Tomárselo en serio

La universidad necesita de una profunda reforma y adecuación a los nuevos condicionantes de una sociedad compleja y de un contexto socioeconómico altamente cambiante

Fachada principal de la Universidad de Salamanca. /J. Truco
Fachada principal de la Universidad de Salamanca. / J. Truco
PILAR ARANDA RAMÍREZRectora de la Universidad de Granada

No son buenos tiempos para la universidad española. Los últimos escándalos sobre irregularidades, en principio acotados en determinadas personas y centros, han situado a la universidad española en el foco de la opinión pública y la han convertido en arma arrojadiza en la contienda política. La universidad desde la humildad y la honestidad intelectual debe acostumbrarse a ser criticada y ser crítica consigo misma, y debe esforzarse en ser implacable cuando se detecte que algo se ha hecho mal en su seno. Solo desde la responsabilidad y la autocrítica sincera los universitarios podremos reclamar el respeto para todo aquello que la universidad hace bien en su día a día. La universidad pública española ha garantizado durante las últimas décadas la formación de distintas generaciones y ha contribuido a la consecución de importantes progresos sociales en nuestro país. Hemos afrontado un proceso de reforma profunda de nuestras enseñanzas para su adaptación al Plan Bolonia en el peor de los escenarios económicos posibles, que se ha sostenido únicamente con el esfuerzo generoso y lleno de voluntarismo de gran parte de la comunidad universitaria. Y, a pesar de ello, la universidad española ha alcanzado y mantenido posiciones en el sistema de ciencia y de innovación europeos muy meritorios en comparación a otros países de nuestro entorno teniendo en cuenta la escasez ya casi crónica de los recursos públicos invertidos.

La universidad necesita de una profunda reforma y adecuación a los nuevos condicionantes de una sociedad compleja y de un contexto socioeconómico altamente cambiante. Las propias universidades estamos demandando un consenso político que impulse una mejora de nuestras estructuras, de nuestros sistemas de gobernanza y gestión. Y reclamamos una nueva ley de universidades que vehicule ese cambio. Abordemos con toda radicalidad sus debilidades y fortalezas, esto es, lleguemos a la raíz de sus grandes problemas. Situemos en la agenda política a la universidad, situemos su presente y su futuro como una cuestión de Estado. Exijamos a la sociedad, a los agentes económicos y sociales, a los poderes públicos y a las propias universidades que nos tomemos en serio la universidad.

Tomarse en serio la universidad y el futuro de sus estudiantes es ir más allá de la necesidad de adecuar nuestra oferta de titulaciones a las necesidades del mercado laboral. Hoy es igualmente decisivo afrontar el desajuste entre la cualificación de los graduados universitarios y el nivel exigido por el mercado de trabajo. La sobrecualificación es causa de precariedad y desprotección, desincentiva al egresado o lo empuja a buscar mejores expectativas fuera de nuestro país.

Tomarse en serio la universidad es estar dispuesto a afrontar una modernización que la libere de las trabas burocráticas que asfixian de una forma absolutamente desproporcionada la gestión académica y las tareas de investigación.

Tomarse en serio la universidad es definir nuestro modelo de política científica y de transferencia en el mundo globalizado.

Tomarse en serio la universidad es estar dispuesto a hacer frente a unos de los más graves consecuencias que la crisis económica nos ha dejado: el envejecimiento de nuestra plantilla.

Tomarse en serio la universidad es estar dispuestos a dotar de una suficiencia financiera a las universidades similar a la de los países que sí vienen tomándose en serio en sus partidas presupuestarias que la mejor inversión social es la inversión en conocimiento.

Transformemos lo que pudiera ser un momento difícil en oportunidad para demandar a la sociedad y a los poderes públicos las reformas y las respuestas a los problemas graves y profundos que nos afectan y salgamos reforzados como institución en ese envite. Hay muchas razones para que la sociedad siga confiando en nosotros. No debemos permitir que se malgaste el capital social que tanto nos ha costado acumular en estos años.

La universidad es un bien público, es un bien de todos, un derecho de todos; y un deber de protegerlo que nos atañe a todos, pero especialmente a los poderes públicos en los distintos niveles de gobierno en su promoción y financiación.