'Mea culpa' de la Iglesia ante las víctimas de abuso

El papa Francisco. /Efe
El papa Francisco. / Efe

El cardenal Marx confiesa la destrucción de archivos sobre vejaciones a menores cometidos por eclesiásticos en la importante cumbre antipederastia que este domingo concluye en el Vaticano

DARÍO MENORCorresponsal en Roma (Italia)

Cuatro días no dan para mucho. Especialmente si lo que se quiere es cambiar el rumbo de un trasatlántico que se mueve con tiempos geológicos y 1.300 millones de personas a bordo como es la Iglesia católica. Es difícil poner fin a décadas de encubrimiento de la pederastia con tres jornadas de ponencias y trabajos en grupo y un último día de misa de clausura y mensaje final del Papa. El tiempo dirá si han sido suficientes para que a los 190 participantes en la cumbre sobre protección de menores que concluye hoy en el Vaticano les queden claros dos conceptos: que nadie es inmune a esta lacra y que por fin se ha acabado el tiempo en que se escondía a los sacerdotes y obispos abusadores de niños.

Si consigue que esta idea cale entre los miembros del encuentro, todos ellos presidentes de episcopados, líderes de comunidades católicas orientales, superiores de congregaciones o altos jerarcas de la Curia romana, Francisco logrará su mayor victoria y la Iglesia empezará a recuperar parte de su credibilidad. La apuesta en juego es vital para la institución, cuyo destino queda en manos de los participantes del simposio. Es a ellos a quienes ahora les toca transmitir en sus países y comunidades el mensaje recibido en Roma. «En mi opinión no hay nada más urgente en este momento para la Iglesia que la protección de los menores», destacó el cardenal estadounidense Sean Patrick O'Malley, uno de los purpurados más concienciados con esta cuestión. En ese reconocimiento de la magnitud del problema y de los errores cometidos, llama la atención la confesión de otro influyente cardenal, el alemán Reinhard Marx, arzobispo de Múnich, quien dijo que la Iglesia «destruyó» algunos archivos sobre abusos.

Junto a la de Marx hubo ayer dos significativas ponencias, realizadas ambas por mujeres: una a cargo de la religiosa nigeriana Veronica Openibo y otra de la mexicana Valentina Alazraki, decana de los informadores del Vaticano. Openibo exigió a los obispos que pongan fin a la 'cultura del silencio', pues la «tempestad» de la pederasta pone en juego la «credibilidad» de la Iglesia. Alazraki, por su parte, habló de la importancia de la transparencia y relacionó el encubrimiento con la corrupción política y económica. Puso como ejemplo el caso del mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y protagonista de un gigantesco escándalo en el que no faltaron abusos sexuales a seminaristas, consumo de drogas y relaciones sexuales con mujeres (con las que habría tenido varios hijos). La veterana periodista invitó a los obispos a colaborar con la prensa ya que «la falta de comunicación es otro abuso».

Los cuatro días de conferencia han levantado una enorme atención mediática que ha sido aprovechada por las asociaciones de víctimas para poner en marcha una suerte de 'cumbre paralela'. Por medio de protestas, concentraciones y comparecencias ante los reporteros tratan de ganarse a la opinión pública para denunciar las vergüenzas del Vaticano y exigirle al Papa que pase de las buenas palabras a los hechos. Su posición no se ha escuchado sólo en la calle o en la reunión del pasado miércoles entre 12 supervivientes de abusos con los promotores de la cumbre. Todos los días los participantes se han topado con desgarradores testimonios de personas vejadas por sacerdotes, como el joven chileno que protagonizó la celebración penintencial celebrada ayer en la Sala Regia del Palacio Apostólico, el mismo lugar donde hoy tendrá lugar la misa de clausura.

Este joven músico latinoamericano, que tocó una emotiva canción con un violín, detalló cómo los abusos sufridos le provocaron el nacimiento de «un fantasma» interior que nadie más puede ver. «Nunca te verán ni te conocerán completamente», lamentó, confesando los impulsos suicidas que le genera esta lacra. No es gratuito que las víctimas se presenten a sí mismas como supervivientes, pues no son pocos los que acaban quitándose la vida al no poder superar el trauma o terminan consumidos por el alcohol o las drogas. Fue por ello emocionante cuando el joven chileno reivindicó con lágrimas en los ojos su «derecho divino de estar vivo». Francisco escuchó sus palabras con gesto compungido.