Los compromisarios vaticinan sorpresas entre lágrimas

Varios asistentes al Congreso Nacional del Partido Popular atienden al discurso de Mariano Rajoy. / Kiko Huesca (Efe)

Los compromisarios, llegados de cada rincón de España, defienden la libertad de voto y coinciden en que, pase lo que pase, habrá unidad

DOMÉNICO CHIAPPE

Minutos antes de las cinco de la tarde, una compromisaria enfoca con el móvil a otra, a las puertas del auditorio y le pide «definir a Mariano Rajoy en una sola palabra». Ambas de mediana edad, peinado cuidado, vestimenta elegante de verano, se separan unos pasos. La 'entrevistada' espera la seña y pronuncia: «unidad». Unidad es el vocablo más repetido en la antesala a la primera sesión del Congreso Nacional del PP, celebrado en un hotel sin gala alguna, pero capaz de resistir la llegada de más de 3.000 personas a la vez, en una de las autovías de salida de la capital española.

En el amplio y oscuro pasillo, y retocado en sus columnas con el azul típico del partido, los compromisarios se saludan, en un ambiente sin tensión ni confrontación. «Nos conocemos de otras convenciones, otros actos», asegura Javier Gutiérrez del Álamo, delegado llegado de Málaga, 36 años, camisa remangada, antiguo miembro de las Nuevas Generaciones. Se da un abrazo rápido con otro joven que viene a su encuentro. «Nos hemos decantado por Soraya. Otros compañeros de otra provincia son de Pablo Casado. No quiere decir que te tengas que matar con nadie. Se piensa distinto y ya está». Llega Casado, y nada más traspasar las puertas, sus partidarios lo reciben con el grito de «presidente, presidente».

Del pequeño tumulto, un hombre sale por el sentido contrario al candidato. Es de Salamanca, tiene 45 años, perfil de la mayoría de compromisarios del PP. «Estaba ahí por pura casualidad», asegura Bienvenido de Arriba, diputado nacional. «Quiero un partido fuerte y unido». Al poco rato, Soraya Sáez de Santamaría, con vestido blanco y andar encallecido, rodeada de sus fieles y sin aspaviento, traspasa el cordón de seguridad rumbo a las puertas del anfiteatro.

No hay tensión ahora ni ha habido presiones, «te lo juro por mis hijos que es lo más sagrado», mantiene una compromisaria de Manises, recién llegada en coche, reacia a decir su nombre. Una de las personas que la acompañan acota: «Dale carnaza», y prosigue: «Sí ha habido algún candidato que ha llamado», suelta y abre mucho los ojos. ¿Quién? Se encoge de hombros pero no niega que usa el sujeto masculino.

A las 16.53 ya no hay sitio en la platea principal. «Yo tenía sitio al lado de Andrea Levy, ¿no puedo pasar?», se queja una señora que se queda a las puertas. Empieza la función. Suena el himno de España, ondea una gigante bandera virtual. A cada petición de la mesa de la organización, los compromisarios votan con la unanimidad que se extrañará al día siguiente. Sí, exhiben el cartel amarillo a mano alzada. Los turnos de palabra se suceden. Elogios a Rajoy, aclamado después de su último discurso, en el que no hace un guiño por ninguna de las dos candidaturas. «Quien esperaba que lo hiciera es que no lo conoce, mañana puede haber sorpresas», dice José Ramón Gondar, compromisario de Pontevedra, con los ojos enrojecidos del llanto. Durante la intervención de Rajoy, los clínex secaron muchas lágrimas. «Se debe respetar su decisión», se resigna Marta Lucio, representante de Meaño, que defiende el voto libre de cada compromisario.

La votación será unas horas depués, pero ahora es la despedida de Rajoy. Desde el inicio llora Lourdes Cardoso, venida de Ibiza. Emotivo, describe. «Tuve la suerte de tratarlo personalmente». Al otro lado del teatro, un compromisario de camisa amarilla, vaticina mientras Rajoy enumera sus logros al frente del gobierno: «En tres años, volveremos», y se corrige pronto: «no, en dos».

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