El Faedo de Ciñera: el bosque encantado existe

Declarado 'Bosque mejor cuidado de España', sobrevive en una zona minera como si fuera una aislada, preciosa e irrepetible perla en medio de un océano de color ceniza

Hayas centenarias impresionan al senderista que recorre El Faedo de Ciñera. /Dani González
Hayas centenarias impresionan al senderista que recorre El Faedo de Ciñera. / Dani González
Dani González
DANI GONZÁLEZLeón

Nada haría pensar que en el corazón de una cuenca minera negra y gris, con enormes cicatrices a un lado, abierta en carne viva al otro, marcada a fuego por las feroces mordeduras de las rotopalas y el paso de los bulldozer, hubiera un lugar para la vida. Menos aún que en ese paisaje casi lunar, recubierto por el polvo y la ceniza, se escondiera un tesoro. Sucede en la localidad leonesa de Ciñera de Gordón. En realidad, en este pequeño pueblo minero dibujado entre callejuelas y casas bajas que brotaron como la lluvia fina, se oculta una cápsula del tiempo. Sí, una maravillosa cápsula del tiempo.

Y en su interior, un bosque encantado, como recién salido de una novela, un lugar que es un estallido de colores, un escenario de leyenda que atrapa al visitante y le transporta hasta hacerle entender que el mejor de sus sueños se ha convertido en realidad.

En ese escenario idílico, abrazando con la mirada hayas que alcanzan los 500 años de antigüedad salpicadas por un cambiante ecosistema de líquenes y musgos, el visitante siente que la vida fluye a su alrededor acompañada por el único sonido de un riachuelo interminable, como si toda la vida se concentrara en ese lugar y en ese instante.

Es El Faedo, declarado 'Bosque mejor cuidado de España' en el año 2007, un título que aún hoy mantiene quizá fruto de un hechizo bien entendido, o del empeño de los lugareños por salvarle de la masificación y sus terribles consecuencias. Para alcanzar este tesoro es necesario desplazarse desde León capital hacia la localidad de Ciñera, a unos 40 kilómetros por la Nacional 630 dirección Asturias. No hay pérdida porque este pueblo minero se asoma a la carretera como pidiendo al conductor que detenga el paso. Una vez allí este hayedo único, capaz de abrir una puerta que parece convertir la ficción literaria en realidad espera a un kilómetro de distancia, en el viejo camino de tierra y piedra que hacían los mineros de la localidad de Villar del Puerto para descender hasta las minas de Gordón.

En ese trazado, una bocamina situada a la derecha del camino recuerda que esa zona los hombres se jugaban su vida adentrándose en las entrañas de la tierra en busca del 'oro negro' que alimentaba a sus familias. Algunos, nunca volvieron. A mitad del camino, el mismo que con candil, pico y zurrón recorrieron durante décadas no pocos mineros rumbo al tajo, un puente de piedra desgastado y de ojo único, invita a salirse del sendero. 'Pasa y déjate llevar', parece decir.

De algún modo, y en nada es un símil, el aún distante bosque de hayedos llama en silencio. Siguiendo el sendero El Faedo aparece de forma repentina como quien quiere advertir que existe un antes y un después de ese último paso que permite adentrarse en lo desconocido. Cerrando los ojos la sensación traslada al visitante a aquellas noveladas páginas en las que se describía el bosque de Sherwood, cuando Robin Hood se ocultaba entre sus árboles.

En ese punto el primer saludo lo realiza el espíritu de Haeda, una bruja condenada a vivir en este trozo de cielo por utilizar para hacer el bien aquellos poderes que le fueron concedidos para crear el mal. Haeda, su leyenda, marca el camino del visitante a quien acompaña describiendo los lugares más emblemáticos del bosque, narrando sus pequeñas historias, reclamando mimo y prudencia a cada paso en el sendero. Todo, en preciosos carteles ya gastados por el tiempo y algún visitante de poca conciencia.

Una vez alcanzado ese punto El Faedo de Ciñera empuja hacia el interior a quien ha cruzado el sendero y allí le arropa con un sinfín de hayas centenarias de hasta 30 metros de altura. Ancianas y frágiles muchas de ellas su presencia sirve para dotar al entorno de una enorme paleta de colores que deslumbra si es otoño. La luz se retuerce entre los troncos de estos árboles decorados con líquen y envueltos en musgo. Todo bajo una luz que se refleja como un espejo en el agua que discurre libre por un riachuelo sereno a tramos, danzarín en sus pequeños saltos.

En el corazón del bosque, superado el Arroyo del Villar, se alcanza la gran joya, 'Fagus', un haya de cinco siglos y seis metros de perímetro en su base. Ante ella, el mundo parece haberse detenido. De aspecto sobrio y naturalmente sabio, majestuosa, tanto que parece quiere brindar junto al resto de sus compañeras, antiquísimas pero más jóvenes que ella, esbeltas e imponentes. Pura fantasía para la vista.

Despedirse de tan majestuosa presencia no resulta sencillo, pero en la siguiente puerta espera un roquedal y un puente que te acerca a las Hoces del Villar. En ese embudo la vista recorre la roca hasta que el agua se presenta de nuevo, ahora en forma de torrentes y cascadas. Son las 'Marmitas de Gigante' o 'Pozones', tal y como las denominan los lugareños, piscinas naturales nacidas sobre un lecho de caliza y con agua a baja temperatura ya que, en este pequeño pasillo entre paredes de roca, el sol encuentra escasos huecos para acceder y 'calentar' este agua. Una fuente de sonidos que amansarían a cualquier fiera.

Es la hora. Llega el reposo final. En ese último suspiro un mundo de sensaciones recorre el cuerpo de quien, sin saberlo, ha experimentado mil sentimientos y sensaciones que florecerán con el paso de los días. Es el Faedo, la ternura de un bosque envuelto por hayas, pintado con la magia de un pincel. Un lugar imposible salvo que, por milagro, hubiera caído dentro de una cápsula del tiempo.

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