El valor incalculable de las catedrales: Ni Notre Dame ni León tienen pólizas de seguro

Exterior de la Catedral de León. /
Exterior de la Catedral de León.

Notre Dame no contaba con ningún seguro para hacer frente a un siniestro como el que ha sufrido como le ocurrió al templo leonés en 1966

JAVIER GIULLENEA
JAVIER GIULLENEA León

Nunca se está a salvo de desgracias. Por muy bien que parezcan ir las cosas, todo se puede torcer en un segundo. Una chispa, una curva trazada a demasiada velocidad, un resbalón o una colilla mal apagada pueden causar un desastre como el que vivió París el pasado día 15.

La catedral de Notre Dame ardió ante los ojos de los parisinos, que lloraron la pérdida de una parte de su alma mientras el Gobierno trataba de consolarles con la promesa de una rápida y cara reconstrucción. Aunque muy a ojo, se calcula que levantar de nuevo el templo costará más de mil millones de euros, un dinero que provendrá del Estado, de donaciones particulares y, en bastante menor medida, de las aseguradoras.

Notre Dame no contaba con ningún seguro para hacer frente a un siniestro como el que ha sufrido. Sí lo tenía, en cambio, para algunas obras de arte y objetos ceremoniales que albergaba en su interior. Y también tenía el paraguas de la aseguradora Axa France, encargada de dar cobertura de responsabilidad civil al grupo de empresas que estaban realizando en el templo las obras de rehabilitación de las que se cree que partió el incendio. Si se confirman estas sospechas, la compañía deberá pagar una indemnización que será millonaria pero poco más que una gota en el océano. No hay póliza que cubra tamaña devastación.

Mario González, administrador de la catedral de León, regresó al pasado cuando vio las imágenes de Notre Dame envuelta en llamas. «Tenía trece años y estaba en el seminario. Desde la terraza contemplamos el fuego», recuerda. El 29 de mayo de 1966 su catedral sufrió un gran incendio que devoró su cubierta de madera. La decisión de no apagar las llamas con agua para no sobrecargar de peso las paredes salvó el edificio, que pudo ser reconstruido con los fondos que aportó el Estado.

El templo no estaba asegurado entonces ni lo está hoy. «El problema es el valor que le damos, porque de él depende el coste de la póliza», dice Mario González. «Sí que tenemos seguros de responsabilidad civil, de accidente para los trabajadores y otros menores», añade.

Pero contratarlos para tesoros como la arqueta de san Froilán o el Antifonario es otra cuestión. «Asegurar todas las piezas del museo y el archivo es imposible», reconoce el administrador de la catedral, que da un ejemplo de ello. «Restaurar un metro cuadrado de las vidrieras cuesta 5.000 euros y la catedral tiene 2.000 metros cuadrados. «¿Cómo aseguramos eso?».

En 1981 la Iglesia promovió en España la creación de su propia mutua de seguros, UMAS, encargada de que los inmuebles religiosos tengan suscritas pólizas de responsabilidad civil e incendios. «La inmensa mayoría de las catedrales y basílicas en España está asegurada con pólizas contra daños, que incluyen la cobertura de los incendios, y con pólizas de responsabilidad civil», indica Pedro José Rubio, responsable de Gestión de Riesgos de UMAS. Uno de estos edificios es la catedral de Burgos. «Está asegurada ante cualquier adversidad pero no es posible hacer lo mismo con cada obra de arte individualmente porque sería demasiado caro», explica Juan Álvarez, delegado diocesano de Patrimonio burgalés.

De viaje

El Antifonario de León abandonó en 1990 la catedral para ser exhibido en Burgos en la exposición 'Las Edades del Hombre'. Para realizar ese viaje el manuscrito fue asegurado por 5.000 millones de pesetas. En la capital castellana se expusieron 471 documentos sobre papel, piedra y pergamino de un valor extraordinario. Todos ellos tuvieron que ser trasladados entre algodones desde sus lugares de origen hasta su nueva ubicación, donde permanecieron un año antes de emprender el regreso a casa. Y todos tuvieron la cobertura de una póliza por lo que pudiera pasar con tanto movimiento.

Más de un conductor se habrá cruzado alguna vez en la autopista con un camión repleto de cuadros de Picasso o de los maestros del impresionismo, aunque nunca llegará a saberlo. El vehículo, sin ninguna identificación especial y escoltado por la Policía o la Guardia Civil, dormirá en el garaje de una comisaría si el trayecto es largo y proseguirá su discreta marcha hacia algún museo donde días después se inaugurará una exposición que atraerá a decenas de miles de personas. Este viaje no habría sido posible sin las compañías de seguros.

«Sin ellas no se podrían celebrar exposiciones temporales porque alguien que te va a ceder una obra de arte no va a asumir los riesgos», recalca Luis Alberto García, socio de Rogers & Co Abogados, especializado en seguros y transporte. Cuando un museo cede a otro un cuadro para que lo exhiba por un cierto tiempo, lo hace totalmente gratis, aunque con una contrapartida importante. «Cuando el Louvre te cede algo es a cambio de que te hagas cargo de todos los gastos», afirma Matxalen Cruz de Llano, subdirectora técnica de transportes y aviación de Mapfre España. Entre estos gastos se halla la póliza del seguro que, según qué obras, puede alcanzar cantidades elevadas.

Cruz de Llano ha sido la responsable de asegurar el traslado de obras cedidas por otras entidades al Museo Guggenheim de Bilbao para exposiciones dedicadas a Picasso, Francis Bacon, Warhol, o al impresionismo abstracto. «El total de lo asegurado en esta muestra ascendía a 1.707 millones de euros y la prima fue de entre 500.000 y 600.000», dice. En casos como estos, «las cifras son tan astronómicas que tienen que unirse varias compañías para asumir los riesgos de algún imprevisto porque una sola no puede».

Para las exposiciones temporales se contrata habitualmente el seguro 'clavo a clavo', que cubre todo lo que pueda ocurrirle a una obra de arte que va a ser expuesta en otro lugar. «Desde que se descuelga hasta que se vuelve a colgar en el mismo sitio, pasando por el embalaje, el transporte y la estancia en el museo o galería», puntualiza Celso Revert, 'underwriting manager' de la aseguradora AXA XL Art.

Dedos cruzados

«El momento más delicado es el transporte. Es ahí donde hemos experimentado más siniestros», sostiene Revert. Para Matxalen Cruz de Llano, lo peor «es la apertura del embalaje». Es en ese instante cuando los responsables del traslado cruzan los dedos mientras ruegan que de la caja no surja un desastre en vez de una obra de arte. Por suerte, recalca la subdirectora técnica de Mapfre, «hay pocos incidentes. Puede haber algún golpe en un marco, pero nada llamativo».

Todos los pasos del 'clavo a clavo' están medidos para que no se produzca ningún desperfecto pero, como recuerda Luis Alberto García, «aunque seas un gran profesional hay riesgos que no dependen de ti, como un accidente de tráfico durante el transporte o un robo». Nunca se sabe lo que puede suceder ni de dónde puede llegar el peligro.

En el caso de los edificios religiosos el desastre puede venir del mismísimo cielo, como en la catedral de León, que ardió por un rayo. «Gran parte de las iglesias están situadas en los lugares más elevados de las poblaciones, por lo que suelen estar muy expuestas a las inclemencias meteorológicas. Los riesgos más sensibles para este tipo de edificaciones son la lluvia, el viento, el pedrisco o la nieve», enumera Pedro José Rubio.

Hay algunos que, sin embargo, están más preparados que otros. «Es muy difícil que se repita lo de 1966 porque la cubierta es metálica», dice Juan Álvarez. Lo mismo ocurre con la de Burgos. «La cubierta se reformó y se puso de hierro, solo quedan unas cuantas vigas de madera», señala Juan Álvarez. Pero para eso están las desgracias, para aparecer cuando menos se las espera. ¿Y si algo destruye un tesoro que no estaba asegurado? «No lo sé», responde el administrador de la catedral de León.