Entrevista

Kevin Johansen: «El concepto de apropiación cultural es una ridiculez absoluta»

Kevin Johansen. /R. C.
Kevin Johansen. / R. C.

El músico argentino, nacido en Alaska, regresa a los escenarios con un nuevo disco bajo el brazo, 'Algo ritmos'

Iker Cortés
IKER CORTÉSMadrid

Kevin Johansen (Fairbanks, Alaska, 1964) regresa a los escenarios españoles con un nuevo disco bajo el brazo. En 'Algo ritmos', el músico canta al Brasil de sus amores, se lamenta de pedir algo de tiempo en una relación, sueña con la teletransportación y vuelve a cargar contra cierto postureo intelectual. Puro Johansen.

-En uno de los versos de su último disco dice: «Antes los tangueros se quejaban de los rockeros y ahora los rockeros se quejan de los traperos». ¿De qué se queja usted?

(Ríe). De todos ellos. Bueno dicen que con los años uno se pone más quejoso, pero la poca paciencia viene más que nada cuando falta empatía, cuando nos ponemos, como digo en la canción, muy talibanes del buen gusto. Como me dijo mi madre alguna vez, la palabra esnobismo viene del francés sin nobleza. Todos tenemos ese temor a lo distinto, a lo nuevo, a lo diferente y eso produce como una ambivalencia. La canción habla en realidad de que en la imperfección también hay belleza.

-Precisamente, en la la ácida 'Cocktail groupie' vuelve a cargar contra lo esnob y contra cierto postureo. ¿Qué tiene este asunto que tanto le atrae?

Como decimos en mi tierra, me gusta hincharles las pelotas a los cerrados y a los prejuiciosos. Yo lo combato mucho y hasta diría que lo combato conmigo mismo porque yo también puedo ser muy cerrado y escuchar solamente a Caetano Veloso o los Beatles y no salir de la zona de confort. Hay que luchar contra eso. De alguna manera vuelve a ser el temor a lo diferente y encierra muchas otras cosas porque, metafóricamente, de ahí al fascismo hay un paso.

-Contra el auge de la ultraderecha o las decisiones de Donald Trump sobre los inmigrantes, ¿la música puede hacer algo?

La música es empatía, es todo lo contrario a Trump. Supongo que no le debe gustar mucho. Lo que pasa es que la ecuación del fascismo es ignorancia más miedo. Él se ha aprovechado de un pueblo ignorante, predominantemente blanco, diciendo los malos son los de fuera, nosotros estamos perfectos. El malo es el mexicano, el árabe, el africano, los que no hablan inglés. Y la música es todo lo contrario: unifica, derriba fronteras y tiene la responsabilidad de generar empatía. Decía Samuel Beckett que con respeto no se logran cosas bellas. A veces hay que faltar el respeto a las cosas para lograr ponerles tu impronta.

-Algo que define su carrera musical es su capacidad de tocar palos muy distintos.

Sí, es mucho trabajo pero también es parte de la esencia de uno porque nacer en Alaska con una madre argentina que te ponía folclore latinoamericano mientras escuchabas a los Beatles o a Joan Baez produce gusto por la variedad. Pero también suelo decir que yo soy un talibán de la canción, soy fiel al 'cuentito' de tres minutos o cuatro de una buena canción. Hasta cuando rapeo, y rapeo mal, a propósito y sin querer, en 'La gente más linda' también también estoy buscando la belleza en mi imperfeccion. Por otro lado, aprender a tocar bossanova, tango, milonga, rumbita o una cumbia te da libertad estilística y es súper positivo para un músico.

-Y un músico con tantas aristas, ¿entiende el concepto de apropiación cultural?

Me parece una ridiculez absoluta porque todos venimos de una mezcla. En mi primer disco con The Nada puse 'Mixture is the future', la mezcla es el futuro, y cuando lo vi impreso pensé que también podía haber escrito 'Mixture is the past' porque, ¿quién no tiene una bisabuela que viene de otra tierra? Todos tenemos derecho a tomar de las culturas lo que nos enriquece porque la cultura es de todos.

-Con el paso del tiempo, ¿se pierde el interés por la nueva música?

No. A mí me da mucha rabia cuando escucho a alguien consagrado decir: «No escucho nada nuevo», porque es como decir: «Se acaba todo conmigo», y no es así.

-Y, sin embargo, va diciendo por ahí que no ensaya.

(Ríe) Trato de ensayar mucho en mi cabeza. Y cuando es necesario repasar material o cuando hay disco nuevo y hay que presentarlo pues se machaca duro, pero no es lo que más me divierte. Me gusta ir fijando cosas accidentalmente porque quizás es ahí donde me acerco al jazz desde la canción (ríe). En la canción está todo tan fijado que después hay que liberarse de eso y a veces ensayar de más no está bien porque uno se encierra y hay que pensar en el público y en conectar con la gente. En un taller musical, el vibrafonista Gary Burton comparaba al público con un 'Big Mac'.

-Dígame cómo es eso.

Supongamos que sales de casa con hambre y quieres conducir hasta el McDonalds. Aceleras, frenas, das el intermitente de forma inconsciente y tu cabeza solo está pensando en el Big Mac, pues lo mismo debería ser tocar para el público. Las notas, los acordes, el guiño que hace el teclista al guitarrista. Todo eso debería estar interiorizado para sólo pensar en el público y no perder esa brújula.