'Con Arroyo muere el pop más español'

Eduardo Arroyo y Fernando Francés./
Eduardo Arroyo y Fernando Francés.
FERNANDO FRANCÉS

Emulando con osadía la Elegía de Miguel Hernández «ha muerto como del rayo Eduardo Arroyo con quién tanto quería». Era un irónico serio, un comprometido activo, un inconformista con causa, un nadador contra corriente. Y también un provocador culto que pintó junto a Aillaud y Recalcati 'Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp', lo que supuso un antes y un después en el concepto individual de la autoría la ruptura definitiva con los cánones de la vanguardia y la ira de los ortodoxos.

Fue un exiliado sin pasaporte del franquismo, un francotirador de necios, un poeta de imposibles, un trovador de anécdotas, un tertuliano incombustible con güisqui o con lo que hubiera, el último en retirarse de la batalla de la conversación y sobre todo de la discusión, no tenía rencor sino memoria y una sonrisa de puñetero gamberro que cautivaba a cuantos lo conocimos, no rehuía combate alguno y quizá por eso le fascinaba el boxeo. Ha sido un divertido impertinente, la voz que nunca adulaba, audaz y honesta, sincera y fiel a su conciencia.

Su opinión siempre estuvo acompañada de una voz poderosa, seca, rotunda, de una entonación que no dejaba espacio para la interpretación de su intención. Y al tiempo su mirada se repartía entre los contertulios marcando autoridad. Y por dentro disfrutaba como un cachorro con el show, una performance que formaba parte de él, que constituía su personalidad extrovertida y generosa con los amigos.

Y también era escritor, escultor, pintor de los que con humor se opuso siempre al totalitarismo. Como artista lo es todo en el arte español del último siglo. El pintor pop del carácter, la iconografía, la identidad de lo español, en todas sus vertientes históricas, populares, literarias, sociales y políticas. Por ello en su obra compartían escenario el deporte y los toros, Franco y el boxeo, mineros y las huellas de Goya, Velázquez, Byron, Benjamin o Baudelaire de quien pintó las flores del mal. Conservo con culto las que me pintó después de publicar ese libro. Amaba con pasión la España democrática y despotizaba con los populismos.

No pocas anécdotas más acumulo con él y todas ellas son verdaderamente graciosas. En las cenas de mi casa cada verano camino de Biarritz, en las nocturnas de la Escuela de Altamira, también visitando las cuevas, cuando comíamos en Madrid o si le comisariaba una exposición, la última en el CAC Málaga con gran parte de su escultura.

En Alsasua hay unos almacenes de pienso, 'Piensos Unamuno', siempre me hizo gracia eso que se ve desde la autopista. Se lo comenté una vez, hace años. Un tiempo después, no mucho, pintó un cuadro con esa disculpa temática. Nada escapaba a su curiosidad ni a su atención, salvo los idiotas. DEP, amigo.

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