El futuro de las ciudades ya está aquí: así es la fiebre de los vehículos ecológicos compartidos

Ya sea en coche, patinete, moto o bicicleta, el concepto 'sharing' ha calado en los hábitos de muchos ciudadanos que quieren una entorno sin contaminación y una movilidad alternativa al coche propio

Virginia Carrasco
Virginia Carrasco
VIRGINIA CARRASCOMadrid

¿Quién no ha usado alguna vez un coche, un patinete, una bici o una moto compartida? ¿O conoce a alguien que lo ha probado? De un tiempo a esta parte, el concepto 'sharing' de movilidad urbana se ha instalado en las ciudades. La diversificación y el mayor número de vehículos ofertados no hacen sino suponer que este nuevo paradigma ha llegado para quedarse. Son rápidos, eficaces y tienen cero emisiones. Las ventajas para el usuario son muchas: coge el vehículo más cercano cuando lo necesita, solo le cobran por el rato que lo use y puede dejarlo aparcado sin pagar por el estacionamiento.

«Los nuevos modelos ofrecen a los usuarios más alternativas al vehículo privado», afirma Anna Merino, portavoz de Smart Mobilty, una plataforma que agrupa a siete operadores de motos y bicis compartidas que engloban entre todos una flota de 7.000 vehículos, entre motos y bicis. Las previsiones son halagüeñas. Según la Asociación Española de Car Sharing (AEC), hay unos 450.000 clientes registrados en nuestro país usuarios de este tipo de movilidad que lo utilizan en su modalidad 'round trip', es decir, el alquiler de ida y vuelta, similar y sustitutivo del coche privado o el servicio 'free floating' entendido como coches sin base fija y de uso flexible dentro de una zona delimitada. Estas nuevas opciones de movilidad conforman un sector con vocación nacional que espera crecer en número de usuarios pero que a día de hoy aún no está maduro.

Regulación

«El principal inconveniente de estos vehículos compartidos es que usan la vía pública y por lo tanto se tienen que aparcar en un espacio público», avisa Merino. «Esto hace que los ayuntamientos en algunos casos tengan problemas o no sepan cómo gestionar todo este tipo de vehículos en la ciudad». Algunos operadores apuestan por una colaboración público privada, donde las empresas quieren erigirse como interlocutores necesario del cambio. Y es que el gran reto de esta nueva movilidad es lograr una regulación básica específica.

En Europa, en líneas generales, ni se prohíbe ni se bloquea, pero tampoco existen regulaciones claras, lo que implica cierto clima de expectación. Barcelona ha aprobado la modificación de las ordenanzas fiscales para cobrar 71 euros año por cada bici o moto compartida que ocupe el espacio público. En Madrid, por el contrario, los coches compartidos no pagan por el estacionar en zonas públicas al tratarse de vehículos de cero emisiones. Valencia, que también trabaja en una regulación municipal, baraja incluir tasas por estacionamiento en el espacio público. «Yo creo que en la mayoría de las ciudades hay cabida para que existan operadores de movilidad compartida y tarde o temprano acabarán entrando», afirma Anna Merino. «Es un problema de rentabilidad y riesgo regulatorio».

Lo que parece indiscutible es que a pesar de la disparidad de cifras, normativas, y empresas, nadie discute que el transporte compartido y sostenible ha llegado para quedarse.

Virginia Carrasco
La movilidad en España

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