Así fue el rescate de Julen contado por el guardia civil que lo sacó del pozo

SUR

«Hemos conseguido llegar a él y lo hemos sacado. No estaba vivo, eso es lo peor. Pero lo hemos dado todo», dice el agente del GREIM

JUAN CANO , ALVARO FRÍAS Y FERNANDO TORRESMÁLAGA

Durante 13 días, los que van del 13 al 26 de enero, en la casa de Nicolás Rando, como en la de la mayoría, no se hablaba de otra cosa. Hasta su hijo de 4 años jugaba a rescatar a Julen. Su mujer, que entiende su trabajo, hace las preguntas justas, pero no puede contener al pequeño. Con la inocencia de los niños, el crío se le acerca y lo despide cada mañana con la misma pregunta: «Papá, ¿hoy vas a rescatar ya a Julen?». Nico (como todos lo conocen) traga saliva y sonríe. «Eso espero, hijo, eso espero».

Su vida y su rutina de trabajo se detuvieron aquel 13 de enero, cuando recibió, pasadas las dos de la tarde, una llamada de un amigo que es bombero del consorcio. «Yo estaba de día libre, con mi familia. Me contó que un niño había caído por un pozo de 25 centímetros de diámetro en Totalán y que no sabían qué hacer, por si teníamos alguna idea». Llamó a sus jefes, que ya iban de camino, y se ofreció. «Espera que lleguemos y valoramos». A las 19.00 horas, su jefe, que dirige el Grupo de Rescate e Intervención en Montaña (GREIM) de la Guardia Civil, le devolvió la llamada: «Ven mañana, que esto va para largo».

El lunes 14, a las seis, Nico subió a aquella montaña, «y ya hasta el sábado». Recuerda los primeros días como los de los inventos, «con mejor o peor resultado» centrados todos en retirar ese tapón de arena húmeda detectado por las cámaras de 71 metros de profundidad. La idea era succionarlo, pero entonces «surgió el problemón», cuenta el agente. Se rompió la manguera y se quedó atascada con la cámara dentro. Apareció agua (freática) de las paredes del pozo. «Cada vez que aparecía un problema invertíamos muchísimo tiempo en solucionarlo. Sólo en retirar la manguera que se atascó tardamos más de 36 horas. Era decepcionante». Los ingenieros decidieron que la tierra estaba demasiado dura como para seguir succionando, y empezaron a plantear opciones. «Nosotros ya estábamos pensando en cómo íbamos a sacarlo una vez que llegáramos hasta él».

Los mineros se reunieron y se empezaron a valorar opciones y diámetros de las infraestructuras que se iban a crear para el rescate. «Dijeron que menos de un metro de diámetro. Nos fuimos a Alhaurín a ver la cápsula para adaptarla al rescate y hablamos con los GEAS (actividades subacuáticas) para el tema de la respiración», explica Nico. «Nos citaban allí a las 6 de la mañana, pero la noche antes nos llamaban y nos decían 'tranquilos, que la máquina ha tenido algún problema y se ha parado'. Más que nerviosos, teníamos la sensación de que en algún momento debía salir algo bien. La verdad es que nunca se ha hecho un agujero de esas dimensiones en España. Nadie ha hecho nunca algo así», afirma. Nico percibía la tensión de esas obras, que se topan una y otra vez con contratiempos provocados por la extrema dureza del terreno. Y había que abrir la montaña en canal». «En un principio, se estimó un volumen de 400 camiones de tierra. Tuvimos muchos problemas hasta para subir las máquinas».

En el puesto de mando avanzado del operativo, donde los mineros trazaban todos los detalles del plan de rescate, ayudados por los bomberos y por los agentes del GREIM, con los que hicieron «buenas migas», se conjuraron todos. «Nos dijimos que ya de allí no salimos hasta que encontráramos a Julen». Tras superar todas las adversidades, el «encamisado», por fin, encajó en el pozo y los mineros podían iniciar la maniobra de descenso. «Eran las dos o las tres de la tarde», cuenta Nico, «cuando metimos la cápsula y vimos como que entraba un poco justa. Empezamos a bajar y la cesta se enganchó».

La solución que se hizo fue cortar las ruedas (que le colocaron en los lados, haciendo de amortiguador dentro del tubo) y ya sí pasaba perfectamente. En la primera bajada, ya se dieron cuenta de que la roca «no tenía mala pinta». Es en lo único que se equivocaron. «El primer descenso se hizo para comprobar que la ventana estaba bien orientada. Una grúa bajaba y subía la cápsula, mientras una excavadora sujetaba el tubo del pozo en el que estaba niño para que no hubiera vibraciones, y teníamos otra excavadora más por si la celda no subía», añade.

El equipo de mineros estaba formado por seis picadores y dos ingenieros, que dirigían el operativo. «Abajo no había turnos. Allí se estaba hasta que ya no se podía más. La frase era: 'Me voy que ya no puedo ni sujetar el martillo'». Dice Nico que, a la hora y media, subieron diciendo que la roca era muy dura y había que hacer la primera microvoladura. Después vinieron tres detonaciones más. «Yo bajé después de la segunda, en el tercer o cuarto descenso. Es una sensación extraña, rara, bajar por un tubo de hierro. Yo me he metido en agujeros más estrechos y claustrofóbicos, pero aquello… Miras hacia arriba y piensas: 'Si pasa algo aquí…'».

325, la dirección para encontrar a Julen

Fueron muchas empresas especializadas las que se ofrecieron a participar en el operativo de búsqueda, pero solo una tenía en su instrumental la dirección a seguir para llegar hasta el punto exacto en el que los experos pensaban que estaba Julen. La compañía Stockholm Precision Tools (SPTAB) puso su herramienta GyroSystem al servicio del rescate, aportando una simple idea (fruto de una serie de complejos procesos):seguir el acimut 325.

SPTAB fue la empresa encargada de coordinar el rescate de los 33 mineros chilenos atrapados en una mina de cobre y oro en el año 2010. La tecnología que emplea su herramienta permite geolocalizar, utilizando como referencia el movimiento de la tierra, el norte de estado sólido y, por tanto, la ubicación de un punto exacto (en este caso el tapón)bajo tierra. La empresa sueca entró en juego cuando todavía se barajaba la opción de excavar un tunel horizontal en perpendicular al sondeo por el que se precipitó el menor.

Cuando los ocho expertos asturianos de la Brigada de Salvamento Minero se disponían a finalizar el operativo, pidieron a SPTAB que hicieran una última comprobación para asegurarse de que iban a excavar en la dirección correcta, y que la ventana del encamisado del tubo estaba colocada en el ángulo correcto. El resultado, el acimut 325, un número sencillo para que los trabajadores no se desorientasen.

«Hubo un momento en que se metieron tres mineros, a hierro, y le dieron un buen avance. Llegaron a los 2,50 metros. Y ahí se tomó la decisión de que, a partir de ese momento, iba a bajar siempre un guardia civil con los mineros para ejercer las funciones de Policía Judicial. Si estaba vivo, para socorrerlo, y si no… para coger vestigios y hacer la inspección ocular. La esperanza nunca la perdimos», confirma Rando, que resalta el acierto de los mandos del operativo.

Tras unos 3,70 metros excavados, «dimos unos golpes al tubo del niño (el pozo al que cayó también fue encamisado durante el operativo», prosigue el agente del GREIM. «Hicimos una cata y vimos que la tierra era diferente. Mi compañero metió una cámara por el agujero que abrimos. Y vio al niño». El mando del dispositivo reunió a guardias civiles, mineros y bomberos y les pidió que siguieran trabajando igual, con la misma discreción, porque la familia tenía que ser la primera en saberlo. En el siguiente descenso bajaron tres agentes del GREIM de Álora –Nico entre ellos– y un minero, por si había que seguir picando.

«Me tocó a mí», reconoce Nico, que fue el guardia civil que sacó a Julen del pozo. «A partir de ahí, tuve sensaciones encontradas. Un cierto alivio por haber terminado el trabajo terminado. Pero enfurecido por el resultado. No le doy vueltas. Hemos movido tierra como para parar siete aviones, hemos conseguido llegar a él y lo hemos sacado. No estaba vivo, eso es lo peor. Pero lo hemos dado todo». Nico reconoce que consuela «un poco» saber que la autopsia ha determinado que Julen murió el mismo día de la caída y no esperando el rescate.

Nico estaba mentalizado, porque «sabía que iba a tener que hacerlo» por su condición de experto en rescate en montaña. Pero cuando lo dejó en la carpa, donde esperaban dos forenses para los que habían grabado toda la escena con una GoPro, se tuvo que ir solo a un lugar apartado de la plataforma de trabajo y se derrumbó. Después, recogieron sus herramientas y se marcharon de allí. «Llegué a casa a las seis de la mañana. A las dos horas, llegó mi hija al cuarto y me dio dos tortas para espabilarme y despertarme. Ese día, no me importó».

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