Sudán abre el camino de la transición

El general Mohammad Hamdan Daglo y el líder de las protestas en Sudán, Ahmad Rabie, hacen el símbolo de la victoria./AFP
El general Mohammad Hamdan Daglo y el líder de las protestas en Sudán, Ahmad Rabie, hacen el símbolo de la victoria. / AFP

La firma de la Declaración Constitucional da paso a un proceso de tres años bajo la peligrosatutela del Ejército

GERARDO ELORRIAGA

Un GPS podría sacudir la precariedad que atenaza África. «Somos el tercer mundo, no porque salga el sol en el oeste y se ponga en el este, sino porque hemos activado la marcha atrás y nos estamos moviendo con velocidad de chorro en la dirección equivocada», explicaba recientemente Patrick Loch Otieno Lumumba, prestigioso intelectual keniano que ha ejercido como director de la Comisión Anticorrupción de su país. Sudán se encontraba entre esos Estados que circulaban en sentido contrario a la razón y la justicia. Pero, a lo largo de los últimos cuatro meses, ha llevado a cabo un excepcional cambio de rumbo. Este domingo entra en vigor el acuerdo entre la Junta Militar de Transición y las Fuerzas de Libertad y Cambio, hoja de ruta que ha de conducirlo hacia la implantación de un sistema democrático.

El punto de partida es terrible. La clase dirigente, de origen árabe, ha sometido tradicionalmente al resto de las comunidades tribales utilizando los beneficios de la extracción del petróleo. Un movimiento popular protestó por el encarecimiento de la vida y acabó obligando a la elite a pactar radicales cambios políticos. En realidad, el pacto, denominado Declaración Constitucional, se ha producido entre esos grupos depredadores y las fuerzas políticas tradicionalmente desplazadas.

La situación actual de Sudán resulta tan sorprendente que bien podría constituir un efímero espejismo. Con breves y fracasados episodios civiles, los militares han controlado el Ejecutivo desde 1958 y, desde entonces, han conducido a sus conciudadanos con especial destreza hacia el abismo que predijo Lumumba. Sus gobiernos han provocado contiendas bélicas y catástrofes humanitarias en el oeste, sur y este del territorio, y en 2011 el extremo meridional se desgajó dando lugar a Sudán del Sur.

La pérdida del 75% de sus fuentes de hidrocarburos se halla detrás de esta relativa debilidad con su pueblo. La falta de recursos y la crisis económica han desestabilizado definitivamente un país sometido a enormes fuerzas centrífugas. Pero el proceso de transición refleja los vicios de un régimen que pretende perpetuarse a toda costa. El Ejército ha llevado la batuta con mano férrea envuelta en palabras de esperanza. En realidad, la mayor transformación ha sido la sustitución del defenestrado presidente Omar al-Bashir por Mohammad Hamdan Daglo, alias Hemedti, el señor de las milicias que aterrorizaron a la población indígena de Darfur y, asimismo, responsable de las razzias de las Fuerzas de Acción Rápida en Jartum, las mismas que lanzaban los cadáveres de los opositores a la corriente del Nilo.

Sudaneses celebran el acuerdo en Jartum.
Sudaneses celebran el acuerdo en Jartum. / AFP

La propuesta del economista Abdullah Hamdok como primer ministro, prerrogativa de la oposición, supone uno de los hitos primeros del nuevo periodo de tres años y tres meses que debe desembocar en la convocatoria de elecciones. La Declaración Constitucional respeta la división de poderes estableciendo un consejo soberano, un gabinete ministerial y un cuerpo legislativo. El mundo se congratula por la decisión, aunque nadie parece percatarse de que esta sintonía entre rivales se produce tan solo dos meses después de que los generales provocaran una masacre de estudiantes que protestaban frente a sus cuarteles.

El nuevo itinerario de Sudán es fruto de las circunstancias. La presión de Egipto, que teme un conflicto en su retaguardia, y Arabia Saudí, el gendarme regional, han forzado esta resolución que impide una mayor desestabilización. Pero los peligros siguen presentes porque los oficiales siguen controlando la Administración, temerosos de perder sus privilegios. Además, no todos los convidados se han sentado a la mesa. Los islamistas se han sentido ajenos al acuerdo, cuando se saben favorecidos por el apoyo popular, y el Frente Revolucionario de Sudán, coalición guerrillera que opera en los Estados de Darfur, Kordofán del Sur y Nilo Azul, tampoco se siente representado en las negociaciones. Conseguir la paz en las zonas de conflicto es una condición inexcusable para encarrilar el proceso y dotarlo de suficiente credibilidad y garantía de éxito.

Pero el mayor riesgo se halla entre aquellos que se estrechan la mano y prometen nuevos tiempos. «Nosotros elegimos hienas para cuidar de las cabras y cuando estas son devoradas nos preguntamos por qué», ha asegurado también Lumumba, un hombre dotado de una preclara visión de la escena política continental. En las fotos oficiales, un risueño Hemedti estrecha la mano de Ahmad al-Rabiah, de expresión circunspecta. Más allá de compromisos oficiales y declaraciones de intenciones, el futuro de Sudán parece, aún, sujeto a la implacable ley de la selva.

El sacrificio del general

La política tiene razones que la razón no conoce. Pero, tal vez, preservar las prerrogativas de la oligarquía sudanesa merece el sacrificio de uno de los suyos. El pasado mes de febrero, el presidente Omar al-Bashir acudía a la cumbre de la Organización de la Unidad Africana en Addis Abeba, despachaba con sus colegas y regresaba tranquilamente a la capital, Jartum. Ningún problema, a pesar de que sobre él recaían dos órdenes de detención firmadas por el Tribunal Penal de La Haya, que había presentado cargos contra el dirigente por genocidio, crímenes de guerra y lesa humanidad.

Seis meses después, el exjefe de Estado asiste, tal vez incrédulo, al comienzo de su proceso por aquellos que le rindieron pleitesía. El general tendrá que enfrentarse a cargos de corrupción de una gravedad muy inferior a los que le imputa la corte holandesa. Ni siquiera está previsto que se le pregunte por los 8.100 millones de euros que, según Wikileaks, transfirió a bancos londinenses. Tal vez decida callar para sobrevivir o, quizás, reconozca que su brutal represión en la olvidada Darfur contó con la complicidad de un antiguo comerciante de camellos ahora convertido en hombre fuerte de la Junta Militar, la misma que se valió de las milicias 'janjaweed' para cometer atrocidades contra la población de la región insurrecta.

Amnistía Internacional ha pedido esta semana a las actuales autoridades de Sudán que entreguen al Tribunal Penal Internacional al expresidente. Según asegura la ONG, aunque el juicio que comienza mañana es un «paso positivo» no basta para depurar responsabilidades por los «atroces crímenes» cometidos.

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