Trump da marcha atrás en la separación de niños

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La presión social se volvió tan insoportable que el presidente de Estados Unidos ha preferido convertirse en salvador

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (Estados Unidos)

Hizo falta el llanto de miles de niños para que Donald Trump diera por primera vez marcha atrás en una decisión, al menos desde que es presidente. Este miércoles firmó una orden ejecutiva que según él pone fin a la separación de padres e hijos en la frontera sin cambiar su política de «tolerancia cero», aunque al cierre de esta edición no se conocían los detalles.

Así de apresurada había sido la redacción del documento que paralizó juzgados a la espera de conocer el contenido. La pompa, por otro lado, era innecesaria. Como destacó el senador republicano Lindsey Graham, el presidente podía haber acabado con esa política con una simple llamada al fiscal general, que la impuso en abril pasado con un memorándum interno. La ceremonia de firmar la orden ejecutiva en el Despacho Oval Trump pretendía hacer virtud de la necesidad y convertirse en el héroe de una situación que ha desgarrado el corazón de republicanos y demócratas. «A todos nos afecta, a cualquiera que tenga corazón», dijo el mandatario al firmar el documento.

Todo un cambio con sus declaraciones de la víspera, cuando hizo votos de no aflojar la mano y acusó a los traficantes de traer a inmigrantes con niños para explotar las lagunas legales de las que culpó a los demócratas. Desde Laura Bush hasta John McCain, la ONU y el Papa, tacharon esta política desalmada de «inmoral», pero según contó él mismo fue su esposa Melania la que estaba «muy afectada».

Quedan perdidos en el sistema 2.600 niños separados de sus padres en los últimos dos meses. Más de cien son menores de dos años, sin que se sepa exactamente cuántos. La presidenta de la Academia Americana de Pediatría Coleen Kraft, una de las pocas que los ha visto, dijo haber estado en una habitación llena de niños en pañales. «Lo que más me estremeció es que no jugaban ni hacían ruido, gateaban en silencio menos una niña que lloraba a todo pulmón. Las cuidadoras intentaban calmarla pero no les permitían cogerla en brazos», explicó.

A medida que la cifra de niños incautados subía, al gobierno se le acabaron las plazas en los albergues y habilitó almacenes con jaulas, cuyas imágenes desgarraron a la sociedad. Lo siguiente eran bases militares y tiendas de campaña, en las que el costo de cada niño por noche se había calculado en 775 dólares. La presión se volvió insoportable el martes, cuando la organización de noticias Propublica difundió una grabación tomada dentro de uno de esos centros de detención en la que se oía a los niños llorar mientras llamaban a sus padres. «Ya empieza la orquesta», se hastiaba sarcástico uno de los guardas.

Por la noche, los donantes de Trump que acudieron a una cena de recaudación de fondos en su hotel fueron recibidos desde la calle con un enorme altavoz en el que activistas de derechos humanos reproducían los llantos de los niños. «¿Es que tú no tienes hijos?», le gritó un hombre al presidente.

A la secretaria de Homeland Security Kirstjen Nielsen ni siquiera la dejaron cenar. «¡Vergüenza te debería de dar, venir a un restaurante mexicano!», le gritaban desde la puerta. «¿Lo has escuchado, has escuchado a los niños llorar?». Ella intentó concentrarse en su teléfono, pero cuando quiso hacer una llamado los manifestantes subieron el volumen. «¡Mientras los padres de esos niños no tengan paz, tú tampoco!», le increpaban.

Nueva York, a donde han llegado entre cien y 300 niños cuyos padres seguían detenidos en la frontera, interpuso una demanda contra el gobierno. Algunos de estos progenitores han sido deportados sin sus hijos. Reconectar a las criaturas puede resultar una labor imposible, porque hasta el gobierno ha empezado a perderles la pista.

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