Hombres de día, reinas de noche

En su jornada habitual son Nacho y Pedro. De madrugada, DiCarlo y Barbarella. Los últimos transformistas asturianos hablan de un arte que sobrevivió al franquismo y hoy se reinventa

Hombres de día, reinas de noche
Azahara Villacorta
AZAHARA VILLACORTAGijón

Sábado de madrugada en un club a escasos metros de la sede regional del PP. La sala está a reventar porque los carteles anuncian que hoy actúan DiCarlo y Barbarella. Dos supervivientes y, sin embargo, amigas «con vidas paralelas». Porque, tras los nombres de guerra, bajo las pelucas, las boas y «el brilli-brilli», se esconden Nacho Riveiro y Pedro Albillos, 62 y 67 años. «Somos más viejas que Franco», se ríen, se piropean, se jalean, se lo siguen pasando bien juntas a pesar del ictus de Nacho y de la operación a corazón abierto de Pedro y de que cada vez las matan más los taconazos interminables. Dos de los nombres de referencia en el transformismo asturiano por más que, a plena luz del día, cuando los focos se apagan, no sean más que dos hombres cualquiera que, desde que eran muy pequeños, sabían lo que querían ser.

«Yo, desde que tenía tres años, tenía muy claro lo que me gustaba y lo que no. Ytú también, ¿no?», presume Nacho, gijonés con casa en Oviedo, que un día, con la mili ya hecha, se presentó a un concurso en un pub del Muro «vestido casi de 'Flor de Otoño'». Yganó, claro.

Era el inicio de una carrera que llega hasta hoy y que lo llevó a convertirse en DiCarlo. «Sonaba bien». Una de las grandes figuras de esta disciplina en la que el artista masculino encarna la feminidad y que tiene mucho de transgresión, de confrontar los estereotipos sociales y de género, las fronteras sobre el cuerpo y la conducta. Porque, cuando DiCarlo sale a un escenario, además de interpretar a Marifé o a Juana Reina 'playback' mediante, sale a provocar a un público mayoritariamente gay que va buscadoque lo interpelen. «Y eso también es un arte. Porque cualquiera que dijese lo que dice Nacho sería un borde que no tendría ninguna gracia y a lo mejor le partirían hasta la cara. Pero lo dice Nacho y todo cambia», apunta, pasándole la brocha de los polvos, Pedro, un madrileño que llegó a Asturias hace más de veinte años tras recorrer medio mundo y empezar como patinador sobre hielo en el circo de Ángel Cristo y Bárbara Rey, además de trabajar con Teresa Rabal o con Gaby, Fofó y Miliki. «Y, de Bárbara, lo de Barbarella», cuenta mientras empieza a maquillarse, un proceso que se prolonga durante más de una hora, y recuerda que, al principio, «las cejas salían cada una a una altura y los labios, a su manera. Íbamos pintadas como loros, pero las compañeras siempre te decían:'Estás divina'».

El gijonés DiCarlo es uno de los nombres de referencia en el transformismo asturiano.

Hoy, casado con Alberto, un asturiano de Nava, y afincados en Teverga, Pedro está jubilado y cobra «una pensión pequeña», pero sigue actuando en ocasiones especiales por placer. «Y,haga lo que haga, lo borda. Especialmente, a Liza Minnelli», anota Nacho en el preciso momento de hacerse el pómulo.

A Pedro, que tuvo otros mil oficios, lo sacaron del armario «del vedetismo» por una de esas casualidades de la vida. «Resulta que me fui a actuar a Tánger para el turismo y una vecina de mi madre que estaba allí de vacaciones me vio y, al llegar a Madrid, la faltó tiempo para decírselo. Pero no en casa, no. ¡En medio de la pescadería! Así que, ya de paso, se enteró medio barrio».

A Nacho, que de aquella trabajaba en una cafetería del paseo de Begoña, no hizo falta que nadie lo sacara porque «aquí todo se sabe». «Allí casi todo el mundo era de ultraderecha. Con decirte que la dueña era de misa tres veces al día... Iba por la mañana, por la tarde y a la novena de por la noche».

«Llegaba la Policía y decía: 'Las misses, al furgón'. Y todas a comisaría»

«Llegaba la Policía y decía: 'Las misses, al furgón'. Y todas a comisaría»

Él nunca sintió más rechazo que el inicial de su familia, que estuvo tres días sin hablarle, pero «luego llevaban a medio barrio» a verlo actuar.«Gijón es muy abierta. La gente miraba por la cristalera a ver si me veía y me acuerdo de que una señora vino a saludarme y después, muy seria, les dijo a sus amigas:'Es la primera vez que le doy dos besos a un travesti'». Uno de esos travestis que empezaron a hacerse populares a finales del XIX imitando en el vestuario, los gestos y la voz a las grandes de la zarzuela y el cuplé y adoptado luego la racialidad de las folclóricas, con sus abanicos y sus batas de cola, y que, mediado el XX, aún eran una rareza que viajaba por los pueblos de España en inventos como el Teatro Chino de Manolita Chen.

Eran los tiempos en los que la Ley de Vagos y Maleantes servía para vejar y encarcelar a los homosexuales con garantías jurídicas y en los que Nacho tuvo que sacarse el carné que lo acreditaba como «actor fonomímico». Pero ni siquiera la mano siniestra del régimen franquista logró terminar con la alegría clandestina de aquellos primeros espectáculos en locales que colocaban una luz roja en los camerinos a modo de advertencia. «Llegaba la Policía y decía:'Las misses, al furgón'. Y todas para comisaría. Se reían un rato y, después, nos soltaban», hace memoria ya transformado en DiCarlo, quien, con el sátrapa muerto, viviría la eclosión del género en los dorados ochenta, «una época maravillosa en la que Asturias fue el olimpo del transformismo junto con Madrid, Barcelona y Valencia».

A sus 67 años, Pedro Albillos ya está jubilado, pero sigue actuado en ocasiones especiales por puro placer.

Años en los que cada noche, en el Eros, el mítico club de la playa, «había hasta once actuaciones. Empezaron a llegar una brasileñas impresionantes y por allí pasó media Asturias y gente muy famosa. Miles de historias que si yo te contara...». Como aquella vez que Nacho terminó con una pistola puesta sobre la mesilla. O aquella otra en la que, cuando Pedro se quitó la peluca al terminar de cantar, alguien gritó desde la primera fila:«¡Pero si es un maricón!».

La Pechines, la Gene, la Loba... Fueron solo algunos nombres de aquellas artistas asturianas que desafiaron a la dictadura y que, a día de hoy, nadie ha reconocido como sí se ha hecho con figuras nacionales como Paco España. «Algunas murieron y otras están enfermas o retiradas. Fueron tiempos muy duros. La coca, el alcohol y el sida hicieron estragos. Fue espantoso la de gente que enterramos... Nosotras sobrevivimos porque nunca nos gustó beber ni drogarnos», reconoce Pedro, que hoy vuelve a tener miedo:«No me importa decirlo. Tengo miedo a Vox porque estaba en Sevilla cuando Fuerza Nueva nos insultaba y nos pegaba por la calle. Lo pasamos muy mal y esto que estamos viendo no me gusta nada». Nacho, en cambio, se niega a sentirlo ahora que sigue poniendo copas tras una barra y solo actúa de vez en cuando:«Si no lo tuve entonces, no lo voy a tener ahora». Y desvía la charla «hacia lo bueno que está Abascal. Seguro que en casa se viste de muyer».

Es el espíritu provocador de DiCarlo y Barbarella, precursoras de esas drag-queens que, con mucha más estética que ideología, hoy animan saraos, despedidas de solteros y cenas-baile, la enésima reinvención de un género que cuenta entre sus exponentes frikis con Carmen de Mairena o la desaparecida Veneno y que hoy triunfa en las grandes capitales con festivales travestis como 'Que trabaje Rita'. «Yo no sé lo que sentirán ellas, pero lo que nosotras sentimos es que somos estrellas, reinas de la noche. Lo que siempre quisimos ser». Y es bien sabido –lo dijo la Agrado de Almodóvar– que una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma.

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