Trescientas lanzas por amor

La localidad leonesa Hospital de Órbigo regresó un año más al siglo XV para celebrar las Justas del Passo Honroso con las que se recuerda la batalla del caballero leonés Don Suero de Quiñones

Los caballeros antes de dar inicio a las Justas. / I. Santos
I. SANTOSHospital de Órbigo

La historia del insigne Suero de Quiñones se ha vuelto a recrear bajo el Passo Honroso de Hospital de Órbigo.

La ceremonia comenzaba con el cortejo apareciendo bajo el puente del río Órbigo. Las doncellas, que daban paso a la comitiva real, presidida por el mantenedor de las Justas 2018, Juan Martínez Majo en representación del Instituto Leonés de Cultura, quien una vez ocupaba su puesto en el palco, daba inicio al torneo.

En 1434 Suero de Quiñones llevaba al cuello cada jueves una argolla metálica, como prueba de su amor por Doña Leonor de Tovar. Para librarse de la carga y conquistar a su amada pidió al rey permiso para realizar un torneo especial por el cual prometió blandirse en batalla con todo aquel que cruzase el puente de hospital de Órbigo y romper así 300 lanzas, a razón de tres por caballero. La justa tendría que mantenerse durante un mes en el que Suero de Quiñones estaría acompañado de sus mejores amigos.

Y así comenzaba la batalla bajo la atenta mirada de miles de espectadores que a ambos lados del palenque y los menos afortunados desde lo alto del puente, no perdían ojo de lo que allí pasaba.

En esta ocasión no fueron 300 lanzas, sino tres los caballeros que trataron de mostrar oposición a don Suero, que a su vez contaba con dos grandes mantenedores. Y así cada uno ataviado con su color y cada color con el apoyo de una parte del público Álvaro de Luna dio comiendo a las justas.

Antes de la dura batalla unos ejercicios en los que probar la valía y las destrezas de los caballeros. La primera prueba consistía en atacar a un testaferro. Los seis jinetes, a lomos de sus corceles, iban recorriendo a galope el palenque para asestar el golpe más duro al metal.

La segunda afrenta consistiría en un juego de puntería. Los caballeros debían clavar su lanza en una diana de paja y los seis jinetes lo hacían con gran precisión.

El último juego, previo a las justas, consistiría en pasar bajo un arco de fuego, a lomos del caballo, y conseguir enganchar, tantas anillas como pudieran, en sus lanzas. Después de algunas trampas e intentos de soborno del catalán Fabra, su hermano se alzó con la victoria.

Llegaba el turno entonces para las justas. Los jinetes se medían de dos en dos hasta que el resultado final fuera: 3 sangres o muerte. Pronto los amigos de Don Suero de Quiñones cayeron heridos de sus caballos, pero finalmente el héroe leonés conseguirían romper las lanzas y derrotar a sus oponentes.

La lucha no cesaba y tras bajar de lomos de los caballos las espadas y escudos tomaban protagonismo. Uno a uno los caballeros irían cayendo hasta la gran final en la que don Suero de Quiñones volvía a repetir la historia defendiendo el Passo Honroso y logrando el amor de Doña Leonor.

 

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