EE UU y China abren un nuevo frente de guerra con la detención de la financiera de Huawei

Meng Wanzhou./Reuters
Meng Wanzhou. / Reuters

Acusada de haber violado las sanciones contra Irán, Meng Wanzhou, hija del fundador del gigante tecnológico, ha sido arrestada en Canadá y podría ser extraditada a territorio estadounindense

ZIGOR ALDAMA

Parecía que las aguas volvían a su cauce en la guerra económica y política que enfrenta a Estados Unidos y a China. Pero las dos principales potencias del mundo han abierto un nuevo frente, y lo han hecho en un tercer país. Canadá confirmó anoche la detención el pasado día 1 de la directora financiera de Huawei, Meng Wanzhou, por haber violado las sanciones dictadas contra Irán, y el viernes la directiva se enfrentará a una vista judicial para determinar si es extraditada a Estados Unidos para su procesamiento.

Su caso se enmarca en las investigaciones que el Departamento de Justicia de la superpotencia americana abrió en abril para esclarecer la naturaleza de los negocios de Huawei con Teherán, y amenaza con provocar una nueva tormenta diplomática entre Washington y Pekín. Sobre todo, porque Meng no es una empleada cualquiera, sino hija de Ren Zhengfei, el fundador del gigante tecnológico chino.

Como era de esperar la reacción de Pekín ha sido contundente. La embajada de China en Canadá ha publicado un comunicado oficial en el que critica que se haya arrestado a una ciudadana «que no ha violado ninguna ley ni en Canadá ni en Estados Unidos». Es la justificación que da para publicar su «firme condena a estas acciones que violan los derechos humanos de la víctima». Por esa razón, el gigante asiático urge «a la inmediata liberación de Meng».

No obstante, y aunque tanto Huawei como China afirman que no hay ninguna prueba que incrimine a Meng en delito alguno, el diario de Hong Kong South China Morning Post afirma que ha obtenido la transcripción de una reunión que tanto Meng como su padre mantuvieron con empleados de la empresa, y en la que afirmaron que en algunas ocasiones se podrían incumplir las sanciones decretadas si el beneficio supera a los posibles riesgos.

El precedente de ZTE

De hecho, según el rotativo chino, en esa conversación Meng delineó unas líneas rojas que en ningún caso se podrían rebasar, y otras líneas amarillas en las que la empresa podría considerar un incumplimiento temporal de las reglas. En caso de que se confirme la autenticidad de esa conversación, tanto Meng como la empresa podrían sufrir consecuencias graves.

Lo sabe bien su competidora ZTE, que también fue acusada -y castigada- por haber hecho negocios tanto en Irán como en Corea del Norte. Estados Unidos prohibió incluso la venta de componentes americanos a la empresa de telecomunicaciones china, y eso provocó que tuviese que echar el cierre durante meses. El asunto escaló al máximo nivel y, finalmente, Donald Trump logró levantar el veto. Pero, no obstante, ese fue un duro toque de atención para China, porque evidenció la dependencia tecnológica del gigante asiático.

Este nuevo caso también amenaza con echar más leña al fuego de la guerra arancelaria que protagonizan ambas potencias desde que Trump decidió gravar con aranceles innumerables productos chinos. Según el mandatario americano, China ha conseguido escorar la balanza comercial a su favor gracias al robo de propiedad intelectual y a los subsidios que concede a empresas estatales que no compiten con las mismas reglas de juego que sus homólogas americanas. No obstante, ambas partes continúan negociando y hace unos días acordaron una tregua de 90 días cuyas condiciones China ha comenzado a implementar hoy.

El plan que irrita a Trump

China se ha convertido en la segunda potencia mundial gracias a la fuerza económica de sus exportaciones. Pero, ahora, el gigante asiático busca dar un salto cualitativo. Necesita innovar y ponerse a la cabeza del desarrollo tecnológico. Para lograrlo, los líderes comunistas tienen un plan que irrita a Donald Trump: 'Made in China 2025'.

La meta que se propone es en superlativo: convertirse en uno de los mayores fabricantes de manufacturas avanzadas en 2025 y liderar el mundo en 2049, coincidiendo con el centenario de la proclamación de la República Popular. Para ello, el Gobierno ha identificado diez sectores diferentes en los que busca avanzar rápido gracias a la multiplicación de la inversión en I+D: desde la inteligencia artificial, hasta la tecnología agrícola, pasando por la biomedicina, la ingeniería aeroespacial o la robótica.

Pero lo que parece un plan industrial como cualquier otro levanta ampollas en el ámbito internacional. Sobre todo, en las relaciones con Estados Unidos. En parte, eso se debe a que 'Made in China 2025' también tiene un marcado carácter proteccionista: uno de los objetivos es lograr que el porcentaje de los materiales y componentes autóctonos utilizados en esta tecnología punta alcance el 40% en 2020 y el 70% un lustro después. Pekín considera que la autosuficiencia es clave para tener éxito en un mundo hostil que amenaza a empresas como Huawei, pero para muchas compañías extranjeras que se sienten excluidas del proyecto esa es una invitación a marcharse.

Por otro lado, Trump señala que los avances tecnológicos chinos se basan, demasiado a menudo, en el robo de propiedad intelectual. No es que el presidente estadounidense acuse a 'hackers' chinos de rebuscar en los servidores de empresas extranjeras, que también, sino que ve injusto el sistema que el gigante asiático utiliza para permitir el acceso de las compañías foráneas en el mercado interno, y que en muchas ocasiones fuerza la transferencia tecnológica.

En este último punto, Trump no está solo. Las empresas europeas también critican la falta de reciprocidad: empresas como Huawei se han extendido por el mundo y han podido competir en igualdad de condiciones con sus homólogas extranjeras. Sin embargo, en el camino contrario, las compañías foráneas tienen que sortear multitud de barreras para entrar en China. Australia y Nueva Zelanda también han rechazado que Huawei desarrolle sus redes 5G porque consideran que pueden albergar una puerta trasera para que el régimen de Pekín espíe, un temor que muchos comparten en Estados Unidos.

 

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