Discurso unilateral para una coalición

Pedro Sánchez/Virginia Carrasco
Pedro Sánchez / Virginia Carrasco
Antonio Papell
ANTONIO PAPELL

En teoría, Pedro Sánchez debió poner este lunes en marcha una aventura inédita y esperanzadora al mismo tiempo: el establecimiento de una coalición de gobierno pactada por dos formaciones políticas contiguas de izquierdas pero con importantes diferencias en su génesis, hechuras y programas. La aventura, que hubiera podido parecer imprudente o imposible no hace mucho tiempo, basa ahora su verosimilitud en varios nuevos elementos: el abrazo a la Constitución de Pablo Iglesias, quien ha pasado de denostar el «régimen del 78» a invocar varios preceptos constitucionales en los debates previos al 28-A para justificar sus propuestas; la declaración inequívoca del líder de Podemos en el sentido de que la gestión estatal del conflicto catalán estará a cargo del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el actual realismo económico que parece haber abrazado Unidas Podemos, en buena medida gracias a la cordura de Nacho Álvarez… Y, por último, es evidente que el paso al lado del propio Pablo Iglesias supone una plausible toma de conciencia que indica que el líder de Podemos ha interiorizado con realismo y con sentido común la coyuntura.

Así las cosas, se esperaba que el discurso de Pedro Sánchez fuera una propuesta abierta, de desarrollo de todo el acervo doctrinal del PSOE —que es un partido con larga experiencia de poder y con unos cuadros bien preparados para gobernar— pero con suficientes resortes para enlazar con las propuestas más características de sus futuros socios de coalición. Y no: el discurso fue un exhaustivo y elaborado programa de gobierno en el que Sánchez propuso en primer lugar la reforma del artículo 99 de la Constitución para facilitar la formación de los futuros Gobiernos y desarrolló después seis grandes ejes temáticos. El desglose de estos campos temáticos contuvo innumerables propuestas enunciadas con una exhaustividad tan minuciosa que parecía excluir cualquier aportación ajena. El empleo digno, la revolución tecnológica digital, la transición ecológica, la defensa de la causa feminista y de la igualdad, la Justicia Social y Europa fueron los conceptos que Sánchez desgranó con pormenor… como si dispusiera de la mayoría parlamentaria suficiente para aplicarlos sin consulta ni vacilación.

Si lo que Sánchez pretendía era que la audiencia valorara su sentido progresista del Estado, su bagaje intelectual, su adecuación a los grandes retos pendientes, sin duda mereció el aprobado con nota alta; si lo que buscaba era avanzar hacia La Moncloa poniendo mejores cimientos a una gobernabilidad hoy en precario, el resultado ha sido cuando menos dudoso ya que la formación Unidas Podemos se ha sentido ninguneada y sus líderes se han cargado de dudas sobre la verdadera voluntad del PSOE de compartir realmente el poder, algo que en las actuales condiciones parece un requisito indispensable si se quiere evitar un regreso a las urnas.

El programa de Sánchez incluye una larga serie de propuestas relevantes: acuerdo para dedicar a Educación el 5% del PIB, derogación de la Ley Mordaza, regulación de la Eutanasia y la Muerte Digna, ley de Libertad de Conciencia, supresión del voto rogado, ley de Bienestar Animal, Nuevas medidas contra la corrupción, reparación directa a las víctimas de la guerra civil y la dictadura, derogación de los aspectos más lesivos de la reforma laboral de 2012, etc. Y todo ello, unido al diseño de políticas en los seis ejes mencionados, compone un programa de indiscutible altura.

Sin embargo, ha resultado extraño que no se detuviera de entrada en el conflicto catalán —Rufián lo ha atribuido a que iba a referirse a él en el debate posterior—, que ha de ser el eje de la legislatura, y sobre todo que la invitación a Unidas Podemos fuera tan lacónica: se ha limitado a señalar que «nos une la promesa de la izquierda». Poco margen tiene Unidas Podemos para la duda porque, con este programa, sería ininteligible una negativa a prestar apoyo a quien lo formula. Sin embargo, la patente desconexión entre el proyecto socialista y UP augura una legislatura cargada de tensión, lo que no facilita el clima de cooperación que sería necesario ni lubrica los engranajes de un Gobierno que no sería nada si no funcionase con la debida coordinación.