Historia habitada

Los paradores alivian la desolación de la España vacía. El 70% se ubican en municipios con menos de 35.000 habitantes

El parador de Cuenca se encarama a la Hoz del Cuércar. /R. C.
El parador de Cuenca se encarama a la Hoz del Cuércar. / R. C.
Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUAMadrid

Castillos, historia, armaduras, leyendas, sabor genuino. Son los elementos con los que se adereza el hospedaje en un parador. Solo en estos alojamientos se puede disfrutar de la paz que destilan los monasterios y la suntuosidad de los palacios. Visitar sus estancias permite degustar los sabores recios de la cocina regional y hacerse una idea de cómo fue la cuna de un sinfín de personajes ilustres. Pero más allá de las gratificaciones que reporta al viajero, de no ser por estos hoteles muchos lugares del solar nacional permanecerían desiertos, absortos en un limbo que nadie quiere visitar. Gracias a sus atractivos, la España vacía está algo más concurrida.

El 70% de los paradores se afincan en municipios con menos de 35.000 habitantes, lo que los convierte en una barrera contra la despoblación y puerta de acceso a entornos rurales. No hay que olvidar que algunos establecimientos se asientan en páramos demográficos. Así, hay paradores en Alarcón (Cuenca), con 154 habitantes, Gredos (Ávila), con 434 vecinos, y Bielsa (Huesca), con 476.

Sos del Rey Católico (Zaragoza) es un pueblo de calles empedradas, casas con aleros de madera y ventanas góticas y renacentistas. Es una villa con historia, cuya existencia se remonta al siglo X, pero amenazada por el síndrome del desierto poblacional. Con un censo oficial de 588 habitantes, ha logrado, sin embargo, mantener abierto el colegio y el centro sanitario de atención primaria, lo que Héctor Carril atribuye al parador, del que es director. «Sos del Rey Católico se ubica en la comarca de las Cinco Villas, de la que fue capital, y llegó a tener hasta 3.500 vecinos en sus mejores tiempos, pero la despoblación ha hecho mella en él. La propia existencia de un parador hace aflorar casas de turismo rural, hostales, asadores o cafeterías. La industria reconoce que somos un foco de atracción de turistas, pues quien come en el parador se acaba llevando un recuerdo o un producto local», explica Carril.

Granada, Aiguablava y Alarcón. / R. C.

Cliente extranjero

Por su proximidad con Francia, el parador zaragozano suscita el interés del extranjero. La clientela del hotel público de Sos del Rey Católico se nutre de un huésped que en el 45% de los casos es foráneo, que ha leído sobre el lugar y se siente interesado por el paisaje, las juderías, el románico y el arte mudéjar.

Noventa años después de su creación, la cadena hotelera sigue fiel al espíritu fundacional de conservar edificios históricos, algunos de los cuales estaban al albur de la dejadez. Lo meritorio, además de salvaguardar el patrimonio, ha sido crear riqueza allí donde se amontonaban cascotes y polvo. Dinamizar la economía era a lo que se aspiraba cuando el rey Alfonso XIII donó su pabellón de caza en Gredos para crear el primer parador, en 1928.

Parador de Toledo.

En un país dotado de una excepcional infraestructura hotelera, la red de paradores, compuesta por 96 hoteles en España y uno en Portugal en régimen de franquicia, invierte en lugares de donde la iniciativa privada suele desertar. Su misión no se ciñe solo a buscar la rentabilidad económica, sino a incentivar el turismo interior, cultural y gastronómico. Por añadidura, pronto se añadirán a la red nuevos establecimientos como Veruela (Zaragoza), Muxía (A Coruña), Molina de Aragón (Guadalajara), Morella (Castellón) e Ibiza.

Pasados los años más duros de la crisis, el presidente de Paradores, Óscar López, descarta la privatización de la empresa. «Es algo inviable. ¿Se debe dar la gestión a la iniciativa privada de edificios que están dentro de la Alhambra de Granada o de otro que está frente a la catedral de Santiago, en la plaza del Obradoiro? Parece un poco ridículo. Además, se trata de una empresa pública que está dando beneficios y los va a seguir dando», asevera López.

La firma posee un parador ubicado en el extranjero, Casa da Ínsua, una espléndida casa solariega del siglo XIV enclavada en Penalva do Castelo (Portugal) que se gestiona en régimen de franquicia. A Paradores Nacionales no dejan de llegar ofertas para abrir nuevos centros bajo esta fórmula. «Nos han presentado muchas peticiones planteadas desde Portugal, Francia e incluso España. Estamos estudiando si se profundiza en la vía de la franquicia, pero si explotáramos este sistema dentro de España tendríamos que tener cuidado para no crearnos competencia interna. Sería cuestión de presupuestarlo y hacer un plan de negocio con seriedad. Fuera del país lo veo con más claridad. ¿Por qué no un parador en Marruecos?», se pregunta Óscar López.

Parador de Hondarribia.

Otra línea de negocio que tienen en cuenta los gestores de la empresa es la consultoría: dar a conocer la experiencia acumulada durante casi un siglo.

En pleno cruce de caminos entre la Costa da Morte y el Camino de Santiago, se encuentra Muxía, donde abrirá sus puertas un parador el año que viene. La idea de este negocio nació hace casi 17 años, cuando se produjo el hundimiento del 'Prestige' y se precisaban políticas para sortear el desastre ecológico. Entonces se pensó que una de las mejores formas de revitalizar la zona sería la creación de un hotel perteneciente a la sociedad estatal. Enclavado en la playa de Lourido, a solo dos kilómetros de Muxía, un edificio de nueva planta con seis niveles escalonados ofrecerá unas vistas cautivadoras al mar abierto. «Será un importante revulsivo para la zona de la Costa da Morte, sobre todo teniendo en cuenta que en 2021 se celebrará el Año Xacobeo», asegura Francisco Plaza, director del parador de Baiona y de la zona norte de la compañía.

«Es muy complicado que a Paradores le salga competencia. Lo más parecido son las 'pousadas' de Portugal» Francisco Plaza

De hecho, algunos comerciantes del municipio ya han remozado sus locales para estar listos en la temporada de Semana Santa del año que viene, fecha en que está previsto se inaugure. «Es muy complicado que a Paradores le salga competencia. Lo más parecido son las 'pousadas' de Portugal, pero allí la iniciativa privada es la que gestiona la empresa pública», argumenta Plaza.

Muxía, Sigüenza y Arcos de la Frontera. / R. C.

Ruinas recuperadas

El principal inconveniente de gobernar toda esta infraestructura es su oneroso mantenimiento. No en balde, 31 paradores se encuentran en enclaves históricos de Bienes de Interés Cultural (BIC).

Al norte de Orense, es aconsejable hacer una parada en el monasterio de Santo Estevo. En plena Ribeira Sacra, el lugar es un mirador privilegiado para solazarse contemplando los cañones del Sil. El edificio, avecindado en una antigua comunidad de eremitas que data del siglo X, se levanta sobre un rellano de la escarpada ribera. Santiago Carrera, director de este hotel, cree que la construcción del parador supuso un cambio de tendencia: «La zona tenía un potencial turístico enorme, pero carecía de servicios y estaba poco publicitada. A raíz de la apertura de los paradores de Monforte y Santo Estevo, el primero en 2003 y el segundo en 2004, se inauguraron un balneario en Ferreira de Pantón (Lugo), equipado con un campo de golf de 18 hoyos, y un hotel de cinco estrellas en el Palacio de Sober. Además, las bodegas del lugar empezaron a ampliar su oferta con salas de cata».

Santo Estevo.

La rehabilitación de Santo Estevo exigió hacerse cargo de un monumento en ruinas que hace tres décadas era desvalijado por los lugareños, que aprovechaban las piedras centenarias para construir sus casas y muros. Pero, además, el alojamiento insufló oxígeno al empleo de la comarca. «Tenemos la obligación de contratar a gente de la zona, si bien determinados puestos que demandan una mayor cualificación son más difíciles de cubrir con la oferta local», explica Cantera.

Sigüenza, que no alcanza los 5.000 habitantes, tiene ahora dos restaurantes con estrella Michelin

El parador de Sigüenza, ubicado en una antigua fortaleza del siglo XII con un vago aire renacentista, corona una loma que contrasta con el color rojizo que tiñe las piedras de la ciudad. Su director, Fernando Tizón, es testigo del impulso que ha imprimido el negocio a la villa y a la propia comarca. «En 1992 el parador se cerró porque se acometió una reforma integral y entonces el 80% de los negocios sufrieron lo que no está escrito. Al calor del parador surgieron un montón de negocios: pequeños hoteles, casas rurales, tiendas de recuerdos... Sigüenza, que no alcanza los 5.000 habitantes, tiene ahora dos restaurantes con estrella Michelin: El Doncel y El Molino de Alcuneza, lo cual coloca a la localidad en el disparadero gastronómico», sostiene el director del negocio.

El lastre que arrastra el lugar, que discurre por los Pueblos Negros y el alto Tajo, se llama declive demográfico. «Trabajo hay, pero se reduce al turismo, el campo y la ganadería. Confío en que si estos pueblos se dotan de tecnología, la gente regrese y vuelva a los orígenes, porque la calidad de vida es infinitamente mejor aquí que en las ciudades», alega Tizón.

Fidelidad del cliente y marca de prestigio

Pocas empresas hoteleras han captado clientes tan fieles como Paradores. Fernando Tizón, con una larga trayectoria en la firma, ha visto cómo algunos clientes hacen lo imposible por alojarse en todos y cada uno de los 97 paradores de la red. Hay hasta quien llega a repetir estancia. La empresa cuenta con una base de datos de un millón de personas que disponen de la tarjeta 'Amigos de Paradores'. Tizón ha hecho tan buenas migas con sus huéspedes que incluso algunos de ellos fueron a su boda.

Para el director del establecimiento de Sigüenza, la cadena tiene dos grandes ventajas: su marca es sinónimo de prestigio y su éxito es tal que quien come o duerme en uno de estos lugares jamás dice que se ha alojado en un hotel, sino que lo ha hecho en un parador.

El hecho de pertenecer a la red garantiza en ciertos casos el desarrollo turístico del municipio y sus alrededores. «Yo abrí el de Lerma, cuyas calles traseras eran auténticos caminos de tierra. Pues bien, en apenas diez años el sitio experimentó un cambio radical. Casa da Ínsua era un hotel con un índice de ocupación del 20%. En cuanto se convirtió en parador la cifra se disparó a un 95%. La gente adora los paradores», anota el gestor.