Educar en tierra vacía

La escuela rural leonesa lucha por sobrevivir en un entorno de éxodo constante, con la esperanza puesta en que los más pequeños sean el motor que mantenga vivos los pueblos

Alumnos del colegio de Villasinta de Torío, en el que cinco pequeños de edades diferentes comparten aula. / Noelia Brandón
NACHO BARRIO y NOELIA BRANDÓN Villaquilambre

En el recibidor del Centro de Educación Infantil y Primaria de Villaquilambre se respira en la mañana de hoy una tranquilidad extraña. Algo así debe ocurrir en el campo de batalla minutos antes de que la calma desaparezca. Los pasillos impolutos, los murales intactos. A lo lejos, dos pájaros se pelean por las migas de un bocata del día anterior. Queda poco para el recreo y se podría decir que las escaleras se temen la que les espera cuando suene el timbre.

Cerca de 160 alumnos van a clase cada día en Villaquilambre, uno de los dos colegios que forman el Centro Rural Agrupado. No faltan las carreras, los gritos, las risas y los juegos. Las aulas están llenas, dando muestra de un municipio del alfoz leonés que cuenta con población llamativamente joven a escasos kilómetros de la capital.

El CRA vive un continuo aumento de matrículas, por lo que ha sido necesario llevar a cabo transformaciones no sólo en el aspecto jurídico y organizativo, sino también en sus instalaciones, al crearse un centro completamente nuevo donde se ha situado la nueva cabecera. La previsión es positiva, de tal manera que en poco tiempo la ratio por aula será aún más elevada.

Pocos kilómetros, diferente realidad

Pero a escasos cuatro kilómetros arriba se encuentra el colegio de Villasinta de Torío. Aquí la realidad es totalmente diferente. «La enseñanza, el profesorado, el método y los libros son los mismos que en Villaquilambre, la única diferencia real es que en Villasinta hay un profesor para cinco alumnos», explica Andrés Valbuena, director del Centro Rural Agrupado. A su juicio, el inconveniente es la socialización: «Aquí en Villaquilambre hay 160 niños que en el recreo pueden jugar, pero la realidad es que los de Villasinta son muy sociables».

En esta mañana soleada toca repasar las partes del cuerpo humano. Tres de los cuatro alumnos que hoy han ido a clase contestan a las preguntas del profesor mientras que el otro, más pequeño, realiza un dibujo siguiendo los puntos dibujados.

«La educacion no es una cuestión de rentabilidad y la administración lo está haciendo bien en este sentido. Tener un profesor solo para cuatro niños desde un punto de vista económico seguro que no es rentable, pero la apuesta es educar a los niños y tenemos la suerte de que lo están haciendo donde sus familias quieren», defiende el director.

El caso de Villasinta es un ejemplo cercano a la capital de la realida de la escuela rural leonesa. Un paisaje montañoso y la gran extensión de la provincia dificultan la subsistencia de las familias en una era en la que la comunicación permite trabajar desde cualquier punto del planeta, algo que parece no traducirse en vida en los pueblos.

«Anteriormente la ley permitía tener un aula abierta con cuatro alumnos y ahora en Villasinta hay cinco. Estamos ante un ejemplo claro de un aula que subsiste», esgrime Andrés Valbuena mientras enseña el aula, en el que Daniel del Blanco se encarga de los pequeños.

El patio del colegio no es particular, como cantaba la canción, sino municipal. El aula comparte espacio con el pueblo, aunque los vecinos cuidan del mismo y de los alumnos como si fueran un tesoro. «A nivel de centro sabemos que es necesario que tengan relación con otros niños, con un abanico más amplio. Todas las actividades que se llevan a cabo en Villaquilambre se les ofrece a Villasinta»,explica el director.

La experiencia del profesor es la de dividirse entre los dos colegios. «Es una experiencia bastante gratificante, es algo nuevo, es algo diferente, a priori puede parecer algo sencillo pero tiene sus dificultades. Aquí tenemos tres niveles diferentes, por lo que tienes que dar tres clases a la vez», relata Daniel del Blanco, que apunta que «la educación es muy individualizada, avanzamos al ritmo que nos va pidiendo el niño».

Aunque la labor de los profesores rurales es digna de aplauso, su nivel de estrés es notable. «Yo al final no tengo un minuto libre porque tienes que estar atendiendo tres niveles, en una clase al uso suelen ir todos al mismo ritmo», comenta Daniel del Blanco.

La aventura de aprender en tierra vacía sigue siendo un reto cuestionado por los balances económicos. Un reto que merece la pena cuando los pequeños de las zonas rurales tienen las mismas oportunidades que los de las grandes urbes. Porque la educación pública no debería entender de habitantes.

 

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