El Gobierno de Nicaragua lanza un fuerte ataque contra Monimbó

Dos miembros de las fuerzas gubernamentales./EFE
Dos miembros de las fuerzas gubernamentales. / EFE

En el día en que cayó Somoza, Ortega intenta masacrar la comunidad indígena que le dio la victoria hace 39 años

MERCEDES GALLEGOEnviada especial. Managua

Los estaban esperando. Al amanecer, cuando aún cantaban los gallos, la caravana de la muerte que forman las camionetas pick up de los paramilitares se deslizó sigilosamente por la carretera de Masaya hasta rodear la comunidad indígena de Monimbó, el último gran foco rebelde que le queda a Daniel Ortega para gobernar sobre un país reprimido, aparte del barrio indígena de Sutiaba, en León.

«Siempre atacan al amanecer porque saben que es cuando estamos cansados y desvelados», contaba ayer Guardabarranco, mientras mostraba las trincheras a este periódico. No se equivocaba. La tensión que se vivía esa noche en las barricadas de Monimbó estalló al amanecer, cuando llegaron por los teléfonos móviles los avisos de los vecinos de la carretera de Masaya y sonaron con desesperación las campanas de la iglesia. «Nos están rodeando. Esto va a ser una masacre, pero estamos preparados», contó el Doctor Cortés por teléfono. Tenso, pero firme, esperaba a las víctimas en el hospital de campaña que había instalado en los bajos de una casa, junto a dos jóvenes paramédicos de ayudantes. Eso era todo.

Los paramilitares, vestidos de negro y con pasamontañas, acompañados de los cuerpos antimotines, venía armados hasta los dientes con AK-47 y minas antitanques RPG7 que lanzaban contra la población. Los monimboseños se defendían con armas caseras que han fabricado con tuberías rellenas de pólvora y bombas que hacen en tarritos de papillas Gerber. Así de desigual era la lucha, que no les amedrentaba.

«¡Estos muchachos son impresionantes!», decía ayer Silvia, una vecina que luchó en el Ejército Sandinista. «Ayer (por el lunes) salieron de la cama como mil de ellos con los pelos parados y en chanclas –con lo que cuesta correr en chanclas- e hicieron retroceder a los paramilitares a puro grito y a pedradas».

El de ayer fue el preámbulo del asalto de hoy, que pretende ser definitivo. En el pueblo las fuerzas se acaban, mientras los paramilitares vuelven frescos y con munición para aguantar lo que haga falta. Daniel Ortega se ha propuesto limpiar el país de protestas, cueste las vidas que cueste, para poder celebrar este jueves el 39 aniversario de la revolución con borrón y cuenta nueva.

El obispo auxiliar de Managua Silvio Baez suplicaba por Twitter a Ortega que detuviera la masacre, con las balas penetrando hasta en la Iglesia de María Magdalena donde se refugiaba el párroco, pero al sandinista convertido en dictador ya no le importa ni la Iglesia. Ayer, irónicamente, se cumplían 39 años de la salida de Anastasio Somoza, el dictador al que ha hecho bueno en la sanguinaria represión que lleva a cabo estos días para mantenerse en el poder. Fue precisamente Masaya la que le dio la victoria definitiva al Frente Sandinista para derrocarle. Dos días después de que Somoza se fuera dejando a un presidente interino, el Frente Sandinista tomó el poder, hasta hoy. Esa es la gesta que espera repetir hoy con el asalto a Monimbó.

Bajo el fuego incesante, sus huestes acaban de traspasar el primer anillo de seguridad, cuentan los moradores. «Están a metros de nosotros», informaba Alex, uno de los que huyeron la víspera desde el pueblo vecino de Niquinohomo a refugiarse en el último bastión rebelde, con el que no pudieron ese día los paramilitares. «Varios de mis muchachos ya se han replegado. Hagan algo, por favor, aquí hay niños... Ay, Dios mío.»

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