embargo, Álvarez no oculta la impotencia y rabia que siente al ver cómo ha tenido que ser una segunda denuncia la que ha dado credibilidad a su historia, a su verdad, la misma que desveló el 14 de febrero del 2017 pero que no ha tenido consecuencia alguna hasta el 1 de enero de 2019.

«Siempre me quedará la duda de si se me creía o se pensaron que era un buscavidas, que no decía la verdad. Porque ha tenido que venir una segunda víctima dos años después para que se le aparte. Es indignante y doloroso», asegura a leonoticias Álvarez, que se pregunta «si hay víctimas de primera y de segunda».

«¿No tengo una palabra creíble?»

El motivo, a su juicio, una vida marcada por la drogadicción y la prostitución, una espiral en la que se vio atrapado por los abusos que sufrió de Sánchez Cao. «Ellos no saben las consecuencias que tienen sus actos. Yo me vi abocado a los drogas y con apenas 20 años estaba en Proyecto Hombre. Tengo un master en programas de rehabilitación».

No oculta que su vida haya sido un infierno, una lucha constante de «autodestrucción» que empezó cuando apenas tenía 12 años, cuando decidió escaparse del seminario y poner fin al horror que sufría cada noche. Ese día fue el primero de muchos en los que ha intentado quitarse la vida.

«Estuve cinco minutos mirando un pozo. Quería tirarme. Menos mal que finalmente di marcha atrás», recuerda Álvarez, que con la madurez fue consciente de que el verdadero culpable de su sufrimiento tenía nombre y apellidos: Ángel Sánchea Cao.

Sin embargo, durante años, muchos, demasiados, reconoce, culpabilizó a sus padres. Tanto que a su padre no fue nunca capaz de decirle que le quería. «Les culpaba por haberme metido en el seminario. Les hice culpables. Hasta que te das cuenta quién fue el verdadero problema de tu daño», lamenta Álvarez, que aunque no olvida ahora intenta sonreírle a la vida.

«Mi vida ha cambiado mucho. Ahora miro a mi familia de otra manera y, lo más importante, me miro a mí de forma distinta. Pero ha sido mucho el daño que me han hecho. Me han jodido la vida».

«Denunciar es liberador»

En buena parte, gracias a la decisión que tomó hace dos años alzando su voz y sacando a la luz pública las atrocidades a las que fue sometido en el Seminario Menor de La Bañeza. Y cómo él, muchos de sus compañeros. «Actuaba por las noches, cuando estabas dormido. Sé que en mi había al menos había otras seis o siete víctimas».

Y precisamente a ellos les pide seguir sus pasos y tener la «valentía suficiente» para denunciar a sus abusadores «porque nos están dejando solos. Que denuncien, es liberador. Fuimos unos cobardes porque éramos unos niños, ahora que somos hombres debemos denunciar y enfrentarnos a todo esto».

Cuatro denuncias

En 2014 y tras destaparse los abusos de Granada, Francisco Javier cogió un papel y un boli y escribió una carta. «Le di vueltas y cogía un folio y un papel y empecé a escribir. Hasta que salió una carta. Tenía claro que la iba a mandar al Vaticano. Al Papa Francisco en el único que confiaba». En su carta le pedía que se les escuchase y que no tratase de ocultar ese horror vivido.

A pesar de que su caso había prescrito penalmente, civilmente y canónicamente, el Papa derogó la prescripción y reabrió el caso. Tras la toma de declaraciones, el Vaticano condenó al Ramos Gordón a la privación de la labor de párroco durante un año.

Una sentencia que no impidió que los vecinos de la localidad zamorana de Tábara despidieran con honores a este sacerdote. Al fin de cuentas, la Iglesia silenció el caso y permitió al sacerdote seguir oficiando misa. Hasta que Francisco Javier rompió su silencio. Era el año 2017.

A partir de ese momento, otras víctimas relataron desde el anonimato el horror vivido en el Seminario de La Bañeza, Astorga fue escenario de una manifestación de exseminaristas pidiendo la condena de los encubridores de los abusos y dos víctimas dieron el paso a denunciar.

La primera contra Ramos Gordón, en su etapa en el colegio Juan XXIII de Puebla de Sanabria (Zamora); lo que permitió la expulsión durante 10 años del sacerdote. La segunda, la que presentó Emiliano Álvarez contra Ángel Sánchez Cao, el sacerdote que ahora deciden apartar tras la que sería la cuarta denuncia de pederastia en la Diócesis de Astorga que haya salido a la luz.

Porque, según lamenta, las víctimas están solas, luchando contra una Iglesia que una y otra vez «nos ponen a la altura del barrio y la mierda. Y así lo vemos cuando sigue remarcando que los hechos están prescritos civil y canónicamente».

Una decisión, la de apartar a Sánchez Cao, que conoció a través de los medios de comunicación porque, a su juicio, hasta entonces su palabra no había tenido credibilidad en la Iglesia. «No me cogen el teléfono ni me informan de nada ni tan si quiera me han llamado una sola vez. Pensaban que estaba mintiendo, que era un mentiroso».

Gracias a Dios, sentencia, la verdad tiene las patas muy cortas y solo tiene un camino. «Es triste que la Iglesia, tenedora de los valores como la piedad o la caridad tuviese y siga teniendo esta actitud con las víctimas, a las que de alguna forma nos dicen llorasteis de niños, seguir llorando ahora de mayo».

Por ello, sólo pide a sus compañeros de habitación que den el paso y denuncien. «Es hora de qe todos nos enfrentemos a esto y que no nos dejen solos».

 

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