José María Bermúdez: «Hemos reducido la diversidad a una especie: nosotros. Eso es estar en peligro de extinción»

José María Bermúdez de Castro posa con una reproducción de un cráneo de gorila, en las instalaciones de complejo burgalés de la Evolución Humana. /RICARDO ORDÓÑEZ
José María Bermúdez de Castro posa con una reproducción de un cráneo de gorila, en las instalaciones de complejo burgalés de la Evolución Humana. / RICARDO ORDÓÑEZ

El codirector de Atapuerca habla sobre la Evolución Humana, de dónde venimos, a dónde vamos y quiénes somos

J. I. Foces
J. I. FOCESValladolid

He aquí un científico que conoce de dónde venimos, que intuye a dónde vamos y que sabe quiénes somos. José María Bermúdez de Castro, coordinador del Programa de Paleobiología del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (Cenieh) de Burgos y codirector del Yacimiento de Atapuerca que tanto prestigio está dando a estas tierras desde hace muchos años.

–Sus primeros descubrimientos en el yacimiento burgalés datan de 1984...

–Sí. Fue el primer año en el que excavé. Con Juan Luis Arsuaga hice un turno; entonces era aún estudiante de doctorado. Me tocaron los primeros 10 días de una campaña de 20, que era para lo que le daba el dinero a Emiliano Aguirre. Y en el 84 fue cuando Eudal Carbonell convenció a Emiliano Aguirre para volver a bajar a la Sima de los Huesos. Ahí fue donde apareció la primera mandíbula. Emiliano quería conocer el contexto, con otros yacimientos, lo que pasa es que le dijimos que además del contexto sería interesante bajar a la Sima de los Huesos por si había más fósiles. Y resultó que en ella han aparecido siete mil restos.

–Por ahora...

–Claro, todavía no se ha terminado.

–Uno se sienta ante usted y piensa que quién mejor para responder al primer enigma que atormenta al ser humano: ¿De dónde venimos?

–Siempre siguiendo la ciencia, tenemos un ancestro común con la genealogía de los chimpancés, que vive en África, y los genetistas han estimado entre unos siete u ocho millones de años de antigüedad para ese primer ancestro común. El problema es que ese inicio, ese ancestro común, vivía en una zona de grandes y frondosos bosques y son un lugar muy malo para los yacimientos.

–¿Por el calor?

–Alta temperatura, mucha humedad... y la materia orgánica se recicla y sirve de abono para las plantas. La fosilización se tiene que producir en cuencas de sedimentación, lugares que sean proclives para ello: fondo marino, cuevas...

–¿Lo suyo con la evolución humana fue un flechazo? Si no hubiera sido por aquella clase del doctor Valls a la que acudió de joven, ¿usted no se habría dedicado a la antropología?

–Claro que no. No conocía nada porque era un tema tabú en mis tiempos de estudiante.

–¿Tabú? ¿Por qué tabú?

–No lo sé, no lo sé. El origen de la Humanidad visto desde la ciencia tiene poco o nada que ver con el de la religión, que en aquella época dominaba muchas esferas de la sociedad. De hecho, en los colegios, ni siquiera en los públicos, no se hablaba de ello. Ya en la Universidad había mayor libertad para expresarse; el catedrático Arturo Valls explicaba evolución humana como ahora, con lo poquito que se sabía entonces. Eso a mí me cautivó. Con mi padre, que era científico, yo sí hablaba mucho de temas de la evolución humana, pero tampoco de ello sabía mucho. Como no se hablaba de ello, no sabías. Me interesó la antropología, la genética. Pero al descubrir la faceta del origen del ser humano, quise dedicarme a ello. Me costó mucho trabajo, pero también tuve mucha suerte.

–¿Al saber lo llama suerte?

–No, no, pero el haber conocido a Emiliano Aguirre, impulsor de Atapuerca... A mí y a Arsuaga nos llevaba la dirección de la tesis una alumna de doctorado de Emiliano Aguirre, que ya era doctora. Poco a poco llegamos a él, se quedó con nuestros nombres y caras y un día nos llamó para participar en el proyecto de Atapuerca.

–Tanto estudiar la especie humana y su evolución, ¿cómo se ve usted a sí mismo?

–He cambiado el 100%. He dado la vuelta totalmente a mi personalidad, como cuando das la vuelta a la ropa. A mí la evolución humana me ha transformado de tal manera que me ha cambiado completamente la visión del mundo, de mí mismo, de los demás. Es un cambio muy recomendable, porque te pone ante el espejo de la evolución humana: Quién eres, por qué eres, cómo eres así. De entrada, te da un baño de humildad y te hace ver cuál es tu origen.

–¿Eso despoja al científico que se dedica a ello de cualquier tipo de creencia religiosa?

–Pues, prácticamente sí. Pero no te quita la espiritualidad. Esto es muy importante: te quitas de la religión de la parte humana, porque la religión la hacemos los humanos, pero luego queda la espiritualidad, que no te la puedes quitar, siempre tienes una perspectiva espiritual que trasciende más allá que la propia religión. Cualquier acto religioso, de la religión que sea, tiene un componente humano. Pero hay luego algo que trasciende más: tenemos conciencia, consciencia y podemos pensar más en estas cuestiones.

–¿Cómo cree que vemos a los antropólogos la gente de la calle?

–No lo sé. Somos iguales que los demás.

–¿Sabe por qué se lo pregunto?

–Dígame.

–Porque ustedes encuentran un fósil, lo examinan y nos dicen, por ejemplo, que tiene 425.000 años. Hablan ustedes de miles de años como el común de los mortales habla de minutos.

–Pero es que todo eso es ciencia. Las personas que se dedican a las dataciones, los cronólogos, ofrecen datos basados en la física y la química. Yo cuando digo 425.000 años no lo digo porque se me ocurra así, a la primera...

–Sí, claro, la ciencia...

–Un científico toma una muestra y mira a ver qué método usa. La luminiscencia, por ejemplo. Las partículas de un yacimiento están a oscuras, pero han recibido un tiempo, antes de quedar enterradas, luz solar. Y cuando se vuelven a desenterrar se llevan sin que les de LA luz; luego esa muestra emite una luz y es de donde se saca la datación de la época de la que proceden.

–Pero ustedes, los científicos, entienden que la mente del común de los mortales no esté preparada para asimilar cifras de millones de años, ¿verdad?

–Ni la mía tampoco, ¿eh? Nosotros aprendemos eso y, a fuerza de decirlo cada día, finalmente lo aceptamos. Y vamos entendiendo esas cifras, pero no somos capaces de imaginarlas. Cuando nos dicen que la tierra tiene 3.500 millones de años... es algo que se nos escapa.

–El ser humano está evolucionando más despacio que la tecnología. ¿Esto tiene un componente muy peligroso?

–En mi opinión, sí. Desde el punto de vista biológico evolucionamos a la misma velocidad de siempre. Lo que pasa es que ahora tenemos otro valor importante, la cultura, que está influyendo notabilísimamente en nuestra evolución.

–Explíquese.

–Si no tuviéramos la cultura, medicinas, hospitales, salud, información, etcétera, falleceríamos como en el pasado, muy jóvenes. Tenemos una vida biológica sin medicamentos ni nada de hasta 50 años. Entonces, la tecnología influye en el sentido de que permite que a través de la medicina, muchas enfermedades puedan ser tratadas. En cualquier caso, nuestra evolución es lenta; en cambio, nuestra evolución cultural se mueve a velocidad tremenda y no me refiero ya a evolución cultural de la pintura, por ejemplo, sino a la de la tecnología, que va muy deprisa, tremendamente, y la mayor parte de los humanos no estamos preparados para dominar esa tecnología. Ese es un gravísimo problema de la Humanidad. Cualquier ser humano puede apretar el botón rojo y disparar un misil y, a continuación venir otro, y otro... O hacer barbaridades, porque tienes a tu disposición una tecnología que muchas veces es mortífera. No estamos preparados.

–¿Lo estaremos alguna vez?

–Va a ser muy difícil que lo estemos.

–Hemos hablado de dónde venimos, pero ¿a dónde vamos? Tal y como castiga el ser humano al medio ambiente, ¿vamos a sobrevivir como especie?

–Esta pregunta era esperable.

–Vaya por Dios: ¡En 32 años y medio de profesión nunca me habían dicho que fuera previsible!

–Es que esa pregunta se la hace todo el mundo que reflexione sobre ese tema. Yo creo que en un país como España, en el que asumo que hay un nivel cultural elevado, se lo pregunta mucha gente. Algunos nos dedicamos a estudiar el pasado, pero también reflexionamos sobre el futuro. Y, sobre todo, cuando ya tienes unos años como me pasa a mí. Y me pregunto qué va a ser de nosotros, qué nos espera.

–¿Y qué se responde?

–Primera cuestión: no sabemos qué cambios genéticos va a haber, ocurren al azar y nadie lo sabe; salvo que lo hagas artificialmente, que no es ético. No tenemos conocimientos, ¡ni de lejos!, de lo que vaya a suceder si manipulas un gen. Experimentar con humanos es jugar con fuego. En teoría, las mutaciones no las conocemos. Y la otra parte de la ecuación es el medio ambiente. Genética más medio ambiente, igual a evolución. Si no conocemos qué mutaciones va a haber ni qué cambios ambientales, difícilmente podremos saber cómo va a ir la evolución. Ahora bien, sí es posible hacer predicciones lógicas.

–¿Por ejemplo?

–Yo me pregunto muchas veces cómo va a ser nuestro cerebro dentro de cien mil años. ¿Será grande? ¿Pequeño? Yo, y cualquiera que estudia el cerebro, sí puedo decir algo al respecto.

–Pues dígalo, por favor.

–El cerebro es un órgano costoso, que se lleva, cuando eres adulto y estás durmiendo, entre el 20% y el 25% de la energía que consumimos. Y en un niño que está creciendo, con el cerebro en desarrollo, se puede llevar hasta el 50% de toda la energía que consumimos. Así que tener un cerebro grande no es eficaz. La evolución nos ha dado una lección en eso. Los neardentales tenían un cerebro más grande que el nuestro, nosotros lo tenemos más pequeño y aquí estamos; ellos no están. Segunda lección: hay una relación, y está probado, entre el cerebro del recién nacido y el del adulto; si el de este tiene, por ejemplo, 2.000 centímetros cúbicos quiere decir que el del recién nacido sería también más grande, 700 centímetros cúbicos, por ejemplo. ¿Qué madre podría soportar ese nacimiento? Así que, utilizando la lógica, le estoy diciendo que en el futuro tendremos un cerebro como en la actualidad, si no más pequeño. Eso es una predicción científica basándose en la lógica.

–No sé si le entiendo: ¿Podemos predecir a dónde vamos, cómo seremos?

–Hay que utilizar la lógica, pero es prácticamente imposible predecir cómo seremos en el futuro porque no tenemos el medio ambiente. Nadie sabe qué va a pasar dentro de un millón de años. La primera pregunta: ¿estaremos aquí como especie o no?

–¿Tiene respuesta?

–Pienso que va a ser muy difícil que estemos. Si es posible, puede haber una especie descendiente de la nuestra, pero piense una cosa también, sobre la que es muy importante reflexionar y no nos damos cuenta: nuestra genealogía ha sido arbustiva, en el sentido de que ha habido varias especies humanas conviviendo al mismo tiempo en todo el planeta. Y ahora solo hay una. Hemos reducido la diversidad a una única especie, que somos nosotros. Esto es estar en peligro de extinción.

–¡Pues como para ser optimistas sobre el futuro! Y del tercer interrogante, quiénes somos, ¿qué? Porque quienes nos antecedieron tenían que ser muy felices sin estar pendientes del colesterol, el Twitter, del wi-fi...

–Alguien me decía hace poco que la única manera de salir de esto es salirte del sistema: te vas a una cueva y vives de lo que puedas encontrar por ahí; o te vas a una casa en el monte y vives de cazar conejos; desapareces y te olvidas de todo. Bueno, eso es factible y, si tienes suerte y sobrevives, estupendo. Pero, claro, si tienes un problema médico no vas a acudir a un hospital, ni a tomar medicinas, y puedes morir antes. Claro. Pero es una elección.

–Usted cambió hace años Madrid por Burgos. ¿Ha evolucionado a mejor en su proyecto vital?

–Bueno, en Burgos estoy más tranquilo. Ahora... entiendo que mis hijos quieran irse a Madrid, ver mundo, ver cosas. Han heredado mi curiosidad y la de mi mujer.

–¿Y usted qué quiere ser de mayor?

–Tengo que seguir siendo padre, porque tengo hijos todavía pequeños. Tengo que ser abuelo, porque tengo dos nietas y uno en camino. Tengo que leerme los libros que aún no me he leído. Tengo que seguir haciendo deporte. Y me interesa mucho la cocina. Y ojalá pudiera tener un huerto. Y me gustaría ser turista en mi ciudad, Madrid. Y, si es posible, viajar más.