Juicio del 'procés'

La caballería de Vox llega tarde y se pierde la mitad del juicio

El secretario general de VOX, Javier Ortega Smith (i), y el vicesecretario jurídico, Pedro Fernández (d), llegan al Tribunal Supremo./EP
El secretario general de VOX, Javier Ortega Smith (i), y el vicesecretario jurídico, Pedro Fernández (d), llegan al Tribunal Supremo. / EP

Con Torra en primera fila, Junqueras busca su mirada sin encontrarla, mientras Cuixart blasfema para desagrado del juez y Ortega Smith se pierde la mitad del juicio

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

El juicio del procés se retomaba este martes a las 9:30 horas, media hora antes de lo acostumbrado. El juez dijo su habitual «buenos días» y se cerró la puerta de acceso. Los dos asientos de Vox, al lado de la abogacía del Estado, quedaron vacíos. Forcadell, de elegante blanco y sonrisa triste, saludaba con la mano, totalmente volteada en su asiento. Algo parecía querer decir a alguien del público, y durante el juicio se giraba varias veces más con cierta melancolía.

Entraba mucho público pero Ortega Smith, que ejerce la acusación particular en nombre de Vox, no llegó ni siquiera con la oleada identificada como «PB» por la seguridad del recinto y que parecían salidos de un aula de primero de universidad. Gente muy joven que se agrupó a la salida para ver pasar a los juzgados. Algunos recibieron marcados besos en las mejillas de parte de Jordi Cuixart, que hoy comparecía y tenía casi lágrimas al besar en la boca a su mujer en el primer receso.

Duelo de miradas

Por la rotación de acusados, a Junqueras le tocó en el asiento lateral más próximo al público. Junqueras es el único de los acusados que prefiere el asiento discreto tras los letrados. En primera fila estaba Torra. Aunque en los momentos de receso había lugar para los intercambios y los abrazos, ellos no alternaron, actitud disimulada por el tumulto de presos y abogados que se acercaban a recibir el cariño de los suyos. Solo media hora después de empezar, pasadas las 10, se produjo un insulso duelo. Junqueras miró con fijeza alternada varias veces a Torra. Ante la insistencia, Torra aparcó su pretendida ceguera y buscó sus ojos. Junqueras volteó rápidamente la cabeza. Parecían dos desconocidos que algo quieren decirse en la solemnidad de la misa. Junqueras empezó luego a escribir y Torra siguió mordiéndose los padrastros de sus pulgares. Sellaron así la paz. No volverían a mirarse

A pesar de la desfachatez de Cuixart, que se dedicó a repetir las preguntas antes de responder, Torra no varió su adusto rictus. Ni cuando Cuixart dijo que la autodeterminación formaba «parte genética» de los catalanes, que «el franquismo también era un Estado de derecho» o cuando rompía el relato separatista con un sutil «Cataluña y el resto de España».

A las 10:55 el juez reacciono ante la exclamación «hostias», usada ya con anterioridad por Cuixart, que se reconoció como alguien «coloquial». Marchena le llamó la atención y ajustó una cuenta pendiente: usted no requiere usar ese lenguaje y demuestra con su perfecta expresión que conoce muy bien el español. Al empezar, Cuixart había dicho que lamentaba que no se respetara la idoneidad «lingüística» de su interrogatorio, aunque más tarde se reconoció «hijo de murciana», sin aludir a aquello de la lengua materna. A partir de ese regaño, el interrogado empleó un «ostras» que provocaba incomodidad en el público cada vez que la pronunciaba, aunque más tarde asintieron cuando, en la guerra de tuits de Omnium entre la defensa y la Fiscalía, le explicó al fiscal lo que es un retuit.

'Mad men' en la corte

En la soledad del espejo, en el momento casi extático en que un individuo se aísla del resto, nada pronunciaba mientras se enjuagaba las manos y se agachaba para mojarse el rostro con el agua fría del tercer lavabo del baño de la planta baja de la sede del Supremo. El hombre que se aplicaba estas cachetadas líquidas es de espaldas anchas, camisa muy blanca bajo la toga, mentón pronunciado, cabello peinado hacia atrás con gomina y bajos del pantalón de longitud clásica, ajena a la actualidad de la moda. Aunque a primera vista, y de lejos, podría parecer Don Draper, protagonista de 'Mad men', extraviado fuera de su agencia de publicidad neuyorkina, se trataba de Ortega Smith, que solía llegar puntual, cruzando el escáner de seguridad media hora antes y dictando su número de DNI, «dos millones...», a la policía. Pero hoy no. Hoy tuvo que aguardar a que acabara el primer receso a las 12:30 para ocupar su sitio.

Con una banderita de España en su muñeca izquierda, Ortega asumió, como en otras sesiones, una posición similar a la del pensador de Rodin, con la mesa como apoyo en vez del muslo y la mano abierta como visera en la frente, en lugar de puño bajo la barbilla. Posición que encubría su constante consulta al móvil, con su consecuente interacción. Tal es su concentración que ni siquiera levantaba la vista, como hacía el resto de la sala, para mirar las pantallas cuando se presentaban pruebas. Hoy, que llegaba tarde, es el último día que tendrá que callar. Mañana, cuando empiece el desfile de testigos, sí podrá hacer preguntas, que tendrán que ser respondidas. Entonces, quizás se aburra menos en el juicio al procés.

El careo entre la fiscal y Forcadell aviva el juicio

La fiscal Consuelo Madrigal cambio el tono apesadumbrado de los fiscales, alguno desorientado incluso a la hora de aportar las pruebas. La cordialidad mostrada hasta ahora, con cierta displicencia, saltó por los aires con las preguntas, que en ocasiones interrumpían las respuestas, de la fiscal.

«Y qué es la política para usted, ¿una farsa, un sainete?, le increpó cuando Forcadell dijo que sus actuaciones en el Parlament tenían carácter político sin relevancia jurídica.

A las respuestas de ambas partes, que comenzaban a cruzarse, tuvo que poner orden el juez Marchena, quien además insistió al público contenerse de murmurar y aprobar o desaprobar.

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