Los últimos 'pellejeros'

Alfredo Sánchez, pellejero de Villarramiel./
Alfredo Sánchez, pellejero de Villarramiel.

Con los hermanos Maurilio y Alfredo Sánchez se extinguen varias generaciones familiares de curtidores de pieles de forma artesanal en la localidad palentina Villarramiel

J. BENITO IGLESIAS

«Entrar por esta puerta me da la vida y espero hacerlo mucho tiempo», señala Alfredo Sánchez mientras accede a una pequeña nave situada en la parte trasera de una vivienda de Villarramiel (Palencia), donde a los 13 años se inició en el oficio de curtidor de pieles a mano, tal y como antes lo hicieron su padre, abuelo y bisabuelo. Lo cuenta con 72 años y un hombro reconstruido tras una infección que degeneró en un tumor, nueve operaciones y una incapacidad laboral por invalidez.

«Yo vengo solo para entretenerme y mi hermano Maurilio, un año mayor, es el que curte de forma artesanal las pocas pieles que nos llegan. Casi nadie se dedica a ello en España desde hace 40 años y aquí llegamos a tener ocho empleados cuando todo era manual», añade con nostalgia. Y lo hace desde las profundas raíces de los 'pellejeros', por que así son conocidos los habitantes de Villarramiel, ya que una buena parte se dedicó a curtir un cuero de primera calidad del que vivían unas 600 personas en la localidad terracampina en los años 50.

Todavía hoy, aunque con maquinaria moderna, existen ocho pequeños negocios familiares una vez que la decadencia de la mayoría de las tenerías tradicionales se produjo en los años sesenta. Con los hermanos Sánchez, si nadie lo remedia, se extinguirán varias generaciones de curtidores. «El día en que Maurilio se canse se acabó el oficio artesanal que siempre nos identificó. Un dicho popular hace referencia a que en Villarramiel todos son pellejeros, hasta el cura también», rememora. Alfredo actúa de cicerone de un peculiar taller de curtido donde el polvo preside algunas viejas máquinas que contrastan con los pocos utensilios impolutos que aún preparan y tratan la piel. «El cuero de ahora no es como el de antes ya que los tratamientos químicos lo hacen mucho menos resistente», explica rodeado de todo aquello que poseía una antigua tenería.

En este recinto industrial se realizaba manualmente el secado de pieles mediante su salado para hacerlas resistentes, seguido del remojo, el raspado y la limpieza del pelo. Luego se procedía al engrasado, apelmazado, abrillantado y teñido en el denominado 'baño tánico', que antiguamente se realizaba en pozos excavados en el suelo.

Teorientar la producción

Con la mecanización del campo desapareció la demanda de cuero para sillas, tiros y correones de las caballerías y, por otro lado, no se pudo resistir la competencia del plástico en la fabricación de multitud de objetos que, en el pasado, se realizaban con este material. Las escasas fábricas de curtido han reorientando su producción de pieles hacia la marroquinería y el calzado, sobre todo el boto campero, acudiendo al mercado extranjero para la importación de materias primas. Así lo refleja un estudio de María Francisca Represa, titulado 'Las Tenerías palentinas. La pervivencia de una tradición', publicado en la biblioteca virtual 'Miguel de Cervantes'.

«En el taller mi hermano aún elabora pergaminos y material para las tulipas de las lámparas, instrumentos de percusión y escudos heráldicos. También se trabaja algo para tapicería y manualidades de marroquinería que se hacen en los colegios. Hay clientes que traen para curtir pieles de caza, cabra, terneros e, incluso, en una ocasión llegó de lobos de una batida autorizada y de una serpiente 'boa' traída de Sudamérica. Antes llegaba mucha piel de nutria, visón, zorro o jabalí», sostiene el curtidor de Villarramiel.

Clientes pecualiares

Los más de 50 años en el oficio han deparado que Alfredo Sánchez tenga multitud de anécdotas que contar, de las que rescata una protagonizada por el actual presidente de Cantabria, el regionalista Miguel Ángel Revilla. Cuando estaba en la oposición acudía a una fiesta tradicional de Guerras Cántabras, en el municipio de Los Corrales de Buelna, ataviado con una piel de cabra curtida con ácido que le quemaba las camisas que se ponía debajo. «Un vecino del pueblo que adquiría pieles tratadas artesanalmente en nuestro taller se lo contó. Revilla vino y se llevó 40 para él y sus amigos, por lo que su mujer, según me dijo después, le dejó de reñir por que antes cada día de la fiesta destrozaba una camisa y con la piel de cabra natural dejó de pasarle», recuerda divertido.

El curtidor guarda una auténtica caja de sorpresas en el vetusto taller en el que, para él, todos son gratos recuerdos vividos desde la infancia. Los utensilios más preciados le valieron en su día para hacer trabajos de marroquinería a pequeña escala, algunos de repujado y pirograbado del cuero. Por ello, muestra con orgullo toda suerte de monederos, carteras de documentos y cinturones, junto a una amplia variedad de pieles cuyo color y tacto sorprenden por su enorme calidad.

Retazos de pasado

Las herramientas también guardan la impronta de lo artesanal en cuanto a los materiales con las que fueron fabricadas, retazos de un pasado que ya nunca volverá. «Esta 'limona' para afilar los cuchillos que aún cortan los pergaminos es de acero puro. Es auténtico oro molido por que ya no se vé ninguna. Y no como lo que se vende ahora que viene de Portugal, que no sirve para nada y a los pocos días se llena de mugre y no lima», asevera Alfredo.

Para no dejar de sorprender al visitante saca de un desván una herramienta cortante de gran tamaño, con mango a ambos lados, con la que se procedía al raspado y limpieza totalmente artesanal del pelo de las pieles. «Es de acero y se hizo aprovechando la ballesta de un coche», explica, al tiempo que termina de enseñar su particular museo etnográfico.

Como si de un libro incunable se tratase dada su gran antigüedad, el curtidor muestra finalmente una especie de plancha con suelo de corcho. «Se llama corcha y se utilizaba mucho para ablandar la piel. Está en manos de la familia desde siempre y puede tener más de 200 años», concluye antes de traspasar la puerta y cerrar un taller aún con olor a cuero al que cada jornada, aunque ya «como jubilado y solo para entretenerse», regresará con la ilusión del primer día.