Gastrohistorias

La mancerina, el chocolate y el virrey

'Mujer preparando chocolate', cuadro de Félix Lorente (S. XVIII). Latinamericanart.com./
'Mujer preparando chocolate', cuadro de Félix Lorente (S. XVIII). Latinamericanart.com.

Pedro Álvarez de Toledo, marqués de Mancera y virrey del Perú, inventó esta pieza de vajilla para beber más cómodamente el cacao

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Posiblemente ustedes no tengan ninguna en casa y quizás incluso no hayan oído hablar de ella, pero la mancerina fue uno de los grandes inventos españoles de su tiempo allá por el siglo XVII. Esta especie de bandeja de metal o porcelana ha caído tan en desuso —ella, que fue la estrella del menaje del Siglo de Oro— que no resulta difícil ver ejemplares a la venta en internet anunciados como «fuente», «plato» o «huevera». El intríngulis de la mancerina está en la abrazadera o hueco que tenía en el centro, donde se colocaba la jícara de chocolate, y en el espacio de alrededor, que servía como acomodo de los bizcochos, bollos o dulces que acompañaban siempre a la bebida de cacao.

La mancerina fue una pieza de vajilla imprescindible en las casas españolas burguesas desde el siglo XVIII hasta principios del XX y su misión no era otra que la de hacer más cómoda la degustación del chocolate a la taza. ¿Y por qué no cogían la taza por el asa? Pues porque los recipientes en los que se bebía el exótico chocolate no tenían asa ni agarraderos, precisamente por eso. Igual que el cacao, también vino de América el vaso en el que la moda de aquel entonces, rendida a las novedades del Nuevo Mundo, recomendaba su consumo: la jícara. En su origen, la jícara era simplemente un recipiente indígena hecho con calabazas huecas o con el fruto de la güira o jícaro, un árbol muy abundante en Centroamérica. Se usaba para tomar pozole (una bebida de cacao y maíz) u otros líquidos, y una vez que los españoles llegados a América comenzaron a copiar ciertas costumbres nativas, la palabra náhuatl xicalli derivó en jícara y la humilde calabaza en algo bastante más elegante, como cáscaras de coco talladas o loza decorada. Lo que perduró fue el hábito de usar un recipiente pequeño y sin asas para tomar el chocolate, que para entonces (primeras décadas del siglo XVII) ya había sido adaptado al gusto europeo añadiéndole azúcar y especias y empezaba a despertar pasiones en la corte.

Mancerina de plata, mancerina de Talavera y mancerina francesa. / Museo Amparo CC BY | Wikimedia CC PD | Museo Amparo CC BY

El «agasajo», similar a una merienda con diversos dulces como frutas confitadas, mazapanes, bollos o bizcochos y siempre acompañado de chocolate, se convirtió en tendencia entre las élites tanto de España como de América. El problema es que usar la jícara era incómodo, sobre todo para las personas con poco pulso, y por eso nació la mancerina. La inventó el jienense Pedro Álvarez de Toledo y Leiva (1585-1654), político y militar que desempeñó diversos cargos al servicio del rey Felipe IV, entre ellos el de virrey del Perú entre 1639 y 1648. Nombrado marqués de Mancera en 1623, durante sus años de residencia en Lima se hizo famoso por sus tertulias y agasajos, y no se sabe si por pura comodidad o por sufrir alguna enfermedad que le causara temblores, el caso es que creó un plato en el que encastrar la dichosa jícara. No sabemos cómo bautizó el virrey su invención, pero sí que se debió traerla consigo al retornar de América y que fue aquí donde se le otorgó el nombre de mancerina (o macerina) en su honor. Se puso tanto de moda que en 1734 el diccionario de la Real Academia ya incluyó su definición como «especie de plato o salvilla con un hueco en el medio, donde se encaxa la xícara para servir el chocolate con seguridad de que no se vierta, diósele este nombre por haber sido su inventor el marqués de Mancera por lo que se dijo Mancerina y después con mayor suavidad Macerina».

La jícara y su amiga la mancerina pasaron al rincón de los trastos cuando el chocolate dejó de ser la bebida española por excelencia y acabó sustituido por el café, pero resulta entrañable imaginar al marqués, aguerrido capitán de galeras, dedicar su atención a la invención de una pieza de vajilla que tantos vestidos salvó.