El diseñador Elio Berhanyer fallece en Madrid a los 89 años

Elio Berhanyer, al finalizar un desfile en Cibeles el 21 de septiembre de 2009. / Archivo

El modista, que rechazó una oferta de Dior para seguir con su taller en España, destacaba por sus líneas geométricas y los colores lisos y vivos

Gloria Salgado
GLORIA SALGADOMadrid

«La moda me eligió como pareja de baile. Tras 66 años sigo enamorado y bailando con ella». Así agradeció el diseñador Elio Berhanyer, fallecido este jueves en Madrid a los 89 años, el Premio Nacional de Diseño de Moda en 2011, un año después de cerrar su taller por la crisis económica. Berhanyer, nacido Eliseo Berenguer Úbeda (Córdoba, 1929) en el seno de una familia de campesinos, no tuvo una infancia fácil.

A los siete años perdió a su padre, fusilado en la Guerra Civil -cuyos restos aún descansan en una fosa común-, pasó hambre y, al no acudir al colegio, aprendió a leer de forma autodidacta cuando rozaba la mayoría de edad, mientras se ganaba la vida repartiendo leche, «a la que echaba algo de agua para que cundiese más», y recogiendo basura. Ya en Madrid, ejerció de escaparatista y de botones en una agencia de publicidad, hasta que consiguió dedicarse a la confección de vestuario de teatro.

Desde las tablas dio el salto a la moda, sector en el que se adentró a los 27 años con un éxito indiscutible entre las actrices y las damas de la alta sociedad de la época. Vistió a Ava Gardner, la reina Sofía -clienta durante más de una década- o la duquesa de Alba. Forman parte de la historia los uniformes de Iberia que diseñó en cuatro ocasiones, el de las azafatas del Mundial de fútbol de España (1982) y el del Grupo 45 de las Fuerzas Armadas, por encargo del rey Juan Carlos. No en vano, fue pionero en los desfiles de moda masculina, que presentó por primera vez en 2007 en la antaño conocida como Pasarela Cibeles, en la que debutó en 1994 y a la que siguió acudiendo como público tras dejar de desfilar.

No solo fue profeta en su tierra. Supo reconocer el talento en Naty Abascal, a la que cambió la vida cuando la llevó a Nueva York junto a su gemela, Ana María, para que presentasen su colección durante la Exposición Mundial de 1964, tan solo tres años después de abrir su tienda en la capital española. Aunque lo más llamativo es que tuvo la osadía de decir no a Dior, que quería convertirlo en el sustituto de Yves Saint-Laurent, para poder seguir trabajando en España.

Ya había rechazado asociarse con Elisabeth Arden. Un hombre fiel a sus principios, cuyo estilo, plasmado en un centenar de colecciones y más de 22.000 piezas, destacó por las líneas geométricas, los colores lisos y vivos y una elegancia austera que residía en la discreción.

Visionario incomprendido

Fue uno de los modistas españoles más importantes del siglo XX junto a Manuel Pertegaz y Cristóbal Balenciaga, que fue quien le buscó tras ver una chaqueta que había diseñado para una de sus clientas. Un visionario que acabó siendo un tanto incomprendido. «Es una pena que la alta costura se haya extinguido, permitía un contacto directo con la mujer, un concepto distinto al que se maneja en el prèt-a-porter», lamentaba, pese a que supo adaptarse y lo elevó a la máxima categoría. Desde la Asociación de Creadores de Moda de España, entidad que fundó, destacaron que con él se va «un referente» y que «su trabajo es un enorme legado para todos los que le admiramos, pero también para el patrimonio cultural español». «Era el último espadachín», indicó Modesto Lomba, mientras que Agatha Ruiz de la Prada lo calificaba como «grande entre los grandes».

Su talento fue reconocido con galardones como el Premio Cadillac al mejor diseñador del año en Nueva York (1970), el Premio Campeoni de Italia (1991) o la Medalla de Oro al mérito de las Bellas Artes (2002). Además fue nombrado doctor honoris causa por la Univesidad de Harvard y titular de una cátedra con su nombre en el Centro Tecnológico Textil (CITTA).

 

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