Luto y memoria para Adonías, leyenda de la cocina leonesa

Pilar de la gastronomía leonesa... Adonías poseía una inteligencia natural, esa que no se estudia, que no se hereda ni se transmite. Y un poder que previene contra todos los males: la curiosidad. Inmensa arma que combate la desidia

Adonías del Pozo Álvarez, en una imagen de archivo./
Adonías del Pozo Álvarez, en una imagen de archivo.
LUIS ÁNGEL GARCÍA PRIETO

Adonías emprendió este sábado el camino, rodeado por todos aquellos que tanto le quisieron. Se reencontrará con su padre y con aquellos a los que conoció en la barra del figón de San Marcelo.

Volverá a alborotar con su vitalidad de chaval de la posguerra en el gallinero del Emperador, viendo la última película de vaqueros en blanco y negro. Pero, sobre todo, podrá estar de nuevo con su adorada madre, que le acogerá con la mejor de las sonrisas, mesando sus blancos cabellos. Adonías no aparece en el santoral pero ya está tardando la santa iglesia en colocarle en un lugar preferente.

Bonhomía. Esa es la mejor palabra que lo definía. Disfrutaba cocinando, pensando ya días antes del plan perfecto, armando en su cabeza las piezas del festín, escogiendo en sus amigos de siempre el mejor producto que le podían vender. Pero más disfrutaba viendo comer a los suyos, en el sagrado acto de reunirse y comer, ver y ser visto, sonreír y masticar y repetir tres veces veces de la cazuela. Cuando eso sucedía sus pequeños y vivaces ojos se agrandaban con la satisfacción del trabajo bien hecho.

Adonías, en una imagen de archivo.

Aprendimos mucho a su lado, con el verbo fácil del que domina la oratoria, un magnífico contador de historias, con una memoria envidiable que le acompañó hasta el final. Fue un verdadero sabio, de esos que solamente habían podido aprender las cuatro letras y las cuatro cuentas en unas clases frente al jardín de El Cid. Adonías poseía una inteligencia natural, esa que no se estudia, que no se hereda ni se transmite. Y un poder que previene contra todos los males: la curiosidad. Inmensa arma que combate la desidia y el aburrimiento.

Tuve la inmensa suerte de compartir con él insuperables momentos, charlas entre plato y plato, lecciones de las que aprender y sacarle el jugo, si se tiene disposición. Una memoria viva de esta ciudad, un pilar de la gastronomía de herencia. Dominaba al impetuoso pulpo mejor que los figones de la calle Santa María de Cacabelos; obraba el mejor trasluz de la cecina de vaca maragata, de la que era orgulloso pionero; y pocas veces, este berciano que escribe a duras penas por la refracción de las lágrimas, comió un botillo tan rico a ambos lados del Manzanal, con su cuerda como testigo.

Fue uno de aquellos cocineros que, a partir de la década de los 80, creyeron en la gastronomía leonesa. Adonías del Pozo Álvarez, más conocido como Adonías. El rótulo del restaurante aún permanece como guía en la calle Santa Nonia. Faro del buen yantar de la ciudad durante muchos años, dando algo más que de comer: la experiencia de sentirse en la casa de un amigo, ¡qué digo un amigo!, un hermano, un padre, un hijo. Por su restaurante pasaron aquellos actores que pisaron el Emperador, empresarios de leyenda negra o blanca, políticos de la diestra y la siniestra, leoneses de toda la vida, personajes de arriba y abajo a los que siempre trató con una sonrisa, con su carácter natural, sin discriminar por el grosor de la cartera o el título.

Hasta pocos días antes de su partida, su mente estaba clara, y sus recuerdos y anécdotas suponían el reflejo vivo de muchos leoneses que disfrutaron del buen vivir en su restaurante. Sin Adonías (y sin tantos otros), hoy el camino de la restauración no se vería tan colmado ni las estrellas de Bibendum tan cegadoras.

Es un acto de justicia y cariño el recordar a Adonías, que siempre dio más que recibió, que marcó a aquellos que le conocimos, que llevó a su tierra en viajes y encuentros, armado con su sonrisa. «Hola, soy Adonías».

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