Michael Robinson: «Era disléxico, pero el fútbol me dio credibilidad»

Michael Robinson./Efe
Michael Robinson. / Efe

Un estudio elaborado entre la Fundación Barça y Unicef destaca la importancia que tienen los deportes en el desarrollo de la niñez y la juventud

Iker Cortés
IKER CORTÉSBarcelona

Que el deporte y el juego son claves en el desarrollo de los niños y de la juventud es algo que se asume. Y que puede servir de herramienta para transmitir valores y mejorar la vida de los más pequeños es algo que se intuye. Pero cuando uno trata de poner esas evidencias sobre el papel, llegan los problemas. Y esa es precisamente la intención de 'Entrar en el juego: entendiendo la evidencia sobre el deporte para el desarrollo centrado en la infancia', el estudio que este jueves han presentado la Fundación Barça y Unicef.

Ha sido Dominic Richardson, especialista en Educación y uno de los responsables de Innocenti, el departamento de investigación de Unicef, quien ha explicado algunas de las conclusiones del trabajo. «Nos hemos centrado en cuatro áreas: educación, inclusión social, protección a la infancia y empoderamiento», asegura. Y en este sentido, las evidencias son que el deporte para el desarrollo «hace a los estudiantes más felices, se construyen relaciones más sanas, ayudan a superar las barreras, ofrecen entornos más seguros para reducir la violencia y aportan mayor capacidad de liderazgo y autoestima», asegura. Sin embargo, no todos los programas de deporte para el desarrollo -el estudio se ha hecho en torno a 100- logran esos objetivos.

Y el gran problema es trasladar estas evidencias a cifras, aunque las pocas son destacadas. El 42% de los programas encuestados están dedicados al fútbol y de que uno de cada 500 niños participan en ellos -el estudio tiene una segunda parte que debería comenzar ahora y que tratará de aplicar las conclusiones obtenidas en este primer paso-. Quizá por eso el acto que esta mañana ha acogido el auditorio 1899, junto al Camp Nou, trataba de poner cara y rostro a esa idea de que el deporte puede cambiar la vida a la gente. Y el primero en esa lista era Michael Robinson. El exfutbolista y periodista ha asegurado que «en este mundo tan sumamente desigual tener una oportunidad es una locura» y dice que un «matrimonio» como el de la Fundación Barça y Unicef está «para dar esas oportunidades a la gente que no las suele tener». Y luego ha hecho una reflexión al asegurar que lo que se juega en un campo como el Camp Nou «es solo el 0,01% del fútbol que se juega en todo el mundo» pero que es también la razón por la que «millones y millones de niños juegan al fútbol».

Después ha pasado a explicar su caso. «Yo levanté algún que otro trofeo pero lo que gané son unos valores que no hubiera tenido», ha señalado. «Es posible -continuaba- que yo fuera disléxico antes de que la dislexia existiera, pero como no existía, yo era bobo. A través del fútbol gané algo de credibilidad. Es curioso, mi padre me regañaba porque nunca limpiaba mis zapatos, pero las Adidas Santiago estaban siempre brillantes. En casa, no echaba mucha mano, pero no tenía problema en cortar el césped del campo de fútbol o en pintar las líneas». Ha ido más allá: «El fútbol me enseñó a ser compañero y a gozar del abrazo del prójimo, me enseñó una ética, a admirar al rival, me permitió conocer muy de cerca el fracaso y el éxito y a tratarlos con la misma indiferencia. Y ahora, como persona que hace documentales sobre el deporte me ha permitido atestiguar que es una herramienta para la inclusión social».

No ha sido la única persona que ejemplificaba el papel del deporte como motor para el desarrollo. La presentación ha contado, entre otros, el exfutbolista francés Lilian Thuram. Thuram ha hecho una defensa cerrada del juego, «es lo más necesario y vital para un niño» y ha señalado que sobre el terreno, «el nivel social deja de importar», algo que sintió en primera persona. «Aún no entiendo por qué los adultos les piden a los niños que van creciendo que dejen de jugar. El problema es que estamos en sociedades donde los adultos no juegan y eso da lugar a menos empatía y menos poner en común las cosas. Ahora hay que hacer dinero», se lamenta. El exdeportista ha sacado entonces un mapa del mundo que parecía del revés. «Muestro esto porque en realidad estamos condicionados por la manera en que nos han enseñado las cosas. Hay que cambiar la forma de pensar. Lo importante son los niños y partimos de un mundo creado por los adultos donde no todos tienen las mismas oportunidades. Tenemos que poner en cuestión el sistema económico y replantearlo», ha dicho provocando los aplausos de los presentes.

Más sorprendente ha sido lo de la joven Khalida Popalzai, exfutbolista afgana. La activista ha contado su experiencia. «Siendo adolescente, yo quería divertirme, disfrutar y pasarlo bien. Y nunca pensé en un escenario así y en un país en el que por ser niña o mujer no puedes hacer cosas. Te sientes frustrada y pensaba: 'Soy la mitad de la ciudadanía, por qué se supone que yo mancho el honor de mi familia si juego». Dice Popalzai que a ella lo que más le entusiasmaba era jugar con su pelota «mágica». «Cualquier pelota lo es porque cuando echa a rodar a uno le cautiva», afirma. «Yo solo quería chutar, pero nos atacaron un grupo de hombres en la escuela, nos quitaron lo que teníamos y nos dijeron tenéis que ir a casa a hacer las cosas del hogar. En lugar de hacer eso, me levanté y dije yo utilizo esta pelota para decirle a todo el mundo que soy mujer y que tengo derecho a jugar y llevaré la cultura del fútbol a mi país». Y así lo hizo. «A mí el fútbol me ha dado la lección de que las mujeres somos poderosas», dice quien ha tenido que abandonar Afganistán debido a las amenazas sufridas. Ahora trabaja en un centro de refugiados en Dinamarca.

Khalida Popalzai, Lilian Thuram y Mohammed Sidibay. / Efe

Igualmente emotiva ha sido la historia de Mohammed Sidibay, embajador de Unicef y ex niño soldado. Sidibay ha ahondado en la idea de que el fútbol y el deporte «sirve como válvula de escape porque una vez estás en el campo, da igual de dónde vengas». Una de las primeras veces que saltó al campo de niño, ha dicho, «fue la primera vez que sentí que tenía el control cuando me gritaban: '¡Pasa!'». Originario de Sierra Leona, con cinco años un grupo rebelde acabó con su familia en el pueblo y le pusieron un arma sobre las manos. «Durante cuatro años y medio vi lo peor de la humanidad y vi lo que el ser humano es capaz de hacer. Era gente que no tenía respeto por la vida humana. Soy incapaz de contar lo que sentí», comenta. Con diez años, entró en la escuela por primera vez. «Es decir era capaz de descargar y cargar una AK-47 sin problemas, pero no sabía leer», explica. «Unicef me escolarizó y puedo decir que lo más importante que he tenido como huérfano era el deporte. Cuando me fui a Estados Unidos el fútbol se convirtió en la manera de establecer mi comunidad, mis amigos, algo que va mucho más allá de la victoria o la derrota», concluye.

Finalmente, ha participado en el evento Rodrigo Hüber Mendes, director del instituto que lleva su nombre. La historia de Hüber Mendes es otra de las que emocionan. Apasionado del fútbol y del deporte en general, durante un robo en su coche recibió un disparo en el cuello que lo dejó paralítico por debajo de los hombros. «Mis padres fueron clave», asegura. «Cuando mi padre me vio debatiéndome entre la vida y la muerte, me agarró de la mano y me dijo tu haz tu parte que nosotros vamos a hacer la nuestra», explica. Hüber Mendes se reinventó a sí mismo. Y tras un largo proceso de rehabilitación se dio cuenta de que había mucha gente con discapacidad que no podía permitirse ciertos tratamientos. «El 15% de la población tiene algún tipo de discapacidad y hay que tratar de que esas personas tengan todas las oportunidades de ser lo mejor que pueden ser», dice. Por eso, decidió poner en marcha el instituto que lleva su nombre, para cambiar ese contexto.

Al acto han asistido también la directora ejecutiva adjunta de Unicef, Charlotte Petri y el vicepresidente del FC Barcelona y de la Fundación Barça, Jordi Cardoner.

Charlotte Petri y Gustavo Suárez.
Charlotte Petri y Gustavo Suárez. / Efe