Estambul da oxígeno a la oposición turca

Ekrem Imamoglu celebra con enfervorecidos seguidores su definitiva elección como alcalde de Estambul. / AFP

El gran triunfo del laico Imamoglu humilla a Erdogan y hace del alcalde una figura nacional aunque no todavía una alternativa

GERARDO ELORRIAGA

«Todo estará bien», clamaban los seguidores del Partido Popular Republicano (CHP), entusiasmados por la inapelable victoria de su formación en las elecciones municipales de Estambul. El triunfo de Ekrem Imamoglu se convirtió en un hálito de esperanza para la oposición al régimen autoritario de Ankara y, paralelamente, en humillación sin precedentes para Recep Tayyip Erdogan. Su derrota posee las dimensiones de una de esas inmensas grietas telúricas sobre las que se asienta la megaurbe que rechazó a Bilal Yildirin, el candidato oficialista.

El exiguo 0,2% que le apartó del triunfo el pasado mes de marzo se amplió el domingo a un 9% de los votos emitidos, otorgando la mayoría absoluta al primer alcalde de ideología laica tras un cuarto de siglo de poder islamista. El terremoto devastador que los agoreros vaticinan en un futuro indeterminado y que, supuestamente, asolará la espléndida ciudad, ya se ha producido en el seno del Partido Justicia y Desarrollo (AKP), la formación acostumbrada a saldar con éxito todas las convocatorias a las urnas en los últimos diecisiete años, prácticamente desde su creación. El fracaso nunca fue una opción y, hasta ahora, el pueblo había apoyado esa ambición.

LA CIFRA

54%
de los ciudadanos auparon al candidato republicano, que ganó el domingo en 29 de los 39 distritos de Estambul.

Estambul, como el resto de grandes ciudades, cambió el paso. El 54% de los ciudadanos dijo 'no' al proyecto de poder omnímodo del presidente y, más allá de la simbólica pérdida de la antigua capital, la joya de la corona otomana, el resultado refleja dos reveladoras circunstancias de la Turquía actual. El triunfo del AKP en las locales debía aportar la dovela que cerraba el arco del poder absoluto, ya confirmado en los planos ejecutivo, legislativo, judicial e incluso militar. Pero la rebelión urbana demuestra que aún hay vida en las sacrificadas filas de las fuerzas laicas, los grupos kemalistas, los movimientos feministas, las facciones liberales o de izquierda, los nacionalistas contrarios a la coalición con Erdogan, el reprimido colectivo kurdo o los menguados partidarios de Occidente. Su movilización en la campaña de Imamoglu ya auguraba la consolidación del cambio.

La victoria de la oposición en 29 de los 39 distritos istambulitas resulta aún más reveladora de la crisis que sufre el país. Los indiscutibles méritos de Imamoglu, que significa 'el hijo del imán', se acompañan de los deméritos de un líder cuestionado por la mala coyuntura económica. El hombre que hace de la fe musulmana toda una vindicación política sufre varapalos en los barrios conservadores de Fatih y Eyüp, cuya mezquita es uno de los lugares más venerados del islam. La crisis económica, alentada por una elevada inflación, parece haber mermado el aliciente religioso de la formación progubernamental o irritado a las clases más humildes y más afectadas por la recesión.

Discurso optimista

El flamante regidor es ya una figura de la política nacional. Su aspecto asequible y una capacidad para articular discursos optimistas en tiempos convulsos le granjearon el apoyo de la mayoría. El candidato del CHP arguye el compromiso con los derechos humanos y proclama una religiosidad que no oculta, pero que proyecta en el plano privado. Frente a la polarización de Erdogan, Imamoglu aboga por el carácter múltiple, prooccidental y aconfesional, una seña de identidad de la Turquía urbana previa al triunfo del AKP. Su talante conciliador también contrasta con la atmósfera tensa que reina tras el fallido golpe de Estado y la subsiguiente campaña represora.

La imagen también evidencia diferencias radicales. El afable Ekrem y Dilek, su esposa rubia, de melena al viento, se antojan actores de las series turcas, diseñadas con un calculado cosmopolitismo, frente al gesto adusto de Recep y su cónyuge, la siempre velada Emine, la que declaró que los harenes eran una escuela para las mujeres. Pero el camino para relevarlos se antoja largo y empedrado. La posibilidad de que el nuevo alcalde de la antigua Constantinopla se convierta en un líder nacional se antoja prematura y choca con la realidad inapelable de un régimen dotado de enormes recursos para impedir una alternativa consistente.

Mientras, queda el entusiasmo. Los turistas que este lunes llegaban en ferry desde Estambul a la isla de Avsa, en el mar de Mármara, eran recibidos por coros improvisados que cantaban 'Bella Ciao', el himno de los partisanos italianos que anima aún todo tipo de revueltas. Pero la rebelión en Turquía sólo ha comenzado y las fuerzas en liza parecen, todavía, muy desequilibradas. La guerra se antoja larga y dura.

Se busca apoyo exterior contra el ruido de sables en casa

El ruido de sables dentro del AKP circula por todos los medios de comunicación, incluso locales, tras el desastre de Estambul. El partido gobernante dilapidó su crédito político con la surrealista repetición de los comicios en la ciudad transcontinental, aunque no se aprecian aún visos de autocrítica dentro de la formación. Las crisis internas se han saldado, hasta la fecha, con la reafirmación del control de Erdogan y los suyos. La contestación a cargo de dirigentes como Abdulá Gül, uno de los fundadores, o el primer ministro Ahmet Davutoglu se solucionó con sendas derrotas y su discreta salida de los órganos de poder. Quizás la próxima cabeza rodante sea la del derrotado Bilali Yildirin, que ya tuvo que sobreponerse a una acusación de corrupción cuando ejercía también como primer ministro.

La consolidación de Erdogan como líder indiscutible vino acompañada de recurrentes acusaciones de nepotismo y la expansión de una red clientelar, fenómenos que suelen asentar rápidamente a las fuerzas gubernamentales, tal y como demuestra el panorama político sudafricano, con el que guarda ciertas semejanzas. La opinión pública parece perdonar estos pecados cuando la bonanza económica permite una distribución, siquiera inequitativa, de los recursos.

El futuro del Gobierno de Ankara parece residir en su facultad para revertir la coyuntura, más que en la capacidad de sus rivales para concitar un respaldo mayoritario, hoy muy difícil. El presidente ha de conseguir apoyos exteriores para solventar las dificultades de la economía nacional. La Hacienda pública y las empresas privadas necesitan generosas líneas de crédito para solventar deudas, salvar la bancarrota o la parálisis e impulsar el desarrollo, ahora frenado.

Los próximos posados del dirigente desvelarán su estrategia. Erdogan necesita a Rusia y China, y la mano amiga y generosa de Catar. Si no consigue suficientes ayudas, se baraja la posibilidad de un ajuste que conllevaría la repulsa social, peligro aún mayor que el que provoca un político de gesto amable que se hizo con toda una megaurbe.

Más información: