Torra, atrapado entre Puigdemont, ERC y Sánchez

Carles Puigdemont en rueda de prensa en Berlín, al fondo Quim Torra. /Hannibal Hanschke (Reuters)
Carles Puigdemont en rueda de prensa en Berlín, al fondo Quim Torra. / Hannibal Hanschke (Reuters)

El independentismo se encuentra en la encrucijada de protagonizar un nuevo otoño explosivo para preparar las elecciones catalanas o explorar el diálogo que le ofrece el Gobierno

CRISTIAN REINOBarcelona

Un año después del tenso otoño de 2017, el Gobierno catalán vuelve a estar en la encrucijada. Hace un año Puigdemont lanzó un ultimátum a Mariano Rajoy: «Referéndum o referéndum». O había acuerdo para celebrar una consulta pactada o tiraba millas y la organizaba a las bravas. Optó por la vía unilateral, que culminó con la proclamación de la república.

El dilema, doce meses después, vuelve a ser referéndum o referéndum. Pero con una diferencia considerable. Ahora hay dos consultas sobre la mesa, la que Quim Torra insta a negociar a Pedro Sánchez sobre la independencia y la que propone el presidente del Ejecutivo español para votar un nuevo Estatuto. Torra tiene que elegir. O profundiza en la vía del diálogo y el deshielo o insiste en la vía rupturista que le exigen Puigdemont, la ANC y la CUP.

«Hoy por hoy no veo que vaya a haber movimientos de calado, teniendo en cuenta el calendario electoral, el judicial y porque en el independentismo están muy divididos», afirma Astrid Barrio, profesora de Ciencia Política de la Universidad de Valencia. A su juicio, lo que hará Torra es mantenerse en la ambigüedad para no encarar ningún frente y tratar de disimular que no sabe qué hacer. El presidente de la Generalitat habló el pasado martes en la conferencia que pronunció en el Teatro Nacional de Cataluña de emprender una larga marcha de movilizaciones hasta la celebración del juicio del 1-O y la resolución de las sentencias, que sectores del independentismo y el propio Torra quieren convertir en un nuevo 1-O. Volver a jugar la carta de la agitación en la calle, aprovechando el calendario de efemérides, la gran baza del secesionismo. Puigdemont y la ANC sueñan con una gran movilización que provoque la respuesta contundente del Estado para legitimar una secesión unilateral sobre la base de una causa justa a partir de la conculcación de los derechos. Torra lo esgrimió en su discurso del martes.

La movilización en la calle es la gasolina que necesita el independentismo para mantener la llama encendida del proceso. Torra y Puigdemont quieren activar la calle para coger impulso con las sentencias y plantarse en una posición de fuerza en las municipales o ante un hipotético adelanto electoral en Cataluña, que tanto Torra como Junqueras han descartado esta semana pero que sobrevuela todas las decisiones. Pero la agitación continua tiene riesgos y ya hay en el secesionismo quien pide que se pinche el globo y se admita la realidad.

Las consecuencias de tensar mucho la cuerda ya se conocen (155, encarcelamientos.) y un otoño incendiario dejaría el Gobierno de Sánchez en una situación débil que podría provocar un adelanto electoral de consecuencias inciertas. Y sobre todo, según apunta Astrid Barrio, si el independentismo insiste en la vía unilateral se van a hacer mucho mayores las grietas que hay en el propio movimiento soberanista y cree que el escenario de «ruptura total» entre JxCat y ERC no está lejos. Fuentes de la cúpula del socialismo catalán no creen que Quim Torra vaya a un nuevo choque frontal contra el Estado ni busque una «repetición de curso» como el del otoño pasado. Pero nadie se fía.

Torra en su discurso del martes pasado cayó en varias contradicciones, ya que dijo que quiere un referéndum pactado, pero al mismo tiempo dijo que hay que ejecutar el mandato del 1-O, que estamos en la fase de «libertad o libertad» e incluso de no aceptar las sentencias judiciales. Hasta flirteó con la amenaza de abrir las prisiones.

Diálogo

Sin embargo, el diálogo entre el Gobierno central y el catalán ya se está produciendo. Sánchez acercó a las cárceles catalanas a los presos secesionistas y se prepara ya un segundo encuentro entre los dos presidentes . Se ha producido el deshielo y, dadas las circunstancias, la interlocución tiene una cierta continuidad. Eso sí, para tratar asuntos sectoriales. Porque para abordar una solución al laberinto catalán, según apuntan desde la dirección socialista, a corto plazo no hay nada que hacer. Hay que esperar al juicio y ver cómo van sorteando unos y otros el campo de minas del calendario electoral, que puede afectar tanto al Gobierno central como al catalán y que empezará con Andalucía, que se dejará notar en Cataluña.

Puede abrirse una etapa de una cierta distensión, que al independentismo le sirva para ensanchar su base social, para seguir profundizando en el autogobierno, aunque retóricamente se diga que el autonomismo es una pantalla superada. Pero en este caso Puigdemont podría ir perdiendo influencia, en beneficio de ERC.

Y, además, los sectores más irreductibles del secesionismo, que se resisten a aceptar la realidad de que Cataluña siga siendo una autonomía y que apuestan a que con el 47% de los votos puede hacerse efectiva la república, van a poner todos los palos en las ruedas al diálogo.

En el PSC sospechan que el independentismo se está preparando para volver a elecciones. «Es lo que quiere Puigdemont, pero no ERC», apuntan. Y que juegan a perro ladrador poco mordedor. Los socialistas confían en ERC, pues creen que no permitirá que el Ejecutivo catalán traspase la línea de la legalidad, como hasta ahora ha demostrado el presidente de la Cámara, Roger Torrent. Salvador Cardús, que concurrió en la listas de JxCat, no considera que estemos ante una repetición de un escenario de ruptura. «No tiene ningún recorrido. Ambas partes han tomado nota de los errores del pasado otoño», remata.

Torra a Sánchez: «No necesitamos más policías y sí más inversiones»

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, reclamó ayer mejores infraestructuras para Cataluña, en uno de los discursos más moderados de cuantos ha pronunciado desde que fue investido en el mes de mayo. «No necesitamos que el Estado nos envíe tantos policías antidisturbios, pero sí más kilómetros en infraestructuras, transporte y movilidad», afirmó en Barcelona, durante el acto de inauguración de un nuevo tramo del metro de la capital catalana. Se refería a la decisión del Gobierno central de enviar un refuerzo de un millar de policías y guardias civiles para la Diada y para el 1-O y que ha tensado las relaciones entre las dos administraciones. El jefe del Ejecutivo catalán, que participó en la junta de seguridad de Cataluña el jueves junto a Fernando Grande-Marlaska, tardó dos días en criticar en público uno de los asuntos más espinosos de encuentro sobre seguridad.

El líder nacionalista acusó al Gobierno central, al actual y a los anteriores de «dejadez y desidia absoluta» en la inversión de cercanías en Cataluña, una reivindicación que era habitual en los dirigentes catalanes antes de que arrancara el proceso secesionista, pero que con la deriva independentista había quedado en un segundo plano en los últimos años. Torra, en cualquier caso, aprovechó el argumento clásico de la falta de inversión del Estado en las infraestructuras de Cataluña para justificar la independencia. Este es un «argumento sólido» para «coger el tren» que nos lleve a cumplir «el mandato del 1-O», aseguró. Un discurso que podía haber firmado el mismo Mas antes de que en 2012 pusiera rumbo hacia la ruptura unilateral con el resto de España y con el que lanzaba un gesto de distensión al Gobierno central, en plena operación deshielo, días antes de la Diada, que será de nuevo de alto voltaje, cuando ambos se hacen apelaciones al diálogo y cuando ambas administraciones están negociando los preparativos de la segunda reunión entre los dos presidentes.

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