Luis Mateo Díez profundiza en su exploración del alma humana con el libro de relatos 'Gente que conocí en los sueños'

Luis Mateo Díez./
Luis Mateo Díez.

La editorial Nórdica publica el volumen, ilustrado por Mo Gutiérrez Serna, donde el escritor leonés indaga en el género fantástico con personajes a caballo entre lo real y lo onírico

CÉSAR COMBARRO

Sonríe inevitablemente Luis Mateo Díez al reconocer su fecundidad creadora. Prolífico como pocos en su refinada prosa, el escritor leonés regresa ahora a las librerías con 'Gente que conocí en los sueños' (Nórdica Libros, 18 euros), un exquisito libro donde cuatro relatos suyos aparecen ilustrados por la pintora mexicana Mo Gutiérrez Serna, que abre múltiples puertas a historias donde el escritor indaga de forma directa en el género fantástico.

«Son cuatro historias que tienen un aliento común, comparten un punto de irrealidad y de fantasía, y también un tono de escritura. Me interesaba afrontar este pequeño proyecto con una idea de escritura que tiene un cierto halo poético o lírico que me parecía que era el más adecuado para unas historias con muchos tintes de fantasía y de irrealidad», explica el autor en declaraciones a Ical.

En el primero de los relatos, 'Los viajes fantasmales', el fantasma de Aurelio Recuero busca amigos entre los vivos por las calles de Broza, una de las Ciudades de Sombra tan familiares en el imaginario de Luis Mateo Díez. En el segundo, 'Los círculos de la clausura', una monja de clausura desaparece a la vez que tres reclusos de un centro penitenciario cercano. En 'Los muertos escondidos', el Premio Nacional de Narrativa diluye la frontera entre vivos y muertos con los juegos infantiles como excusa. Y el relato que cierra el conjunto es 'Las amistades del diablo', donde la memoria, la identidad y las pesadillas que acarrea la vida son los ejes que impulsan la narración.

Todos ellos recogen historias que se desarrollan en momentos de vigilia, «en el cruce entre lo que uno es y lo que uno está no ya pensando sino soñando», un lapso temporal que interesa sobremanera al autor leonés, fascinado por «cómo nuestros sueños nos llevan a un más allá que no es un ámbito absolutamente extraño, sino donde lo real sigue teniendo un relieve pero totalmente distinto».

En ese sentido, es posible emparentar estos relatos con los filandones que el propio Luis Mateo recuperó junto a amigos y compañeros de viaje como Antonio Pereira, José María Merino, Juan Pedro Aparicio o Julio Llamazares, entre otros. «La exploración de la frontera entre sueño y realidad es un territorio clásico con antecedentes extraordinarios, que van desde las quimeras quijotescas y calderonianas hasta la gran literatura rusa. Todo ello es una exploración del alma humana, de los sentimientos y de las emociones más secretas de lo que somos, y eso es lo que la literatura y el arte en general pueden seguir dándonos hoy como espejo de la vida. Vivimos prácticamente prisioneros de una realidad muy avasalladora, inmediata y urgente, y el espacio del arte es donde todo puede adquirir un sentido que nos ayude a comprender que las cosas tienen una trascendencia mayor que la que atisbamos en el día a día», reflexiona.

Simbolismo

Sus protagonistas, en general, aparecen desnortados, sin saber a ciencia cierta hacia dónde caminan o qué mundo habitan, e instalados en la duda. Cuestionado sobre si pueden interpretarse como parábolas del mundo actual, donde la sociedad camina sin rumbo, Díez señala que nunca suele escribir historias que tengan un tono «testimonial o realista». «Hoy día estamos asediados por las noticias y sabemos más de la cuenta de lo que está pasando. La opción literaria que me interesa siempre está anclada en la actualidad, pero con una pretensión mucho más simbólica y metafórica, con la necesidad de explorar un más allá, donde estaría el sentido de lo que está sucediendo», revela.

Sobre su regreso a las Ciudades de Sombra, el académico de la Lengua reconoce que transitar de nuevo esos escenarios le brinda «una gran libertad». «Yo tengo un mundo personal en el que abro la puerta, entro y allí me espera siempre alguna historia que tengo que contar. Ese universo de ficción o esa experiencia de lo imaginario tiene incluso unas constataciones geográficas o unos territorios (como dicen mis exégetas, territorios del alma) que son esas ciudades, esas urbes un poco de sombra, extrañas y misteriosas, que están entre la realidad y el deseo», apunta.

Por otra parte, Díez aplaude la labor realizada por la pintora Mo Gutiérrez Serna en las ilustraciones, que «no están subordinadas al texto, ni ilustran un momento concreto», sino que intentan ir «al lado» de lo que él narra. «Lo que ha conseguido Mónica es que no haya interferencias o lapsus entre el texto y las ilustraciones, sino unos intermedios que, entre la lectura, ayudan a que tu imaginación circule con una expresividad plástica. Es una ilustradora extraordinaria y la edición es preciosa», resume.