Una década de horror de Boko Haram

Traslado de una víctima de Boko Haram. /AFP
Traslado de una víctima de Boko Haram. / AFP

El décimo aniversario del levantamiento yihadista radical desvela un escenario de espanto en el norte de Nigeria

Gerardo Elorriaga
GERARDO ELORRIAGA

Había muchas razones para morir durante el breve califato de Boko Haram. La venta de droga, la pertenencia a las milicias de autodefensa, ser homosexual o ejercer un cargo público podrían traducirse en sentencias letales, jaleadas por una muchedumbre que gritaba 'Dios es grande' tras cada ejecución. Los furibundos sermones de Ustaz Mohammed Yusuf, contrarios a un gobierno infiel y un sistema educativo ajeno a la 'sharia', ya anunciaban el estallido que se produjo en 2009. El 26 de julio de aquel año sus seguidores atacaron una estación de policía y dos días después los cuerpos de seguridad asaltaron la casa del líder radical y la mezquita donde difundía el credo hostil al sistema. Yusuf murió en comisaría y más de 800 seguidores fueron abatidos en la ciudad de Maiduguri, epicentro de su movimiento. Una década más tarde, aquella espiral de violencia se ha convertido en un drama de vastas proporciones en el noreste de Nigeria que ha dejado tras de sí 27.000 víctimas.

La brutal represión parecía haber aplastado el espíritu combativo de los islamistas, pero solo supuso un repliegue táctico. Un año después, la Jama'at ahl al-sunna li'l-da'wa wa'l-jihad o Grupo de la Gente de la Sunna para la Predicación y la Jihad, divulgaba un vídeo que mostraba a Abubakar Shekau, su nuevo comandante. Los atentados siguieron y la milicia, bien pertrechada, diversificó sus objetivos. Los cristianos, minoría en el territorio septentrional, la Administración y todo aquel que mostrara tibieza en su fe musulmana podía ser blanco de la ira de Boko Haram, como eran conocidos popularmente.

La rápida expansión mostró tanto su brutal determinación como las contradicciones que asolan a la primera potencia africana. Nigeria es un país de abismos donde pierde pie la democracia y el deseo de progreso. Las diferencias resultan enormes entre sus populosas urbes y el medio rural, pero también entre el próspero sur y el norte y noreste, limítrofes con el Sahel, un entorno conservador de mayoría islámica, aquejado por la miseria y la desertización. Su jerarquizado sistema social y las más elevadas tasas de analfabetismo del continente constituyen campo abonado para el extremismo religioso.

La ofensiva radical se convirtió en una espiral de violencia. La población comenzó a abandonar sus hogares y la atmósfera de terror se instaló en el país. El grupo volaba oficinas de Naciones Unidas en la capital, Abuja, explosionaba bombas en mezquitas e iglesias, o diseminaba metralla en mercados a través de atentados suicidas. Boko Haram apostó por una estrategia de terror ubicuo que ya no conocía de diferencias religiosas.

Pero el norte de Nigeria queda lejos de todas partes. Los guerrilleros tuvieron que secuestrar a 276 estudiantes en 2014 para que el mundo supiera que una guerra desigual se libraba en el corazón de África Occidental. Los vídeos de Shekau, tan ávido de fama, obtuvieron repercusión y repulsa. La atención mediática fue respondida con una ambiciosa ofensiva destinada a ocupar el noreste de la república e instalar un califato.

La táctica de los yihadistas debía parecerse a la que se llevaba a cabo en Oriente Próximo, pero recordaban más al Jemer Rojo en Camboya. La conquista se acompañaba de destrucción y fusilamientos, como sucedió en Bama, una ciudad completamente devastada. La rápida expansión también evidenciaba las carencias de Nigeria, hasta entonces considerado el gendarme del golfo de Guinea.

Defensa conjunta

La conversión del conflicto interno en un problema regional que afectaba a Camerún, Níger y Chad cambió las tornas. EE UU y Europa impulsaron un comando conjunto para enfrentarse a la amenaza común. El signo de la lucha cambió en 2015 cuando los salafistas, incapaces de tomar Maiduguri, con más de un millón de habitantes, fueron vencidos e iniciaron el repliegue. Pero la ayuda exterior también demostró la inoperancia de un ejército mal pertrechado, afectado por una corrupción endémica que corroe las entrañas del régimen. El coronel Sambo Kasuki permanece en prisión desde que fue acusado de desviar 1.900 millones de euros destinados a la adquisición de recursos militares.

El clamor contra la situación provocó cambios. El presidente Goodluck Jonathan, responsable de la nefasta gestión de la crisis, fue sustituido por Muhammadu Buhari, veterano militar que prometió mano dura. El nuevo dirigente llegó a proclamar su victoria en 2016, pero la realidad se obstina en desmentir a la clase dirigente nigeriana, habitualmente reñida con la verdad. Diez años después, la situación en Nigeria es desasosegante. El clima de violencia sigue en todo el país, ya sea derivado del enfrentamiento religioso, los choques entre campesinos y ganaderos o el renovado afán secesionista en el Delta del Níger.

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