«Este gobierno está atornillado, pero el tornillo ya se está soltando»

Cientos de partidarios de Guaidó se manifiestan en las calles de Caracas. / Efe

A pie de calle, en Venezuela se repite la palabra «esperanza» pero se teme la violencia, mientras el país amanece en la incertidumbre

DOMÉNICO CHIAPPE

Cuando Juan Guaidó levantó la mano para empezar a jurar el cargo de Presidente «encargado» de Venezuela, una vecina de 70 años del barrio caraqueño de Sebucán, escuchaba sus palabras por el móvil desde la cocina de su casa. «Llorando a mares juré con Guaidó defender la Constitución», contó Carmen por Whatsapp a su grupo de amigas. «Me hubieras visto con mi mano derecha en alto, las lágrimas saliendo a chorros, jurando».

Horas antes la gente caminaba por la avenida Francisco de Miranda, una de las más largas de la capital, para presentarse al «cabildo abierto» donde Guaidó, de 35 años y militante de Voluntad Popular, les había convocado. Camisetas blancas y gorras con los colores de la bandera nacional. «El ambiente de esperanza que había no era como el de otros años», mantiene Ángel Zambrano, de 32 años y miembro de Laboratorio Ciudadano de No Violencia Activa. «Junto a este estado de ánimo había una energía muy potente, contraria a la confrontación que sólo le conviene al opresor. Desde junio de 2017 no se veía una manifestación tan multitudinaria». Zambrano estaba muy cerca de Guaidó en el momento del juramento, pero no escuchó ni una palabra. «No había buen audio, no había forma de escuchar, pero se difundió boca a boca».

La palabra «esperanza» se repite entre quienes fueron testigos de primera mano. Desde el barrio de La Vega, uno de los más empobrecidos del país, los vecinos se reunían en las calles más altas desde las 8:30 de la mañana. Eran 350 cuando empezaron a «bajar» a la ciudad media hora después. Llegaron a una rotonda llamada La India y allí encontraron la vía bloqueada por la Guardia Nacional, que les empezó a disparar bombas lacrimógenas. «Sin miedo seguimos pa'lante, nos metimos por la autopista, ahí nos volvieron a agarrar los guardias, reprimiéndonos», recuerda La Negra, coordinadora de un comedor social para niños de programa privado Alimenta la Solidaridad. El grupo eligió otra ruta, por El Paraíso, una de las urbanizaciones más grandes del oeste caraqueño. Les detuvo otro contingente. Uno de los vecinos de La Vega dio un paso al frente:

-Somos pacíficos, estamos luchando también por la libertad de ustedes -les dijo.

-Si no nos dicen nada ni nos lanzan nada, nosotros los dejamos -respondió el de la voz de mando.

-¿Y cuándo has visto tú que nosotros los atacamos a ustedes? Se abrió el paso. Cuatro horas después llegaron a Chacao, un tradicional reducto opositor, donde se proclamaba Guaidó. «Había demasiada gente, no cabía ni un alma, todos salieron, todos unidos. Este gobierno está atornillado, pero el tornillo ya se está soltando. Estamos cansados y todo el mundo está arrecho. Ayer fue un día de mucha esperanza», dice La Negra.

Barrio adentro

Al terminar el acto en que Guaidó juró su nuevo cargo de «presidente encargado», la multitud empezó a replegarse. Junto a la persecución de manifestantes, los saqueos. Durante la retirada, dos militares en una moto arremetieron contra un grupo de mujeres y hombres que huían. Pero tropezaron. El vídeo que circula por redes los muestra a uno en el piso, siendo pateado por los civiles. Al otro corriendo, capturado en una esquina y soliviantado a golpes de puño, hasta que pidió perdón. Una de las mujeres del grupo, lloraba, lo abrazaba, evitaba que lo lincharan. La gente los dejó allí, y prosiguió. «Ocurrió que la gente dejó de estar apaciguada», opina Jorge Benezra, periodista y productor. «Hay mucha rabia, una emoción reprimida, y la tropa lo sabe y les puede salir ese miedo de que les cobren una venganza».

En Petare, un enorme conglomerado de barrios populosos, la gente se sumó desde sus empinadas y sinuosas calles. «Estaban contentos, gritando, cantando, cuando este señor se declaró presidente interino», sostiene Jairo Ruza, exboxeador y director de una escuela de boxeo Ruza en la zona 6 de José Félix Ribas. «Pero fueron reprimidos. Plomo colado que hubo. La gente tocando cacerolas, pero el FAES (Fuerzas de Acciones Especiales) se metió por estos cerros. Estuvo feo, feo, feo. Los de aquí levantaron alcantarillas y quemaron una gandola (camión largo) en Palo Verde. La situación está muy tensa. La comida es demasiado cara, hay apagones, falta de agua, las calles hundidas. La gente se mata por una bombona de gas. Estamos esperando un cambio porque esto no se aguanta ya».

Pensar en futuro

Las fuerzas opositoras no convocaron nuevas movilizaciones. Ahora toca a la política. No parecen querer desgastar las fuerzas de la multitud, como sucedió en 2014 y 2017, para que se instale la desesperanza. Los nuevos líderes de la Asamblea Nacional tienen una hoja de ruta, en la que han trabajado desde hace año y medio, con negociaciones de alto nivel con organismos multilaterales para un crédito de 80.000 millones de euros, según una fuente cercana al Parlamento. «No hay improvisación en lo que viene», asegura este asesor que prefiere mantener su nombre en reserva. «Se trabaja en medidas de política interior (desarme, control de paramilitares, gobernabilidad) y de ayuda monetaria. La gente está en un punto muy bajo y cualquier cosa que se articule dará una sensación de bienestar, para que en tres o cuatro años de recuperación económica la situación vire radicalmente hacia mejor».

Al amanecer todavía había convulsiones en puntos del país. «Hasta las seis de la madrugada hubo enfrentamientos con la Guardia Nacional», asegura una vecina de Las Casitas, donde las fuerzas gubernamentales asesinaron a cuatro personas. «Saquearon todos los establecimientos donde pudieran conseguir comida: panaderías, farmacias...». Sin que exista ningún decreto, los padres no enviaron a sus hijos a las escuelas, «por seguridad». No hubo transporte público en Caracas. «Es un momento de incertidumbre y de esperanza porque sentimos que esta vez la oposición si está luchando por el país y eso es lo que se esperaba de Juan Guaidó», asegura la vecina de Las Casitas. Sin embargo, persiste el resquemor: «Me preocupa que los dos vicepresidentes de la Asamblea no juraron también frente al pueblo», terminó de escribir Carmen en el Whatsapp desde su cocina.

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