Algo más que un pañuelo

Un hombre, con un palestino. / R. C.

Popularizada por Yasser Arafat hace 25 años en todo el mundo, la kufiya palestina es un símbolo de resistencia. Los talleres Hirbawi luchan para no sucumbir a la competencia china

MIKEL AYESTARANHebrón

Hablan y se entienden entre ellos sin poder escucharse. Un simple gesto es suficiente. Tantos años de trabajo bajo el intenso traqueteo de los telares importados de Japón en los años sesenta ha creado una especie de lenguaje particular entre los empleados de Hirbawi, la primera y única compañía textil palestina que se dedica a confeccionar la kufiya. Trabajan bajo la luz de fluorescentes en un pabellón decorado con banderitas de Palestina. Este pañuelo se ha convertido en una especie de icono nacional, sobre todo gracias a un Yasser Arafat que no se lo quitaba y que lo internacionalizó hace 25 años en la firma de los Acuerdos de Oslo. El mítico apretón de manos entre el líder palestino y el primer ministro israelí, Isaac Rabin, ante la mirada del presidente estadounidense Bill Clinton, no trajo la paz esperada, pero puso a la kufiya en la primera página de todos los periódicos.

«Nosotros enviábamos los pañuelos a Arafat y te aseguro que hoy en día somos incluso más famosos que él porque exportamos a todo el mundo», comenta Abdelazim Hirbawi en la tienda que está justo en la zona de acceso al taller. Allí se puede hablar, con el martilleo de los telares reducido a zumbido de fondo, tomar un té dulce, como se toma en Palestina, y comprar una kufiya hecha a mano, sin olvidarse de regatear porque esto es Hebrón, motor económico de Cisjordania. Abdelazim es uno de los tres hermanos que trabajan en el negocio familiar y asegura, satisfecho, que el relevo ya está asegurado para la próxima generación.

Negro y blanco

El diseño tradicional palestino es el blanco con cuadros negros y representa el 70 por ciento de las ventas totales de esta empresa. Según recoge la propia página web de la empresa este estampado «entre muchas otras historias, se dice que representa una red de pesca, una colmena, la unión de manos o las marcas limpias de suciedad y de sudor de la cara de un trabajador». Este pañuelo se ha convertido también en un icono de la lucha callejera y las protestas. No hay enfrentamiento con las fuerzas de seguridad israelíes en el que los jóvenes no se tapen el rostro con una kufiya. En Jordania el diseño es similar, pero cambia el color y prefieren los cuadros rojos.

La empresa familiar Hirbawi lleva 57 años fabricando la tradicional kufiya de algodón en cuadros blancos y negros. / M. Ayestaran

Abdelazim no luce pañuelo alguno porque «es una prenda de invierno si vives en la ciudad, aunque ancianos y beduinos lo usan durante todo el año. Nosotros trabajamos para que la kufiya llegue a diferentes edades, para que forme parte de la moda también de los más jóvenes y por eso cada día creamos nuevos diseños», explica entre cigarro y cigarro. De pronto, se hace el vacío en sus ojos. Mira el humo que sube espeso y recuerda a su padre, Yasser Hirbawi. Los Hirbawi están de luto porque hace cuarenta días que murió la persona que abrió este negocio en 1961, con 33 años, «un empresario con mucha visión de negocio y una persona fuerte, que fumó hasta el último día tabaco de liar», recuerda su hijo con una voz rota. Murió tras cumplir 90 años.

Hasta 1961 las kufiyas que lucían los palestinos llegaban importadas de Siria. Después, Yaser Hirbawi puso en marcha su taller textil y, además de servir al mercado doméstico, comenzó a exportar a Jordania, pero el negocio se vio truncado tras la guerra de 1967. Desde entonces tuvo que centrarse en el mercado palestino donde la amenaza principal es la importación desde China, lo que le animó a abrirse al mercado mundial.

Amenaza china

Además de los tres hermanos que han heredado el negocio, otros trece empleados trabajan quince horas diarias en los catorce telares de Hebrón y producen una media de 300 pañuelos al día. Esta cantidad aumentará en breve cuando se pongan en funcionamiento las nuevas máquinas que acaban de comprar. «El negocio va bien, pero la amenaza se llama China de donde llegan muchas kufiyas que se venden a mitad de precio en nuestros propios mercados. Contra eso es muy complicado competir. Les ocurre algo similar a los artesanos de Belén, que cada vez tienen más problemas para vender sus figuras de madera de olivo por culpa de los chinos», lamenta Abdelazim, que no pierde la ocasión para vender un pañuelo cuando su entrevistador le pregunta el precio.

-¿Es para ti o es para regalar? –pregunta mientras separa paquetes, unos con el diseño tradicional en blanco y negro, y otros de colores,.

-Para mi jefa –respondo sin dar más detalles.

-Entonces no puedes comprar la kufiya básica, necesitas algo de más calidad, pero cuesta mucho... –dice al tiempo que rebusca y rebusca entre el típico desorden ordenado en el que solo quien lo ha generado es capaz de aclararse.

-No me ha dicho aun el precio de la básica.

-Si es para regalar, son 40 shekels (unos diez euros al cambio). Pero la que tienes que llevar a una jefa cuesta cinco veces más porque tiene un remate especial –comenta mientras despliega una kufiya con un peso mayor que las demás y varias borlas en sus extremos.

Los pañuelos quedan tendidos en una mesa. Suaves, con el olor de la ropa nueva y la etiqueta que certifica que estamos ante un Hirbawi original. Abdelazim pasa su mano y los acaricia. «El algodón es de primera calidad, lo compramos en Egipto e India. No es posible encontrar algo de superior calidad», insiste sin atisbo de duda.

Con el paso de los minutos ni se percibe el traqueteo de los telares en el taller, pero allí siguen las máquinas trabajando sin descanso, como lo llevan haciendo desde hace 57 años. Los trabajadores se desplazan de una a otra para reemplazar hilos y supervisar el acabado final de cada pieza. En las paredes hay fotos de Arafat, ataviado con su kufiya, que parece estar supervisando cada movimiento. Entre los pasillos que separan un telar de otro se percibe un enorme vacío, ese hueco imposible de llenar que ha dejado el fundador de la empresa, omnipresente hasta el último día. «Esto seguirá adelante porque tenemos un compromiso con nuestra patria, este pañuelo es mucho más que un pedazo de tela», explica Abdelazim al tiempo que empaqueta una clásica kufiya blanca y negra. Cerrado el envoltorio, lo plancha con la palma de la mano y lo entrega con una solemnidad que el comprador sale con la sensación de llevarse un pequeño tesoro.

 

Fotos