El medio rural pierde oficios

Pastores, mayorales, cortacinos o cisqueros ven complicado el relevo generacional en unas profesiones que consideran duras

Los cortacinos como Genaro González pasan muchas horas subidos a los árboles 'olivando' y desmochando encinas. /
Los cortacinos como Genaro González pasan muchas horas subidos a los árboles 'olivando' y desmochando encinas.
S. G.Salamanca

«¿Cuándo? Cuando solo se escuche el silencio del olvido de otro oficio del campo perdido. Cuando no suenen las esquilas y cencerros ni se oiga el ladrar de los perros. Cuando la maleza devore las veredas dibujadas por canchales y roquedas. Cuando parezca una cosa de antaño el ver a un pastor con su rebaño. Cuando sea demasiado tarde porque ya no habrá quien las guarde».

Este poema de Demetrio González, un joven pastor asentado en la localidad salmantina de Martiago, resume a la perfección la situación que están atravesando muchas profesiones vinculadas al medio rural y para las que ya no está garantizado el relevo generacional. Tal vez no sea dentro de un breve periodo de tiempo, pero los pastores cada vez son menos, lo mismo que los mayorales, los cortacinos o los denominados cisqueros. En estos casos tan concretos, ya no vale aquello de que la tecnología está transfromando las sociedades y con ella los trabajos, sino que más bien la dureza de los mismos es la que hace a la gente mirar para otro lado.

«Ganaderos hay muchos pero pastores pocos», asegura 'Deme' González, que acompaña la soledad del campo con una mochila cargada de libros. «Me gusta mucho leer, de todo, porque siempre queda algo», sugiere, «en mi caso podía haber seguido estudiando porque me iba bien pero al terminar la ESO con 16 años parece que me gustaba esto y me decanté por el campo». Han pasado 20 años de aquella decisión de la que no se ha arrepentido.

«La profesión no tiene futuro, y si lo hay, no será así, de 24 horas» Ángel Sánchez, mayoral

Su abuelo era cabrero en la conocida finca de Sageras, propiedad del Conde de Montarco, y luego su padre fue sumando ovejas y vacas hasta completar la ganadería. «Por aquí, lo de estar con las ovejas se acaba, las que hay van a quedar en cercados porque es más cómodo pero de momento, mi intención no es la de cambiar el manejo, a mí me gusta coger la mochila y salir con ellas todos los días y hacia las 10:20 horas las saco hasta que se hace de noche. En verano mucho antes, a las 6:00 horas para aprovechar el fresco».

'Deme', como así le conocen, come todos los días en el campo, –«llevo la merienda y cuando están tranquilas hago lumbre»– y declara abiertamente que «está difícil esto de la conciliación». A su afición por la lectura, a escribir poesías que se pueden leer en alguna red social, le une otros trabajos y de sus manos también sale algún badajo para los cencerros porque «me viene mejor la inspiración en el campo». El oficio lo aprendió en casa pero, especialmente, de las recomendaciones de 'Cirpi' y Pepe 'El bodonés'.

Los cisqueros profesionales han desaparecido en muchas zonas.
Los cisqueros profesionales han desaparecido en muchas zonas. / El Norte

«Cada vez que ellos hacían lumbre me acercaba y me contaban historias o cómo manejar a los perros», sostiene. Confiesa que estar todo el día solo en el campo «te tiene que gustar si no, lo llevas muy mal», pero también reinvindica algún rato libre para ir al cine a Ciudad Rodrigo, montar a caballo o para enganchar dos vacas al carro «a las que quiero enseñar a labrar». Un trabajo que, por otra parte, no se ve recompensado desde el punto de vista económico, pues según los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, el salario medio nacional por día hasta junio de 2018 para un pastor fue de 43,07 euros.

Aprender en el entorno

Otros 20 años suma como mayoral Ángel Sánchez, una profesión que aprendió de su entorno más cercano. «Un hermano mío era mayoral en el Puerto de San Lorenzo, tenía mucha vocación, y fue picándome a mí la curiosidad; empecé con él en otra ganadería, en Castillejo de Huebra». Identifica como lo más duro de este trabajo «que arriesgas tu vida a diario, estás con animales bravos y es tu vida la que estás poniendo en peligro».En Castilla y León se contabilizan 185 ganaderías de lidia y Ángel asegura que «ese es el número que más o menos puede haber de mayorales, muy pocas tienen más de uno».

'Deme' González en el campo rodeado de sus ovejas.
'Deme' González en el campo rodeado de sus ovejas.

Descarta que haya interés por esta profesión y se muestra tajante: «No lo veo futuro y si lo hay, no será así, 24 horas como estamos nosotros». Se nota que este mayoral vive la profesión con pasión; «escuchas a todo el mundo que no hay personas para el campo porque no tienes horarios ni días de fiesta, es muy duro y la gente de hoy en día no quiere esto. Quedamos la generación nuestra y se acabó porque para echar a las vacas vale cualquiera, el problema es la implicación y eso es algo que tiene que salir de tí, la afición que yo aprendí de mi padre desde pequeño son cosas que ya no se inculcan».

El mayoral es «el máximo responsable de la ganadería, el que se encarga de organizar el trabajo» y su mayor satisfacción es «que embista un toro en la plaza». Natural de Tamames y a día de hoy en la ganadería de Gómez de Morales, a sus 38 años apuesta por el romanticismo y por mantener el manejo tradicional. «Ahora meten los todoterrenos o los quad para andar con el ganado y me parece muy mal, el caballo es nuestra herramienta principal, al igual que los bueyes, a mí me parece que es como deben hacerse las labores, como me lo inculcaron». La tabla del Ministerio no recoge la figura de mayoral aunque la de vaquero, salvando las distancias, sí que aparece y refleja que hasta junio de 2018 el sueldo diario medio de esos profesionales fue de 41,53 euros.

Limpiar el monte

Otro trabajo para el que resulta complicado encontrar profesionales es para la limpieza del monte. Los denominados cortacinos caminan por esa senda de la extinción y, tal y como indica Genaro Francisco, con 43 años de experiencia a sus espadas, «el relevo no está asegurado». El oficio le viene de familia, «siempre tuve claro a lo que me quería dedicar», aunque reconoce que nada tiene que ver el trabajo de antes con el de ahora a pesar de que sigan pasando las horas subidos en las encinas.

Ángel Sánchez y su caballo durante el trabajo.
Ángel Sánchez y su caballo durante el trabajo.

«Esto ha evolucionado mucho, empezando porque antes no había motosierras ni la maquinaria que tienes ahora para cargar». Los cortacinos atienden a la llamada de los propietarios de las fincas que quieren olivar o desmochar sus encinas, «cada vez con más normativa, más pegas». La tarea la pueden realizar a lo largo de unos cinco meses al año «y cuando no es posible nos dedicamos a otros trabajos porque si no, no se viviría» y mucho más teniendo en cuenta que tienen que lidiar con la dureza del clima, lo que se traduce en que «cuando se nos meten las lluvias no puedes trabajar encima de los árboles y los días que pierdes ya no los recuperas».

Asegura que «es muy complicado encontrar gente profesional» que como es lógico, «tiene que estar en muy buena condición física y preparado». En su caso, explica satisfecho que su hijo ha tomado el testigo como gerente de una empresa que se dedica a todo este tipo de trabajos en el monte llamada Anjiverforex.

Una profesión borrada del mapa

Pero si de profesiones en peligro de extinción se trata, hay una que al menos en la comarca de Ciudad Rodrigo se ha borrado del mapa de forma profesional. Se trata de la de cisquero, un modo de vida al que antes se dedicaban familias enteras y que consistía en la quema de encina para conseguir carbón vegetal menudo.En esa zona de la provincia de Salamanca unos de los más conocidos eran Los Pichoga y a ellos pertenece José Blanco que durante más de 40 años se dedicó al cisco. «Antes vivíamos mucha gente del monte, pero ya nadie quiere este oficio porque es muy sucio», lamenta a sus 80 años.

No obstante, reconoce que es cierto que los hábitos han cambiado y «la gente joven no gasta cisco, donde puede haber algo de demanda es en los pueblos con la gente mayor». Asimismo, asume que ahora, con la maquinaria, se puede avanzar mucho, pero «nosotros echábamos a brazadas la encina para hacer el montón». Por último, sugiere que la clave para que quede un buen cisco es «apagarlo a tiempo, como a mí me enseñaron mi padre y mi abuelo».