Turbulencias ecologistas para el príncipe Enrique

El hijo de Carlos de Inglaterra es criticado por desplazarse en un contaminante jet privado a un congreso contra el cambio climático

Enrique y Meghan bajan de un avión en uno de sus viajes./Reuters
Enrique y Meghan bajan de un avión en uno de sus viajes. / Reuters
P. PEREA

Greta Thunberg, la adolescente sueca que lidera el colectivo Fridays for Future con el propósito de revertir los hábitos de consumo que están destrozando el planeta, llegó la semana pasada a Nueva York para asistir a un simposio sobre el calentamiento global después de viajar desde Europa a bordo de un ecológico –pero también lento, incómodo y frágil– velero. El príncipe Enrique de Inglaterra viajó este martes a Ámsterdam en un vuelo privado para participar en otro congreso contra el cambio climático. La diferencia entre las fórmulas escogidas por ambos para desplazarse no ha pasado inadvertida para los colectivos medioambientalistas británicos, y ya se han hecho oír las primeras voces críticas que censuran el «ridículo» comportamiento del hijo menor del príncipe Carlos, otro adalid de la sostenibilidad, al hacer patente que una cosa es predicar y otra dar trigo.

Algunos han recordado que un tren directo Eurostar tarda apenas tres horas y 41 minutos en recorrer la distancia entre el centro de Londres y la capital holandesa por el Eurotúnel, y que mientras que un viaje aéreo genera por término medio 285 gramos de CO2 por kilómetro y pasajero transportado –más aún en el caso de un jet privado puesto al servicio de una sola persona–, el tren produce 14 gramos; es decir, veinte veces menos.

El príncipe tuvo que salir a la palestra apelando a la seguridad –«En ocasiones, viajar en avión es la única forma de garantizar que mi familia no corre riesgos», arguyó– y recordando, por si en su caso cupiera alguna duda, que «nadie es perfecto».

En el mundo real

El reputado medioambientalista británico Tony Juniper, que preside la ONG Natural England y ha colaborado con Enrique en causas ecologistas, salió en defensa del príncipe, que «ha dedicado grandes esfuerzos a la concienciación ciudadana y a colaborar en el progreso de los asuntos de la conservación. Pero, como cualquier otra persona, tiene que lidiar con las circunstancias del mundo real y con el hecho de que no existen aviones de cero emisiones. Volar menos es, por supuesto, un mensaje clave que tenemos que hacer oír, pero muchos ecologistas usan aviones para hacer posible su trabajo y, en la posición del príncipe, a menudo no tiene alternativa a ellos, incluso por motivos de seguridad».

Juniper recordaba que, paradójicamente, los ingresos procedentes del turismo que llega por avión a zonas amenazadas del planeta pueden ayudar a cambiar esta situación, y puso el ejemplo de Costa Rica, que ha revertido con estos recursos la desforestación de sus selva.

Para otros, sin embargo, el auge del transporte aéreo se ha convertido en una amenaza de primer orden que debe ser atajada de raíz. Greenpeace aprovechaba este revuelo para pedir más impuestos al queroseno, tasas a la emisión de gases de efecto invernadero y vetos a nuevos aeropuertos. Anna Hughes, que lidera la campaña Flight Free UK, iba más lejos: «La respuesta es simplemente no volar», zanjaba.