Contra viento y marea, mi hijo

Contra viento y marea, mi hijo
R. C.

Ante situaciones límite los padres adoptivos pueden recurrir a la emancipación del menor cuando haya cumplido los 16 años

DOMÉNICO CHIAPPE

La joven comienza a desafiar la autoridad paterna. Amenaza con denunciar a algún familiar por tocamientos o abusos y llega a autolesionarse. En la soledad de su habitación utiliza las redes sociales para buscar sus raíces. Llegó a España hace un puñado de años, cuando el boom de adopciones internacionales llegó a la cúspide. Era muy pequeña, venía de otro continente. Ahora quiere resolver las interrogantes de su identidad, al tiempo que irrumpe la pubertad. Ella se siente suficientemente fuerte para tensar la convivencia y confrontar a sus padres (adoptivos). Adoptivos entre paréntesis, pues ante la ley no hay distinción con los biológicos.

Algunos padres se muestran desorientados; quisieran desentenderse. En estos casos no cabe la palabra «devolución». Imposible renunciar a un hijo adoptado. «Más que devoluciones, son renuncias», aclara una educadora social de la zona del Levante, dedicada a la mediación y resolución de conflictos y que prefiere mantener su nombre oculto. «Muchas familias, ya en la preadolescencia del menor, entre los once y los trece años, se encuentran en situación de riesgo y ante comportamientos problemáticos como robos, fugas, violencia 'filioparental', conductas sexuales muy avanzadas para su edad».

La niña escapa de casa. Desaparece unos días, la policía la encuentra en algún lugar del norte de España y la devuelve a su hogar. Pero nada dice de su paradero, no sabe cómo traducir su disconformidad. «Pueden presentarse conflictos emocionales o patológicos del comportamiento», asegura Antonio Ferrandis, jefe de área de Adopciones en la Comunidad de Madrid, donde se han realizado más de 9.500 adopciones internacionales desde 1992. «En las crisis adolescentes, al igual que con los hijos biológicos, los chicos suelen enfrentarse a la autoridad paterna, mientras las chicas muestran precocidad sexual. Pero eso es el detonante final, pues las dificultades pueden venir de tres vías: adoptado, adoptantes o un sistema institucional insuficiente. Y se pueden combinar».

El menor emancipado

Después de más de tres años de proceso, Sandra adoptó a su hijo. «Empiezas a convivir con una persona que no conoces», explica esta madre que pide aparecer con este nombre ficticio. «Hay que enseñar a olvidar. No sabes cómo vivió, qué vio u oyó. Es desconfiado con los adultos. No es nada fácil. Eso no te lo cuentan». Al llegar la pubertad, Sandra consideró que la «relación era insostenible, insana». En estos casos, los padres, por lo general, recurren a la respectiva consejería de la comunidad autónoma.

«Cuando la situación es insoportable, se busca la guarda voluntaria, una figura en la que el niño reside fuera del domicilio familiar, en un centro de protección», explica la educadora social del Levante. «Hay acciones que reparar, comentar, pedir perdón. Pero el grado de gravedad es subjetivo, incluso en un caso de agresión brutal, y lo marca cada familia. Cuando permanece unida, lo consideramos un caso de éxito. Pero hay otros casos en los que no hay voluntad por parte de los adultos de hacer terapia».

Fue el caso de Sandra y su hijo. Ella acudió, primero, a la consejería de. «Ahí no te dan soluciones», lamenta. «Piensas en lo mejor para todos. Se trata de una persona a la que quieres, y no quieres perjudicar su futuro. Ni las medidas de los servicios sociales, ni institucionalizarlo». Sandra optó por una emancipación legal. «Es un papel facilísimo, en el registro, una vez que las partes están de acuerdo. Nosotros seguimos cubriendo sus necesidades económicas y, por supuesto, afectivas». Desde hace seis meses, su hijo vive solo, cerca de la casa materna, y recibe una paga con la condición de que no abandone los estudios técnicos que cursa. «Ahora nos llevamos mucho mejor pero la peor parte se la llevan siempre los padres», argumenta.

La emancipación puede realizarse cuando el menor cumple 16 años, aunque los adoptantes siguen con la obligación legal de mantenerlo mientras no tenga capacidad económica. «Se recomienda cuando la convivencia es destructiva», afirma Mercedes Sierra Fernández-Victorio, abogada de La Coruña, que ha llevado varios casos de emancipación. «Permite que los jóvenes puedan trabajar sin permiso paterno y escapar del control diario, a veces muy rígido. Mientras que los padres dejan de tener repercusiones legales y patrimoniales, exonerados de responder por los daños y perjuicios de sus hijos, si han agredido o robado». En algunos casos de emancipación, el joven pide volver a su país de origen. «Conozco un caso en que regresó con la ayuda de sus padres adoptivos, conoció su entorno, estuvo un tiempo, y pidió volver», recuerda Fernández-Victorio. En otros, sin embargo, se rompe la familia, se agota la ilusión.

El trastorno del apego

Al adoptado le persigue el estigma. Si es de Rusia o los países del Este, el síndrome del alcoholismo fetal; si es de países latinoamericano o asiáticos, la violencia del entorno. Desnutrición, en el caso de africanos. Y siempre, el trastorno del apego (o del vínculo), ocasionado por el abandono: los niños desarrollan una desconfianza innata que puede durar dos horas o toda la vida cuando son adoptados. Sin embargo, hay casos de adopciones felices. La mayoría. Por ejemplo, en una comunidad como Madrid, de los 11.000 niños adoptados, 50 necesitaron terapia individual el año pasado y, desde los noventa, sólo ha tenido que asumir la tutela temporal de una «cincuentena».

Incluso hay familias con dos adopciones, distantes en el tiempo. Como la de Gabriela, que adoptó a su primer hijo empezado el milenio, en Ivanovo, al norte de los Urales. «Tenía un año y siete meses y, según lo vi, me enamoré de él», dice, quien recuerda que el niño tenía raquitismo y un pequeño trauma. «El vínculo se hizo muy rápido. Me echó los brazos al cuello».

Años después decidió adoptar otro. Esta vez en Kemerovo, una ciudad de Siberia. Para recogerlo viajó con su hijo mayor, para entonces de seis años. «Le mantuve el idioma, y él le explicó en ruso que lo habíamos ido a buscar, que éramos su nueva familia».

Entre los tres se han enfrentado al 'trastorno del vínculo' del pequeño. «Empecé a darme cuenta que había un problema muy pronto, cuando él tenía tres años», recuerda Gabriela. «Parecía hiperactivo sin serlo y tiene una tolerancia muy baja a la frustración. Los adultos tienen que ser muy fuertes, darles tranquilidad». Ahora el mayor tiene 17 años; el menor, doce. No se plantean separarse.

 

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