«España es una fábrica de perdedores»

David Gistau. /
David Gistau.

periodista

FRANCISCO APAOLAZAMadrid

En la pared del gimnasio de Alfredo en una cochera del barrio de Lucero han colgado los retratos de los chavales que se apartaron del camino del boxeo y cayeron por un pico, en un tiroteo en un atraco o en un ajuste de cuentas. La muerte acecha a los perezosos. Richy lo sabe y cada día cuida la ropa interior que se pone por si, en lugar de una puta de las que cuida, termina por desnudarlo un forense. Al otro lado de la M30 por la que derrapaba el caballo de la desolación de Sabina, hay coches que corren como si los fueran a atrapar y tipos que se mueven bajo los códigos de una ley vieja, salvaje y desconocida, pero ley al fin y al cabo. En ese mundo invisible de canallas deliciosamente literarios en la que la justicia no es la que ustedes están pensando, David Gistau (Madrid, 1970) ha escrito 'Golpes bajos' (La esfera de los libros), una historia contada sin resuello sobre el ruido del morse de los guantes chocando en las manoplas.

¿Qué es 'Golpes bajos'?

Es un homenaje a la época dorada norteamericana de los pesos pesados, el Madison Square Garden y Norman Mailer, un tiempo que me habría gustado vivir. Pensé en qué pasaría si trasladara esa época al Madrid del siglo XXI con sus cutreces. Es una novela de doble trama de gánsters por una parte y otra de un montaje sentimental de una vieja estrella que para volver a las portadas de las revistas se inventa un noviazgo con un boxeador.

La historia está escrita sin amagar. Es golpe, golpe, golpe.

Forma parte de ese intento de simplificación. Si se puede contar en tres folios, ¿para qué se va a contar en siete? La novela es cinematográfica porque supongo que es mi manera de contar las cosas. No hay una introspección psicológica en la que un tipo se pase tres horas sentado en un café pensando en el destino del cormorán. Es visual, un guión hecho novela.

Se reconoce en el ritmo de los golpes. A eso suena la cadencia del texto.

Si lo ha percibido así, me alegro. Creo que he intentado parecerme a esa literatura americana de novelistas forjados en los periódicos y acostumbrados al reportaje y en la mirada del reportero, el tipo que captura personajes, frases, que tiene oído y va a un lugar y capta la atmósfera.

Vivimos en un mundo alejado del terreno, de a qué saben, a qué huelen las cosas, a qué suena el Seat León que cruza Vallecas como si escapara de alguien... ¿La gente está dejando de estar en la calle?

Estoy de acuerdo con eso y le pasa incluso al periodismo, que es lo más grave. Yo no he hecho un trabajo de investigación porque no me hacía falta. He contado el mundo de los gimnasios en el que llevo muchos años metido. Los personajes son gente que yo he conocido, las anécdotas... He vivido toda esa atmósfera. Estoy de acuerdo en el que el reportero y también el novelista tienen que bajar a la realidad. Hay que salir a la calle con una libreta en el bolsillo. Toda esa pretensión narrativa tiene que empezar con la actitud del reportero. La gente de una novela no está dentro; está fuera, tú la encuentras y la clavas como una mariposa como un alfiler en tu libro. Tienes que haber estado en ese Seat León y, para eso, el periodismo es una cantera. Las redes nos están convirtiendo en gente que ve el mundo desde una atalaya muy lejana y confusa. Se está perdiendo el sabor auténtico de las cosas.

¿Jugamos a retorcer una realidad con la que hemos perdido el contacto hasta el punto en el que no importa que las cosas sean ciertas o no?

Sí, y añado algo más peligroso: esa realidad que nos llega tamizada está alterada por nuestros propios prejuicios intelectuales e ideológicos. Tenemos un acercamiento muy poco honesto con ella. Le exigimos que se parezca a lo que nosotros queremos que sea. Ese es uno de los males del periodismo actual: no adaptarnos a la realidad, sino al revés. En el trabajo del periodista, las redes añaden dos peligros: corren el peligro de trabajar no con la realidad, sino con esa imagen que le aportan las propias redes y además, las redes ofrecen una reacción demasiado directa de tu público en ti que termina por amedrentarte. Hay que vivir sin atender a eso, porque como tener un montón de loros en el hombro diciendo continuamente lo que piensan de lo que haces y así no se puede.

¿Qué sacó al boxeo de la sociedad?

En la Transición, la pedagogía social de lo que debía ser el nuevo español la hizo la progresía y decidió que el boxeo no podía ser una pasión en la nueva era democrática. Esa pedagogía la llevó a cabo el diario 'El País' y no es solo que en el libro de estilo del periódico se prohibiera hablar de boxeo, es que se alentaba a que se dieran noticias negativas sobre el deporte. 'Si un tipo se cae muerto en un ring, cuéntelo usted'. Ahora ha cambiado algo su percepción social y ha entrado en los gimnasios pijos. Hace unos meses, en un anuncio de detergente vi que un niño se había manchado la camiseta boxeando en su jardín. Si para vender detergente usan boxeo es que no está tan mal visto. De repente, esto mola. Ha salido del gueto. Yo me alegro mucho. Me gustaría que en un momento dado, un campeón de boxeo en España no necesitara un segundo trabajo, porque el campeón de pesos medios es jardinero en el Retiro y el campeón de Europa de superligero es chófer de empresa.

¿Cuál es su historia en el boxeo?

Empecé de jovencito porque nos apeteció a los amigos del barrio. Lo dejé durante años y dejé de boxear, no sé porqué, por algún tipo de ciclo de vida. Hace cinco años lo retomé y me arrepiento de los años sin boxear. Me lo paso muy bien. Me ayuda a postergar la idea de que la vejez ya está aquí al lado. Cuando volví, mi mujer me dijo: «Prefiero que la crisis de los 40 te salga boxeando y no follando». Se quedó tranquila. Al retomar el deporte he recuperado el contacto con el mundo de las veladas en el que he entrado de nuevo gracias a Jero García, que es mi entrenador, un ex boxeador profesional y amigo mío. He vuelto a una a edad tardía pero con pasión gigantesca.

En su novela hay un Madrid quinqui que a veces la gente cree extinto.

Ese Madrid es invisible desde este barrio [la entrevista tiene lugar en una cafetería-pastelería del Barrio de Salamanca con paredes de madera y apliques dorados en la que aún no se venden 'muffins']. Existe el Madrid de las bandas latinas, de los gimnasios, los chavales... La ciudad ha cambiado: muchos barrios arrasados por el caballo y la delincuencia en los años setenta ahora son de clase media. Se ha rehabilitado la periferia, pero sigue existiendo ese Madrid chungo en el que los chavales se meten en el gimnasio para evitar otros caminos. También existen esos personajes chungos de barrio supervivientes de los años 80 que ahora tienen 50 y que son los que Jero, que es uno de ellos, define como los tipos de la ley antigua. Esos andan por ahí y hay que respetarlos.

¿Qué te aportan esos tipos?

Mi fascinación es literaria.

¿Hay un honor en ellos?

O no. En el boxeo sí lo hay. Ese deporte siempre ha sido un nido de tramposos, sobre todo entre los promotores, pero entre los luchadores hay una contención de ciertos aspectos de la conducta humana, una educación de lo que tiene que ser un tipo decente que corrige a la persona. Si yo tuviera un chaval amenazado por tentaciones, me gustaría que boxeara.

Es una escuela de vida.

De vivir, de obedecer, de disciplina, de ser valiente, de recibir golpes y de darlos según las reglas, de abrazarte en cuanto suena la campana, de no odiar y de una solidaridad entre compañeros. Siendo el boxeo un deporte individual, el gimnasio es una fraternidad enorme. Es un deporte duro. Los boxeadores se ríen de los futbolistas por lo poco sacrificado que es su deporte. Dicen de ellos que no lo han pasado mal. Ronaldo no se ha llevado una hostia en su vida. No sabe lo que es aguantar un minuto y medio mientras te sangra la boca, sin poder respirar. Esto, desde el punto de vista del boxeo. No digo que los barrios chungos de Madrid estén habitados por buenos salvajes 'rousseaunianos'. ¡Anda que no hay hijoputas!

España ha ejercido una suerte de veneración por el perdedor que no ha existido en la cultura norteamericana.

España es una fábrica de perdedores porque no soporta a la gente que gana. La destruye hasta que la convierte en perdedora y entonces es cuando la acepta, pero primero, la aniquila: «Usted bájese de ahí que no va a ganar». En la cultura sajona hay palabras que tienen un matiz positivo que en España son peyorativas; por ejemplo, ambición. La ambición de una persona que se propone mejorar, subir una montaña, escribir una novela o ganar diez millones de dólares, en Estados Unidos se considera un motor social, lo que mejora el mundo. Lo decían las memorias de Mohammed Alí: fue el más americano porque fue el más ambicioso. Descubrió la fuerza del ego para hacer cosas que engrandecen el mundo, una época y la sociedad. En España, no. Aquí el ambicioso es un hijoputa y hay que derribarlo. Queremos una igualación por abajo, gente que no gane, que no incomode con su ejemplo, que te permita vivir en la pachorra. Hay mucho odiador al que hace cosas, a cualquiera que haga algo. Gusta mucho que todo el mundo pierda: no venga a demostrarnos que se puede ganar. Es un país venenoso. En ese sentido, la cultura sajona me gusta más.

«La esquina es la sangre»

En su novela cita a Bonavena cuando dice que en el ring estás solo porque te quitan hasta el taburete, que estás solo en la lucha. ¿Es así?

En el ring siempre está la esquina. Jero, que tiene boxeadores profesionales, lo miran como si fuera un padre. La esquina te dice qué hacer, te dice qué comer, la esquina te lleva a casa. Te dice que no salgas, que no te emborraches, que no te desperdicies en sexo quince días antes del combate, que no te drogues, que estudies, que apruebes. Te grita y te arropa en la pelea. Conocí a un boxeador Crespo que me decía que si no escuchaba la voz de su entrenador, no sabía qué hacer. Necesitaba sentir que está ahí.

¿Quién ha estado en la esquina de su vida?

Mi familia. No he tenido una situación dramática de vida, salvo cuando perdí a mi padre [murió cuando tenía 15 años]. En mi esquina estaban mi madre y mis hermanas, mi núcleo familiar al que después se incorporaron mi mujer y mis hijas. Y mis amigos. No se necesita más. Tengo un sentido familiar muy fuerte e intento inculcárselo a mis hijos. El otro día, pro ejemplo, en el parque no le dejaba jugar a mi hijo menor porque era pequeño y se lo expliqué al mayor: «Si tu hermano no puede jugar, tú tampoco. Te debes a tu hermano, no a tus amigos». Esa es la esquina. La esquina es la sangre.

¿A quién le ha dado una hostia sin guantes?

Me he peleado como todo el mundo, pero ya no me pego con nadie. Tengo una sensación de pudor. La gente que de mayor se pega en al calle hace el ridículo y mira que me gustaba de joven. Hay un concepto estético a determinada edad por el que uno no se puede pelear. No quita que... El otro día, un conocido de 70 años perfectamente educado le pegó un puñetazo a uno de 30 que lo estaba molestando y lo tumbó. No hay que pegarse, pero si te vas a pegar, da la primera. Que no se te adelanten.