«No se puede idealizar la vida en el campo»

Rafael Navarro de Castro./
Rafael Navarro de Castro.

El escritor murciano recupera en la novela 'La tierra desnuda' los testimonios de los campesinos que aún subsisten en un valle de Granada

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Cuando muera el último campesino, morirá también un modo de vida que tiene 10.000 años de antigüedad, y con ello se perderá el respeto por la tierra y por el medio ambiente y el espíritu de cooperación entre los paisanos. Antes de que todo eso ocurra y en la estela de 'La España vacía', Rafael Navarro de Castro (Lorca, 1968) ha querido dejar testimonio de las vivencias ancestrales de los residentes en el mundo rural en el libro 'La tierra desnuda' (Alfaguara).

El protagonista de la novela es Blas, un hombre que nace literalmente encima de un burro en 1932, durante la Segunda República, y cuya vida se convierte en el hilo argumental de la trama: con él se recorre el franquismo, la transición, la democracia y la modernidad de los móviles y las tabletas, a los que Blas no quiere adaptarse porque su vida pertenece a otro momento. «Blas es el compendio de todos los personajes que viven en el campo», explica el autor.

Cuenta Navarro de Castro que se crió en una granja de Albacete y aunque en su juventud se trasladó a Madrid, el veneno del campo se quedó en su sangre. Un día, cuando trabajaba en el cine y en la televisión, se hartó del estrés y decidió vender su piso en la capital para marcharse a vivir a un valle de Granada. «Antes tenía dinero, pero no tenía tiempo; ahora me ocurre lo contrario», bromea.

Convertido en un 'neorrural', Navarro de Castro descubrió una manera de entender la tierra y pensó que tenía que dejar huella de aquello. Primero ideó un documental y comenzó a recoger los testimonios de sus nuevos vecinos. «Les pedí que me contasen sus batallitas y empecé a escribir unos fragmentos que di a leer a amigos y gustaron«, recuerda el escritor. Más tarde, todo su trabajo acabó derivando en la novela 'La tierra desnuda'.

Homenaje a los campesinos

«Me enamoré de aquella gente, y no por que sigan utilizando un arado romano, algo que hoy en día harán cinco personas en España. Lo que me llenó fue su carácter, su solidaridad, su cariño. El objetivo de la novela es homenajear a aquellos campesinos«, apunta. Esos campesinos no coinciden con la imagen tradicional del jornalero. »La diferencia es que los campesinos eran los que tenían una pequeña pieza de tierra (2.000 metros cuadrados), diez gallinas, siete cabras y un marrano. Lo suficiente para sobrevivir, eran pequeños propietarios«, apunta.

Navarro de Castro destaca el apego de esos hombres y mujeres a su tierra. «A un campesino de 80 años, cuando se le muere un cerezo, planta otro, sabiendo que probablemente no lo verá crecer. ¿Entonces, por qué lo hace? Porque lo tiene interiorizado, eso es puro ecologismo, aunque si a él le llamásemos 'ecologista', probablemente se enfadaría«, subraya el autor, que valora también el espíritu solidario de sus paisanos. »Aquello se ha sostenido en el tiempo gracias a la colaboración de unos con otros. Se juntaban para segar, para vendimiar... Aquí todos se echan un cable, algo que se ha perdido en las ciudades«, lamenta.

Pero igual que él mismo hizo, Navarro de Castro detecta que entre los urbanitas se extiende la sensación de «hartazgo» hacia la vida en las ciudades. «Pero no se puede idealizar el campo«, advierte. »La tranquilidad, el paisaje y la vida silvestre están bien, pero no es fácil vivir del autoconsumo. Ser autosuficiente es muy jodido. Hay que producir lo básico y saber conformarse con lo básico. Los campesinos lo hacen porque su vida ha sido así siempre«, cuenta el escritor, que se muestra escéptico hacia algunas iniciativas, como el turismo rural.

«No creo que haya turismo rural para 5.000 pueblos en España», apunta. «Y tampoco pienso que el turismo rural sea la solución para conservar el campo. El campo lo conservan quienes viven allí permanentemente, los agricultores. Lo que necesitamos es que la administración se dé cuenta de la importancia deel campo, que sepan que la limpieza del aire depende de los bosques, de que la agricultura produce alimentos...», culmina..

 

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