Trump convierte el 4 de julio en un desfile militar al que seguirán redadas masivas de inmigrantes

Preparativos para el desfile del 4 de julio en Washington. /AFP
Preparativos para el desfile del 4 de julio en Washington. / AFP

El mandatario dice que solo «algo bastante milagroso» podrá evitar las deportaciones que planea

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York

Desde que las trece colonias británicas declararán la Independencia en 1776, Estados Unidos ha celebrado su fundación cada 4 de julio más de 240 veces, pero la de este jueves será «como ninguna otra», ha prometido Donald Trump. Para él será el saludo militar con el que lleva dos años soñando. Para millones de inmigrantes indocumentados, el golpe en la puerta que siempre han temido.

El presidente planea un desfile con tanques y aviones que tiene loco al Pentágono y a las autoridades de Washington DC, porque no es fácil introducir tanques en las calles de la capital, que pueden dejar llenas de baches. Los defensores de los inmigrantes, miles de vigilias por todo el país frente a los centros de detención a los que Trump ha dicho que empezarán a llegar los detenidos en cuanto pase esta semana de fiesta.

Por supuesto, en los mundos de Trump todo es susceptible de cambiar en cualquier momento. De hecho, ya canceló la «deportación masiva de millones de inmigrantes» que había anunciado con un tuit el 17 de junio un viernes por la noche como concesión a la portavoz del Congreso Nancy Pelosi, que ha cumplido su parte consiguiéndole la partida de 4.6 millones de dólares para paliar la crisis en la frontera. La prórroga parece haberse acabado, porque durante la conferencia de prensa que cerró el domingo la reunión del G-20 en Osaka (Japón) Trump advirtió que empezaría a deportar gente la semana que viene «a menos que hagamos algo bastante milagroso».

Lo mejor para conseguir un milagro es rezar, y eso es lo que han empezado a hacer miles de estadounidenses en vigilias improvisadas por todo el país en torno a Iglesias, ciudades santuario y centros de detención que, siguiendo el llamado de la congresista Alexandria Ocasio-Cortes, ahora llaman campos de concentración.

Palabras mayores que han revuelto las conciencias de quienes han sufrido en sus carnes o las de sus antepasados el dolor de los campos de concentración. Los pioneros japoneses de EE UU, a los que sacaron de sus casas durante la II Guerra Mundial para encerrarlos como enemigos, fueron los primeros en manifestarse frente a los centros de detención de la frontera que indignaron a la opinión pública al conocerse las condiciones en las que tenían a cientos de niños. De visita en el de Clint, Ocasio Cortes encontró el lunes que los detenidos beben agua de los retretes y los guardias llaman «perras» a las mujeres.

En la movilización han seguido los judíos contra los agentes migratorios, que lejos de indignarse con la comparación han hecho suya la causa de que «Nunca Más significa Nunca Más» y se organizan bajo la etiqueta de #JewsAgainstICE. Entre los que han respondido a su llamado está Sharon Azogue, un ama de casa sin más afiliación política que haber tenido un abuelo superviviente de Auschwitz y un marido ecuatoriano. «Cuando veo a esos niños en campos de concentración pienso que uno de ellos podía ser mi hijo».

Trump no está al tanto. Lo que le preocupa ahora es transformar el 4 de Julio en un gran desfile militar como el que le encandiló en París hace dos años, por mucho que el Pentágono quiera hacerle entender que no es una empresa fácil. Los «nuevos tanques Sherman» que ha prometido ni siquiera se fabrican, EE UU los utilizó en la II Guerra Mundial. Y los Abrams pesan 60 toneladas cada uno. Habrá que traerlos en tren desde la base más cercana de Georgia y los ingenieros se preguntan si podrán cruzar el puente de Arlington para desfilar delante del Lincoln Memorial, a donde el presidente ha trasladado la festividad para dar un discurso que si duda politizará una de las pocas fiestas que unía a todos los estadounidenses. El 'Saludo a EE UU' con marcha militar y abundancia de generales precederá a los fuegos artificiales de siempre, que esta vez más que nunca pueden prender la indignación contenida.