No te pierdas en Babia

Montañas y pasos en la carretera de San Emiliano. / Javier Prieto

Pueblos con encanto, paisajes de ensueño, montañas míticas... hay mil razones para perderse en este territorio del norte leonés

JAVIER PRIETO León

A los reyes leoneses del medievo les encantaba la idea: salir escopetados de sus castillos, enfilar con sus mesnadas hacia las montañas del norte, cabe las Ubiñas, y dedicarse al trote y a la caza hasta que les doliera el trasero. O eso, al menos, se ha ido extendiendo como una de las explicaciones a la expresión «estar en Babia» cuando se usa en el sentido de «estar en un sitio pero parecer alelado pensando en otro». Esta teoría justifica que para esos reyes trotones «perderse» por los valles babianos era la manera preferida de apearse de sus obligaciones sin dejar rastro. De hacer unos paréntesis tan intensos que, cuando alguien preguntaba por ellos en palacio y no les encontraban, se acabó acuñando la expresión «No sé, estará en Babia...».

El otro cuento del que siempre se tira para alabar el encanto de esta tierra de valles siempre verdes y montañas de alucine es el de los pastores babianos que se pasaban casi la mitad del año con sus rebaños de ovejas en las dehesas extremeñas, esperando que las nieves se fundieran en los puertos de su querida Babia para poder regresar. Dicen que extrañaban tanto la belleza de su terruño y se les hacía tan largo el retorno que cuando les veían con la mirada fija, colgados en una ensoñación, estando sin estar, sabían dónde andaban en realidad: en Babia, claro.

El caso es que al viajero de hoy no le hace falta perderse en ningún sentido para disfrutar a fondo de un territorio que lo tiene casi todo para provocar el encantamiento. Y tampoco es necesario quedarse «colgado» pensando en el regreso. Por suerte, lo tenemos tan a mano, tan lejos y tan cerca que podemos ir y volver cuando queramos. Escaparnos y regresar del paraíso según convenga. Según nos dejen las nieves o nos lo permitan nuestras obligaciones.

De todas formas, y por si acaso, aquí van cinco pistas, cinco rincones de esta tierra mágica que deberías buscar en tu viaje a Babia antes de que el hechizo te alcance y olvides, para siempre, el camino de regreso a casa.

Observación de aves en San Emiliano.
Observación de aves en San Emiliano. / Javier Prieto

1. BABIA PARQUE ESTELAR (StarPark).

Los encantos de Babia no solo se disfrutan de día y a plena luz. También de noche. Así lo reconoce la inclusión de dos de sus municipios en el programa Starlight asociado a la Unesco. Este programa busca la promoción de aquellos rincones del planeta cuyos cielos nocturnos gocen de una protección especial. Sobre todo que, a salvo de contaminación lumínica, proporcionen cielos estrellados de calidad en los que disfrutar sin estorbos de las actividades astronómicas. Babia fue declarada Parque Estelar en 2014 y tiene dos puntos de observación astronómica. Uno, en la ermita de San Bartolomé, en Torrebarrio. El otro junto a la Laguna Grande, en Lago de Babia.

2. PEÑA UBIÑA.

La esencia del paisaje babiano son sus valles y sus montañas. En realidad se trata de una frontera cuya divisoria viene delimitada por la línea de cumbres de la Cordillera Cantábrica. En ese cordal montañoso sobresale la mole caliza de Peña Ubiña (2.417 metros), montaña mágica por la que todo veterano montañero se siente atraído de inmediato en cuanto conoce su existencia: no importa que nunca se hayan encontrado cara a cara, basta con haber escuchado a cualquiera el relato de su ascenso, o sabido del éxtasis que se adueña del espíritu tras hollar la cumbre. Las vistas desde arriba son tan infinitas como lo permita el buen tiempo y la suave calima que tan a menudo enturbia el aire de las montañas. Si nada lo impide se llega a ver hasta el mar. Uno de los puntos de ascenso a la cumbre –solo recomendada para montañeros con experiencia– está en Torrebarrio.

3. RIOLAGO DE BABIA.

Otro rasgo fundamental del paisaje babiano es el dibujo de sus pueblos. Sobrios, austeros, antañones... En la mayoría predominan aun las construcciones de mampostería y sillarejo, de tejados de pizarra y chimeneas rústicas. Muchos de ellos atesoran viejos caserones señoriales llegados de un tiempo en el que la posesión de pastos y rebaños valían su peso en oro. O en escudos nobiliarios.

A lo largo y ancho de Babia encontramos varios de estos caserones de noble abolengo. En Torre de Babia, Piedrafita, Robledo, Vega de Viejos o Riolago campea el escudo de los Flórez, señores que fueron de casi todo por estos lares. En Villasecino se alza el caserón de los García Lorenzana, en la Majúa el de los Quirós y en Riolago de Babia, uno de los conjuntos urbanos mejor conservados de este territorio, el palacio amurallado que perteneció a una de las familias más poderosas de León, los Quiñones y, más tarde, a los marqueses de Acedo. Hoy el palacio, que mantiene intacto su imponente aspecto de construcción feudal, acoge la Casa del Parque de Babia y Luna. O sea, visita obligada por partida doble (Tel.: 987 687 554).

4. TORRESTÍO.

Una de las localidades que mejor reflejan la fusión de las dos vertientes montañosas, la norte y la sur, es Torrestío. Paso obligado en el tránsito por el histórico puerto de La Mesa, entre las dos vertientes cantábricas, conserva entre sus calles evidencias de esa fusión. La más obvia es su conjunto de hórreos de perfiles claramente asturianos, los últimos hórreos a cuatro aguas que quedan derechos en Babia. Esta construcción es fundamental para la supervivencia en zonas de montaña en las que el clima siempre es un enemigo a batir. Especialmente durante el invierno. Es entonces cuando este almacén, en el que se guarda la cosecha y la matanza a salvo de la humedad y los ratones, asegura la alimentación hasta la temporada siguiente. Desde Torrestío puede arrancarse la travesía de montaña que, por una pista de tierra, alcanza los lagos de Somiedo, en Asturias, desde la vertiente leonesa.

5. LAS FUENTES DEL SIL.

Entre el abundante abanico de rutas señalizadas que encontramos en Babia esta, en concreto, nos asoma al paisaje de brañas y canchales en las que el Sil comienza a juntar sus primeras aguas. La ruta (circular, 13,2 kilómetros, cinco horas) tiene el aliciente de partir de La Cueta, uno de los pueblos ubicados a mayor altura de la provincia de León y uno de los más remotos, escondidos y con mayor encanto de todo Babia.

 

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