«Hay la misma silla de plástico en tu jardín que en Iraq»

Glidden posa en Madrid. /
Glidden posa en Madrid.

Sarah Glidden recorrió Turquía, Siria e Iraq en 2010 para componer un retrato de lo cotidiano, del periodismo y de la amistad en 'Oscuridades programadas'

JAVIER BRAGADOMadrid

En diciembre de 2010 Sarah Glidden (Boston, 16-6-1980) descubría en Siria una realidad inesperada. Los refugiados iraquíes eran gente de clase media que había perdido sus oportunidades por la invasión estadounidense de su país y se perdían entre la burocracia y la caridad. Ahora, no puede dejar de mirar a aquella experiencia que le permitió conocer de primera mano el periodismo, la amistad y una realidad que se disipó con el estallido de una guerra civil. «Estaba planeando volver porque cuando salí de Siria estaba llorando. '¡No quiero marcharme!', decía. Tenía planes para regresar el siguiente verano, pero obviamente eso no ocurrió», señala una estadounidense que también habla castellano gracias a la ayuda de su marido argentino.

De aquella experiencia desde Turquía hasta Damasco surgió el cómic 'Oscuridades programadas' (Salamandra), un viaje por Oriente Medio anclado en la cotidianidad para abrir los ojos a otras realidades. No se trata de un tebeo a lo Joe Sacco con las penurias y sufrimientos de los oprimidos, sino un retrato de modos de vida que descubrió gracias al apoyo de otros periodistas, sus amigos de Globalist. «He aprendido mucho, sobre todo cómo es el periodismo, cómo es recoger esas historias porque antes de ir tenía una idea romántica sobre el periodismo: 'Ah, sí los periodistas van a esos sitios, escuchan las historias y las traen a la gente, al pueblo'. Es más complicado que eso, tienen que tratar con editores y en Estados Unidos, al menos, el periodismo es un negocio que necesita vender publicidad y otras cosas para sobrevivir. No todas las historias pueden publicarse. Como todo la vida, es complicado, pero también me enamoré del periodismo y ahora es lo que hago», explica Glidden, quien ya apunta a un libro sobre el cambio climático para el futuro.

«Lo que quiero hacer con mis historias es mostrar que es la vida real, no es algo fantástico»

Las acuarelas de quien ganó el premio Ignatz al Mejor Nuevo Talento por 'Una judía americana perdida en Israel' (Norma Editorial) se detienen en esa vida impensada por los occidentales en Oriente Medio. El color amable devuelve al lector occidental una rutina que podría considerar exclusiva. «Es cómo dibujo, pero también lo que quiero hacer con mis historias es mostrar que es la vida real, no es algo fantástico, algo romántico; es un poco aburrido a veces. Los lugares son como sacados de tu ciudad. Sí que hay bosques que son grandes y bellos, pero también es la vida normal. Hay la misma silla de plástico en tu jardín que en Iraq. Por eso quería mostrar que es una vida normal también en un campo de refugiados porque la gente vive allá y es triste y deprimente, pero no es dramático. También hay niños jugando y igual que en nuestra calle».

«No podían ir a la escuela, no tenían medios, pero aun así seguían conservando la esperanza. Son muy inspiradores»

Atravesaron el país no reconocido de Kurdistán, entrevistaron a un refugiado expulsado de Estados Unidos que vivía en Siria mientras su hija se graduaba en Norteamérica, donde vivía con el resto de su familia. Entonces tuvo que tratar de vivir en una armadura que se desarmó al regresar a Seattle, donde ahora reside. «Bueno, cuando estuve allí me sentí muy triste, es verdad. Es divertido, porque en el libro el personaje de Sarah intenta aguantar para no parecer inestable ante los demás. Pero cuando dibujaba el libro fue realmente difícil, especialmente con algunos personajes porque sentía que iba a ser mi última conexión con esa persona. Tan pronto como dibujara la última línea de ese tío sabía que iba a ser lo último, así que fue muy emocionante». Eso no resta los momentos de esperanza que encontró en todos los rincones. «Especialmente la gente joven era esperanzadora. No podían ir a la escuela, no tenían medios, pero aun así seguían conservando la esperanza. Encuentran algo por lo que seguir su vida. Son muy inspiradores», defiende Glidden.

El presente de la guerra ha arrasado la vivencia del libro para pesar de Glidden. «No esperaba nada y fue un shock cuando todo pasó. Siria tenía una apariencia estable por muchas razones. Una es que la gente allá no hablaba mucho de política y mucho menos con los periodistas de Estados Unidos o de Occidente sobre sus sentimientos sobre el gobierno porque no era seguro. Incluso si nosotros les gustábamos no podían confiar en nosotros completamente. Nunca oímos a la gente hablando de los problemas del gobierno... 'Todo está bien'. También, Damasco era la ciudad más próxima a Assad, entonces había menos tensión con el gobierno allá que en otras partes del país y nosotros no fuimos a esas partes. Pero no pensábamos que iba a pasar y es muy triste porque ahora no veo un fin a esa guerra. Todas los caminos son malos», confiesa la autora.

«Tienen derecho a sentirse cabreados y me alegro de haberlo visto. Me lo confiaron»

Otra cuestión es el antiamericanismo. Glidden lo entiende: «Está bien, es comprensible». «Enseguida te dicen que no es contra ti sino contra tu gobierno y a veces en los Estados Unidos nos saltamos ese gesto de generosidad de los otros. Quizás suena a cliché pero la gente fue generosa y hospitalaria. Nos dieron su tiempo, nos alimentaron, nos ofrecieron mucho té y no me lo tomé personalmente. Tienen derecho a sentirse cabreados y me alegro de haberlo visto. Ellos me lo confiaron», explica con una sonrisa. Glidden y sus amigos viajaron con un antiguo marine de los desplegados en la región tras el derrocamiento de Saddam Hussein y no encontró ningún agradecimiento del pueblo a su regreso. «En Kurdistán y en Iraq tenían una buena imagen de Estados Unidos, pero no de los militares... Estados Unidos ayudó en el pasado pero la cagaron durante mucho tiempo», resume Glidden antes de avisar sobre un futuro peor: «Donald Trump es un idiota peligroso. Una de las cosas que ha hecho es que ha dado a los militares más libertades para hacer lo que quieran y hay cientos de miles de bajas por los ataques de drones. Obama estaba haciendo estas cosas, pero los contenía un poco. Con Trump es una situación realmente mala».

Durante los últimos siete años Siria se ha transformado en un campo de batalla, el Kurdistán sufre cada vez más por la asfixia de sus vecinos y hasta los amigos periodistas de Glidden han perdido el apoyo de su universidad para mantener el proyecto Globalist. Ella también tiene otros deseos que apuntan a largo plazo. «Me gustaría volver pero no como una periodista de guerra. No voy a tomar riesgos, soy muy gallina», confiesa. «Espero que las cosas se resuelvan de alguna manera, pero no creo que ocurra pronto. Me gustaría volver y ver cómo se recuperan de esto», sueña en voz alta. Por el momento, ella se siente satisfecha por su trabajo aunque no se decanta entre ser optimista o pesimista: «Mi intención es que este libro llegue a la gente a la que no le interesa la política internacional, la guerra o los refugiados. Los cómics parecen más fáciles de leer y quizás alguien lo pille y conozca más sobre Iraq, el periodismo o los refugiados o se interesen para leer otros libros. Pero ¿cuánta gente lee cómics? No va a cambiar el mundo».