«Entran armados a los hospitales para robar a los enfermos»

Cuatro venezolanos cuentan su experiencia. /JON G. ARAMBURU
Cuatro venezolanos cuentan su experiencia. / JON G. ARAMBURU

La criminalidad se ha disparado en Venezuela, donde los asaltos, secuestros y homicidios están a la orden del día

JON G. ARAMBURUCaracas (Venezuela)

Robos, lesiones, secuestro y extorsión, homicidios... En Venezuela hubo 23.047 muertes violentas el año pasado; 81,4 por cada 100.000 habitantes, «el ratio más alto del planeta», sostiene el criminalista Fermín Mármol García. A su juicio, el país sufre un «desmoronamiento institucional, agravado por gente incapaz en los juzgados». En este caldo de cultivo, denuncia, «la delincuencia organizada campa a sus anchas, investida además del título de guardián de la república por un gobierno para el que la seguridad ciudadana nunca fue un asunto prioritario». Su diagnóstico no puede ser más brutal: la delincuencia se dispara cada vez que hay problemas de estabilidad política. El déficit de patrulleros y el aún mayor de investigadores criminales no contribuye a remediar una situación de temor generalizado. En este escenario, los móviles encabezan el ranking de asaltos. Lógico, ya no hay dinero efectivo y las joyas hace tiempo que se han empeñado. EL CORREO recibe de primera mano el angustioso relato de cuatro víctimas de raptos y robos con violencia. Así vivieron el peor día de sus vidas.

Edgardo Daza.
Edgardo Daza. / JON G. ARAMBURU

Edgardo Daza. Secuestrado y acusado de homicidio.

«Lancé mi coche a 170 contra un camión, me iban a matar igual»

A Daza, el videoclub que regenta no le hace justicia: cuesta imaginar una película tan dramática como la que ha vivido él durante el último año. «Eran las 18.45 del 6 de mayo y yo salía del trabajo. Ocurrió en la Avenida Bolívar, en pleno centro de Valencia. Primero me bloquearon con su coche y luego uno de ellos se introdujo en el mío de copiloto, me encañonó y empezó a golpearme y a gritarme barbaridades». Le dijo que se quedara con el coche, un Mazda 3, que le dejara marchar. Pero no era eso lo que quería aquel intruso.

«Nos detuvimos ya en la autopista, nosotros y el carro que nos precedía. Empezaron a hablar por teléfono y me preguntaron mi nombre. 'Este no es el tipo', dijeron, a lo que el interlocutor añadió 'no importa, nos lo llevamos a Maracay y allí decidimos'». Le habían raptado por error. «Mira, chamo, tú consigues la plata y sigues vivo». «¿De cuánto hablamos», le respondió, mientras la sangre le manaba de la cabeza. «10.000 dólares, si no te vamos a matar como a un pendejo. Y ahora, apúrate». A Edgardo no le costó echar cuentas. «Era hombre muerto, jamás podría reunir esa cifra y arruinaría a mi familia». Así que no lo pensó. «Puse el Mazda a 170 y mi secuestrador gritando 'frena, loco'. Cuando vi un camión que venía de frente, giré el volante».

Edgardo sobrevivió a la colisión, igual que los ocupantes del tráiler. Su secuestrador salió malherido del coche, convertido en un amasijo de hierros, y buscó refugio en el de los perseguidores, que se libraron de él a la puerta de las Urgencias de un hospital, donde murió tirado en el suelo. Entretanto, Edgardo sufría una hemorragia masiva. Una familia bajo de su coche y le auxilió. Los militares tardaron hora y media y las ambulancias, dos más. Cuando llegó al hospital, la internista le confesó que no tenía con que suturarle y le derivó a otro centro donde le cobraron 500 dólares. «Allí estuve cuatro días, con las pulsaciones disparadas hasta 217».

No acabó ahí su desgracia. La Fiscalía considera que este hombre, que a día de hoy sigue sin coche, tiene que estar en la cárcel. Está acusado de homicidio por la muerte de su raptor. «No me entiende ni la mujer, dice que estoy loco. Que cómo se me ocurre. Yo estaba aterrorizado, coño». Hace meses, un terremoto le destrozó el negocio; los anaqueles volcados por el piso y las películas reventadas. «Confío en Dios».

Rubén Limas.
Rubén Limas. / JON G. ARAMBURU

Rubén Limas. Traumatólogo, mataron a su colega.

«Salió del turno de noche y la cosieron a tiros»

El doctor Limas nos recibe tras practicar una cirugía de cadera en el Policlínico donde trabaja. «Cómo olvidarla. Mi colega estaba en el último turno, salió a la calle a medianoche y no había recorrido ni cuatro cuadras cuando escuchamos los disparos. Allí estaba, muerta en el coche, cosida a tiros. Al parecer, nos dijeron, se asustó e intentó escapar». El episodio desató un vendaval político a escala local, «pero duró sólo unos días. En cuanto las aguas volvieron a su cauce, nos quitaron la garita policial que habían colocado».

Ni los hospitales están a salvo de la ola de violencia que sacude el país. Hay muchos incidentes, no importa que la custodia esté a cargo de milicianos. «Entran sujetos armados para ajusticiar a un rival que ingresó tras una pelea; o a rescatar a alguno de sus compinches. Imagínese en un ambulatorio, sin protección de ningún tipo». Cuando entran a robar lo hacen a punta de pistola, desgrana el doctor, y la sensación de impunidad es total. «Se llevan los celulares de los pacientes allí ingresados y los de los familiares que han venido de visita. Es la indefensión total».

El problema no acaba ahí. La necesidad es tan grande que, combinada con la corrupción, a menudo se traduce en el robo de instrumental médico y fármacos, «con los que 'bachaquea', especula, el propio personal». La falta de alumbrado alrededor de las instalaciones es total, «como boca de lobo». «Hemos acudido a todas las instancias, pero nadie hace nada. Estamos en manos del hampa, de los 'pranes', que controlan a las bandas organizadas desde la cárcel, donde viven como reyes. Alcohol, prostitutas, drogas... todo ante la mirada indiferente de nuestra Guardia Nacional». Rubén no acaba de ver la salida. «Estamos en manos de un gobierno tullido y formado por forajidos, al que interesa que nos sintamos desprotegidos y no salgamos de nuestras casas».

Winston González.
Winston González. / JON G. ARAMBURU

Wiston González. Desvalijaron su granja de huevos.

«Eran cinco encapuchados con pistolas y escopetas»

«Me da igual el coche, lo que me jode es que iba con mis dos niñitas a bordo, una de 10 años y otra de 12». A Wiston le abandonaron al cabo de dos horas en un descampado, poniendo así fin a una jornada que había comenzado con las pequeñas reclamando que las llevaran a ver a su abuela. «Jamás había pasado tanto miedo, y fíjese que el gobierno ya nos tiene acostumbrados a los mayores desatinos y vives en permanente estado de inquietud». No denunció, «me advirtieron que sabían dónde vivía». Han pasado diez años y jamás recuperó su 'Toyota Corola' azul marino.

Pero la adversidad todavía le tenía reservada otro mal trago a Wiston, este ya con Maduro en el poder. «Yo tenía una granja de huevos de codorniz en Tinaguillo, cerca de Cojedes, y una noche entraron unos malandros (rufianes) y retuvieron a mis cuatro empleados». El ni siquiera estaba allí, pero todavía le tiembla la voz cada vez que recuerda el episodio. «Eran cinco encapuchados con pistolas y escopetas», que golpearon a los trabajadores y les dejaron maltrechos.

«Se llevaron todo: jaulas desarmadas, equipos de soldadura, la cocina, las camas... Esta vez denuncié y obtuve respuesta, pero el resultado ha sido el mismo». La historia de Wiston se repite hasta la saciedad en el medio rural, donde los dueños de fincas, hartos de ser extorsionados, tiran la toalla hartos de que nadie les proteja. «Sienten que sus vidas -concluye- no valen nada».

María Auxiliadora Alvarado
María Auxiliadora Alvarado / JON G. ARAMBURU

María Auxiliadora Alvarado. Víctima de secuestro exprés.

«Son policías y lo saben todo de ti, es el psicoterror»

A María no se le ha vuelto a ocurrir parar en aquella panadería donde empezó su pesadilla hace tres años. Ocho horas «sometida al psicoterror de un grupo organizado» que, sospecha, estaba formado por policías. «Me dijeron: no denuncies, porque nos vamos a enterar los primeros». Y obedeció. «Sabían dónde trabajaba, mi domicilio, los horarios de mi padre... y, por supuesto el dinero que guardábamos». Tres millones de bolívares, que arrebataron a su familia después de una noche angustiosa que le provocó un trauma del que todavía no se ha repuesto.

La tuvieron todo el tiempo dando vueltas por su ciudad, de cajero en cajero, «cuando todavía había efectivo». Querían el dinero de inmediato, pero después de varios intentos consiguieron sólo un millón. «Me soltaron de madrugada en un parque cerca de la universidad, aterrorizada, a oscuras», no sin antes llevarse su coche y amenazarle con rematar la faena si no les entregaba los dos millones restantes. Cuando al día siguiente acudió a la cita, su padre había acudido al banco para conseguir que el gerente le entregara todo el efectivo en un sobre. «Luego me orientaron por teléfono hasta un centro comercial donde se me acercó un hombre, al que le pasé el sobre por una rendija del cristal del carro».

María aún sueña con sus asaltantes, que actuaron a cara descubierta y a los que no parecía preocupar que les reconociesen. «Llegué a pensar que lo hacían porque iban a matarme». Durante meses vigilaba cada paso que daba, pendiente siempre de no dar otro en falso y repetir aquel calvario. «Llegue al punto de no permitir que abrieran las ventanas de mi casa». Aun así, dice que tuvo suerte: «si me llega a raptar la guerrilla colombiana me hubiera tirado meses en la selva a la espera de un rescate en dólares, imposible de asumir por mi familia». A María no la golpearon ni la violaron, pero desde entonces sabe que a veces basta con salir a la compra para que te cambie la vida.

 

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