El gorrioncillo valiente

Cada vez se acercan más a los humanos porque han aprendido que si no se espantan obtendrán alimentos. Lo que estos pájaros desconocen es que la comida basura perjudica su salud

El gorrioncillo valiente
JAVIER GUILLENEA

Antes eran las palomas. Nos sentábamos en la terraza de un bar y aparecían ellas dispuestas a buscar comida entre nuestros pies o asaltar las mesas recién abandonadas, aún con los restos del desayuno. Ahora siguen llegando, pero no están solas. Ya no son las únicas que buscan alimento en nuestras sobras. Se les ha unido el club de los gorriones. El Passer domesticus es pequeño, muy ágil, persistente e inteligente. Tampoco es que necesite mucha más presentación porque es una de las aves más comunes que existen. Es un pájaro que hemos visto toda la vida; se podría decir que nos ha acompañado desde nuestro nacimiento, que forma parte de nuestro paisaje vital, de nuestros recuerdos visuales y auditivos, y también que nos resulta mucho más simpático que las palomas. Se les ve tan frágiles y vulnerables que despiertan un difuso instinto maternal. Dan ganas de cuidar a los gorriones. O daban.

Vamos a la terraza del mismo bar, nos disponemos a sentarnos en una silla y nos detenemos ante la visión de un reguero de excrementos en el respaldo. Apoyamos la mano en la mesa para mirar mejor y sentimos algo resbaladizo bajo la palma. Hemos aplastado un montoncito de los mismos excrementos, todos ellos producidos por nuestro amado gorrión.

Cada vez se acercan más a nosotros; es como si nos hubieran perdido el respeto y no les diéramos miedo. Hace años estos pequeños pájaros solo se dejaban observar a distancia; en cuanto nos acercábamos a ellos huían volando, pero su actitud ha cambiado. En vez de escapar, se posan en el respaldo de una silla, a medio metro escaso de distancia, y ahí se quedan, a la espera de que caiga algo mientras miran a su proveedor de alimentos con la cabeza ladeada. A veces da la impresión de que están por todas partes, de que nos tienen rodeados.

Hace unos 10.000 años, los gorriones se dieron cuenta de que junto a nosotros la vida les era más fácil. Desde entonces nos han seguido a todas partes y han desarrollado una relación de dependencia con los humanos tan estrecha que es casi imposible hallar este tipo de pájaros lejos de los núcleos habitados por el hombre. A diferencia de las zonas rurales, en las urbanas hay mucha más comida y menos depredadores. Además, caen bien y algunos parecen saberlo.

«En las ciudades, sus distancias de huida son más pequeñas que en el medio natural, se han acostumbrado a estar más cerca de nosotros, lo que para ellos es una ventaja adaptativa», explica Beatriz Sánchez, responsable de Biodiversidad Urbana de SEO Birdlife. Los gorriones se han percatado, por ejemplo, de que cuando un humano pasa cerca de su nido les trae cuenta soportar su cercanía. Cuanto más resistan sin escapar, más tiempo podrán pasar protegiendo a sus pollos.

En su proceso de adaptación, saben también que el mundo es de los audaces. «Los individuos más osados, los que aguantan la presencia humana sin espantarse, viven más y tienen más descendencia que los tímidos», dice Mario Díaz, ornitólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales. En el mundo de los gorriones, la valentía sale rentable. «El que aguanta más, tiene más tiempo para encontrar comida; los que se espantan, acaban muriendo de hambre».

El proceso de selección está en marcha. Los pollos aprenden de sus padres que permanecer junto a los humanos es beneficioso para ellos y resisten más segundos sin escapar, pero aún es pronto para saber si acabarán tomándose tantas confianzas como las palomas. Quizá nunca se sepa, porque puede que sea tarde para comprobarlo.

Sin insectos

En su mayor cercanía con el hombre está su éxito, pero también su fracaso. Los gorriones son granívoros, aunque tampoco les hacen asco a los bichos. Durante la época de cría, deben encontrar cantidades significativas de insectos para alimentar a sus polluelos y darles así las proteínas necesarias para desarrollar sus músculos y plumas lo antes posible. Es un objetivo cada vez más difícil de lograr en las ciudades, donde la falta de zonas verdes o el uso excesivo de plaguicidas fitosanitarios han mermado considerablemente la población de insectos.

A falta de otra cosa que llevarse al pico, los gorriones recurren a lo que tienen más a mano, que somos nosotros. «Toman comida procesada, que está perjudicando su salud», se lamenta Mario Díaz. En terrazas, calles y papeleras han encontrado un supermercado repleto de pan, bollos, azúcar, pizzas..., los restos que vamos dejando los humanos. Son los pájaros más atrevidos los que se llevan la mejor parte de estos alimentos, sin saber que, con este triunfo adaptativo, perjudican a los suyos. «Están alimentando a sus pollos con comida basura y, aunque se desarrollen, su condición física es peor», asegura Beatriz Sánchez.

Frágil equilibrio

Incomodidades urbanas
Pese a que la ciudad es un buen refugio para los pájaros, también es un lugar que les puede resultar incómodo. El ruido del tráfico está perjudicando a las aves urbanas, cuyos machos tienen que modificar su canto para que se les oiga durante la época de celo. La contaminación lumínica, acrecentada con las luces led, también está cambiando sus ciclos vitales. Para ellos no hay día ni noches.
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millones es la población estimada de gorriones en España. En 1998 se calculaba que su número ascendía a 163 millones. Entre 2008 y 2018, la especie ha experimentado un descenso poblacional del 21%. En ciudades como Londres o Bruselas están casi extintos.
Exterminio en China
En 1958, el Gobierno de Mao Zedong puso en marcha una campaña para acabar con los gorriones, a los que se acusaba de comerse el grano de las cosechas en China. Su exterminio trajo consigo grandes plagas de langostas, que entre los años 1959 y 1961 arrasaron los cultivos y mataron de hambre a entre quince y treinta millones de personas.

En un reciente estudio sobre el gorrión común, SEO Birdlife menciona a los investigadores que han llegado a la conclusión de que la excesiva ingesta de restos de comida humana «parece no aportar a las aves la cantidad necesaria de nutrientes esenciales como ácidos grasos, vitaminas o minerales». Este efecto, sostienen, «es peor en el caso de las crías, ya que, al igual que ocurre con el crecimiento, se sabe que un déficit de alimentos ricos en antioxidantes durante el desarrollo compromete el funcionamiento de sus defensas en la vida adulta».

La mala alimentación es uno de los motivos que parecen explicar el alarmante declive de la población de gorriones en toda Europa. En Londres han desaparecido entre el 90 y el 95% de los individuos de esta especie, al igual que en Glasgow, Edimburgo y Dublín. En ciudades como Bruselas, Amberes, Gante o Hamburgo, estos pájaros están casi extintos y su número ha disminuido drásticamente en Berlín, París y Praga. Según SEOBirdlife, se estima que, entre 2008 y 2018, «la especie ha sufrido un descenso poblacional del 21%, lo que implica unas pérdidas del orden de 30 millones de aves en tan solo una década».

Emigración

No se conocen muy bien los motivos, pero hay una lista de candidatos. «El aire de las ciudades está más contaminado, las calles están en general cada vez más limpias, con menos basura, y hay menos insectos en los parques», enumera Mario Díaz. Beatriz Sánchez añade a esta lista los nuevos diseños arquitectónicos de las ciudades. «Muchos edificios son de cristal o planchas de cemento y cuando se rehabilitan los inmuebles antiguos se tapan todos los huecos para mejorar su eficiencia energética. Los gorriones cada vez encuentran menos lugares donde anidar».

Para huir del desastre, muchos han optado por emigrar desde los núcleos urbanos hasta la periferia, donde ya han comenzado a dar problemas. «Se han desplazado a las áreas industriales, a lugares donde hay instalaciones de logística alimentaria», revela Jonás Sánchez, portavoz de la Asociación Nacional de Empresas de Control de Plagas (Anecpla), cuyos miembros atienden un creciente número de llamadas de empresas asediadas por los gorriones. «Los excrementos se acumulan en zonas donde se almacena pan de molde, arroz o azúcar, y son un peligro para la salud. Además, anidan bajo las tejas y acaban levantándolas», argumenta Sánchez.

La solución no pasa por acabar con los pájaros, sino por «retirar sus nidos o taparlos tras la cría para que no vuelvan a ser ocupados y buscar otras zonas donde puedan ir y tenerlos vigilados. No se trata de hacer desaparecer una especie, sino de convivir con ella, de buscar un punto de equilibrio», recalca el portavoz de Anecpla.

Las cifras del declive son preocupantes, pero no lo parecen tanto desde la terraza de un bar a la hora del aperitivo. Allí abundan los gorriones, no dan la sensación de ser una especie en retroceso, pero es que tampoco tienen muchos más lugares donde ir. «Como tienen menos recursos, acaban acumulándose a nuestro alrededor», apunta Beatriz Sánchez. Mario Díez lo expresa de otro modo. «Los gorriones no tienen opción de irse de las ciudades, no saben vivir sin nosotros». De alguna manera, somos los barrotes de una jaula cada vez más pequeña. A su vez, ellos son una especie de termómetro que anuncia el futuro que nos aguarda. «Lo más preocupante es que sospechamos que los factores que causan el declive de los gorriones también están afectando a los humanos», advierten los expertos.