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SOFÍA, LA REINA QUE CONQUISTÓ ESPAÑA

SOFÍA, LA REINA QUE CONQUISTÓ ESPAÑA
DIEGO CARCEDO

Grecia quedaba un poco lejos para quienes no estaban subyugados por la historia y la cultura helenas cuando tímidamente los periódicos dejaron caer la noticia que el príncipe Juan Carlos, que se movía de puntillas por la vida pública española, contraería matrimonio con la princesa Sofía, hija de los reyes Pablo y Federica de Grecia. Pocos más allá de los lectores, mayormente lectoras, de las revistas del corazón le concedieron mayor importancia. Antes al contrario, muchos que aún no se habían despojado del yugo y las flechas intentaban minimizarlo.

«La sangre azul siempre se acaba mezclando», opinaban despectivamente algunos de los más allegados al Régimen que anidaba en El Pardo y todavía soñaban con perpetuar gracias a un Franco inmortal o, como decía un socarrón prócer gallego, «inmorible». Alegraba, eso sí, a los monárquicos, en momentos bajos, y ni siquiera a todos: algunos, aferrados a las viejas tradiciones matrimoniales de las Coronas para resolver conflictos familiares, hacían cábalas esperanzadas con un casamiento entre el descendiente Isabelino con alguna heredera del Carlismo.

Nadie imaginaba que aquella princesa, a la que cierta cursilería hacía llegar desde el Olimpo, pero a la que el machismo nacional sólo le reconocía que era guapa, acabaría convirtiéndose en Reina de España por derecho propio en la Monarquía restaurada en la Transición, y por derecho de conquista: con un admirable saber estar, con una voluntad a toda prueba de colaborar, con una discreción señorial que nunca excluyó una sonrisa para todos, acabaría conquistándola y representándola por todo el mundo convertida en su mejor spot.

La Reina Sofía es un capítulo de éxito de nuestra historia reciente. No lo tuvo fácil, también es cierto. Durante años tuvo que soportar los desplantes del poder constituido de un lado y las sospechas malévolas de que su marido pretendiese consolidarlo quedándose con todos los poderes heredados. Nunca podrá olvidar la noche dramática del 23F como tampoco otras vicisitudes, a menudo tristes y desagradables, que la vida de todas las personas tiene que afrontar en algún momento. Quizás su mayor satisfacción personal sea la consolidación de aquella Monarquía tambaleante que compartió en sus inicios, hoy esté bien afianzada con su hijo a la cabeza.

Pero hay otro éxito menos visible, y sin embargo más generalizado y emotivo, que bien podría compensarle de todos los sinsabores de la adversidad. Es sin duda la admiración, el aprecio y la simpatía de que goza y que, en buena medida, ella se ha ganado. Hoy bien podría decirse que, en esta España de polémicas y escándalos, la Reina Sofía es la personalidad pública contra la que jamás se ha escuchado una crítica fundada ni ha protagonizado hecho alguno susceptible de despertar escándalo o rechazo: todo lo contrario.

 

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